Crónicas del limbo

Una larga y estéril primavera

07.03.2016 | 05:11
Una larga y estéril primavera

¿Alguien cree que en la larga primavera que se avecina será posible alcanzar un acuerdo de investidura? Yo desde luego lo descarto, dado que los protagonistas de la famosa «pinza», otra vez ensayada, a la que hemos asistido, ni quieren ni pueden.

El Sr. Rajoy no quiere porque tendría que renunciar a su liderazgo, y no puede porque su hoja de servicios en políticas sociales y en corrupción le cierra el paso con cualquier otra fuerza política. El Sr. Iglesias no puede porque rompería sus vínculos con los independentistas y buena parte de sus bases más radicales; y no quiere porque su principal y al parecer único objetivo es fagocitar al PSOE. Por lo que se refiere a estos dos partidos no hay nada que hacer. Por lo tanto, la primavera inminente será un tiempo de repertorios cansinos, fuegos de artificio, maniobras de desgaste y otras fintas propagandísticas con la mirada puesta en la repetición de las elecciones. Un periodo demasiado largo, demasiado teatral, demasiado inútil.

Por su parte, los dos partidos del pacto han cruzado el Rubicón: Albert Rivera ha jugado sus cartas con el fin de configurar una alternativa al partido conservador; mientras que Pedro Sánchez, en aras de un acuerdo que trata de dar respuesta al diabólico tablero que los electores han dibujado, tiene que seguir apostando por la formación de un gobierno progresista y de cambio que garantice la gobernabilidad del país, en un momento extremadamente difícil.

Una vez evidenciado el espacio político -al margen de los diversos independentismos, que son mayormente de derechas- hay que ver cómo se resuelve la ecuación en los respectivos campos.

Por la derecha, a pesar de las tensiones, los movimientos son previsibles en términos electorales: los votos que pierda o gane el Partido Popular serán mayormente los que gane o pierda C's y viceversa, si bien las expectativas del C's son mejores, según van indicando las encuestas. Por la izquierda, la situación es mucho más peliaguda, porque se trata de una pelea a dentelladas entre PSOE y PODEMOS, que es donde se va a dilucidar, me parece a mí, en buena medida, el futuro de este país. Lo dijo claramente el Sr. Iglesias con su habitual petulancia: «solo quedamos tú y yo», si bien afirmar que Iglesias es izquierda es un tanto arriesgado, pues él mismo dijo que no es ni de derechas ni de izquierdas y que «le gustaría» ocupar el «centro» del tablero: pero sus posiciones así como sus emociones son mudables, en la medida en que su objetivo es el poder, así, en abstracto.

Si la cuestión principal va a tener que resolverse en campo de la «izquierda», hay que extraer las lecciones de estos días. Es evidente que Pedro Sánchez ha demostrado valentía al haber cogido el testigo del cambio, asumiendo el encargo del Rey tras la espantada de Rajoy, para armar un proyecto de Gobierno que atienda a los principales problemas que España tiene planteados. Pero no es suficiente. Puesto que la larga primavera que se avecina será infructuosa, que sirva al menos para abandonar el juego del gato y el ratón –el escenario preferido por Iglesias, «ahora te quiero, ahora te maltrato, ahora te ofendo»- y pasar de la manida cháchara para entrar en un ejercicio de clarificación de quién es quién, qué cosas pretende, qué medios utiliza para conseguir sus fines y qué repercusiones pueden tener sus políticas en la vida de los españoles y españolas.

Por el momento, el verdadero beso, robado o no, es el que permite a Rajoy seguir en funciones con el apoyo de Iglesias por omisión, lo que hace que, objetivamente, la oposición está representada por el pacto C's y PSOE, hasta las próximas elecciones. Entretanto, el país no está para circos mediáticos, mesiánicos ajustes de cuentas y exhibiciones narcisistas de autoproclamados voceros de la verdad. La estéril y larga primavera es tiempo de pegarse al terreno para procurar un cambio de políticas que garantice una salida progresista, justa e igualitaria de la crisis, desde la que afrontar los importantes desafíos, tanto internos como externos, que nos aguardan. Porque como decía el brevísimo cuento de Augusto Monterroso, «cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».

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