06 de marzo de 2016
06.03.2016
El ocaso de los dioses

Los verdugos libres y las víctimas en prisión

06.03.2016 | 04:21
Los verdugos libres y las víctimas en prisión

uien fuera uno de los criminales más siniestros y repugnantes de toda la historia de la Humanidad, el genocida Heinrich Himmler, jefe de las SS nazis y máximo responsable junto a Hitler del Holocausto y los campos del exterminio donde fueron asesinados millones de personas, llegó a proponer a los Aliados –porque lo creía firmemente– ser nombrado jefe de la policía en una futura Alemania tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Para las tareas de mediación se puso en contacto con el conde Folke Bernadotte, diplomático sueco y dirigente de la Cruz Roja internacional, que sería asesinado en Jerusalén por un comando israelí en 1948. Cuando Eisenhower tuvo conocimiento de la infame pretensión no solo la rechazó terminantemente sino que nombró a Himmler el mayor criminal de guerra de la Alemania nazi. A despecho de los millones de asesinados, su verdugo aún veía un sitio para él en la futura sociedad como si nada hubiera ocurrido. Comprueben, mis dos atónitos lectores, qué sencillo les resulta a los verdugos interiorizar y justificar sus crímenes sin el menor atisbo de misericordia, arrepentimiento y empatía con las víctimas. Los nazis asesinaban en nombre de una ideología nacionalista y excluyente, de una raza superior y de un líder supremo e infalible. Tras su paso por la Historia dejaron sesenta millones de muertos. Ninguno de sus jerarcas pidió perdón ni se arrepintió de sus criminales hazañas.

Esta semana salía de la cárcel Arnaldo Otegi tras cumplir la sentencia de seis años y medio de prisión que le impuso el Tribunal Supremo por pertenencia a banda armada. ¿Ya ha cumplido con la justicia de los tribunales? Sí, pero mucho me temo que no haya cumplido con la Justicia, aquella que se merecen los casi mil asesinados por el terrorismo de ETA y las miles de víctimas que siguen en silencio, desde esa horrible prisión interior, el inmenso dolor por la irreparable pérdida de sus seres queridos. De la prisión a la que fue condenado el dirigente aberzale se puede salir, como hemos visto, pero de la prisión de las víctimas y sus deudos no se sale jamás. ¿Ha pedido perdón Otegi a las víctimas? ¿Ha condenado enérgicamente los crímenes y a los criminales? ¿Siente el más mínimo atisbo de contrición, de empatía hacia las víctimas? ¿Sólo con unas cuantas frasecitas más o menos oportunistas se borra la historia de esa gran infamia?

Y como la convulsa España que nos está tocando vivir se balancea peligrosamente por la senda del izquierdismo más radical, del nacionalismo más excluyente y de la vuelta al odio y al rencor de las dos Españas que cantara Machado, resulta que la salida de la cárcel de Otegi ha sido cantada por un buen número de nuevos políticos con aire de poetas. Y sin sentir vergüenza ni sobresaltos éticos. Vean. Pablo Iglesias (el otro) decía en Twitter: «La libertad de Otegi es una buena noticia para los demócratas. Nadie debería ir a la cárcel por sus ideas» (imagino que menos en Venezuela, Cuba o Irán, donde sí se debe ir a la cárcel por tus ideas políticas, sexuales o religiosas). No lo aclara el señor Iglesias, pese a que lo tengamos muy claro. Es posible que alguno de ustedes dos, que se consideran demócratas, defensores de los derechos humanos y de la libertad, no coincidan con lo de la buena noticia para los demócratas que dice Pablo. Y también se alegran los comunistas Julio Anguita y Alberto Garzón, además de Errejón y el demócrata deconstruído Willy Toledo, actor del método en sus ratos libres. Pero no todo queda ahí. El diputado de ERC Gabriel Rufián, al conocer la noticia, decía «Sonrían, hemos nacido para ganar». Y el eurodiputado de ERC Josep María Terricabras, en un alarde de lirismo del más cursi que pueda leerse, soltaba lo de «Arnaldo, adelante y gracias». ¿Gracias a quién o por qué? Es la banalidad del mal, frase que acuñara la filósofa Hannah Arendt en su libro «Eichmann en Jerusalén» a raíz del seguimiento del juicio del criminal nazi. La banalidad del mal. Adelante y gracias.

De ahí que la exalcaldesa de Lizarza, Regina Otaola, plena de razón democrática, escribiera a raíz de este bochornoso espectáculo: «Asesinos y proetarras en la calle; los demócratas amenazados e insultados. Qué vergüenza e impotencia y qué asco». Impotencia y asco. Lo que no sé si sentirán Otegi, los extremistas de izquierda, los independentistas antidemocráticos y tantos de sus admiradores hoy instalados en la casta del poder. Da piorrea intelectual verlos reivindicar, a gritos, un privilegiado sillón en la mesa de este nuevo rico Epulón compuesta de los notables de la izquierda más extremista y del nacionalismo más excluyente e insolidario. Qué fácil les resulta a muchos alargar la memoria histórica 80 años atrás, al tiempo que imponen la amnesia histórica para las vergüenzas más recientes, para los crímenes de ayer. Otegi ya disfruta de su libertad. Mientras, decenas de miles de inocentes víctimas siguen todas las noches cerrando en soledad el portón de su eterna cárcel de dolor. De ella no pueden librarse.

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