Impresiones

Nunca llueve a gusto de todos

04.03.2016 | 04:52
Nunca llueve a gusto de todos

Vaya invierno nos está tocando vivir. Como poco lo calificaría de raro. En casi la totalidad del litoral mediterráneo tenemos condiciones meteorológicas invernales los fines de semana y apenas comienza el lunes las temperaturas alcanzan valores insólitamente elevados para ser marzo. No es de extrañar que las plantas anden confundidas con su época de floración, este año inusualmente temprana, lo que pone en peligro los frutos y cosechas por posibles heladas, porque no olvidemos que estamos en invierno. No solo las plantas, los habitantes en estas tierras también andamos entre gripes y resfriados y con el estado anímico con más altibajos que una montaña rusa. Y en esas estamos.

Mientras, en la Comunidad Valenciana seguimos con la tediosa y avergonzante labor de continuar abriendo cajas y cajas de inmundicias. En apenas unas semanas hay que sumar a la operación Taula, siempre supuestamente, el sobrecoste en la construcción de colegios e institutos y ahora también en la construcción de hospitales públicos. Dinero público, dinero de todos, que había que pagar de más y que no servía para mejorar las infraestructuras, si no que se destinaba a seguir engrosando la soberbia y la vanidad de personas al frente de las instituciones y del partido al que todavía pertenecen. Algunos de los señalados como posibles dirigentes de estas gravísimas tramas de corrupción están teniendo la poca decencia moral de mostrarnos a los valencianos, a los españoles y al resto del mundo su chulería, su arrogancia y su falta de respeto con las instituciones valencianas, y al grito de «que se jodan», como argumentaba una compañera de partido, no piensan dimitir, no piensan abandonar el sillón que todos seguimos pagándoles, aunque no lo ocupen en meses ya que el fango y la podredumbre que les cubre por encima de la cintura les impide ir a su puesto de trabajo.

Mientras, en España estamos con debates de investidura, una investidura que, como hemos oído miles de veces, es la más compleja que hemos vivido desde la instauración de nuestra joven y actual democracia. Y como diagnosticó Antonio Machado en ese final de un maravilloso verso «Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón», ahí andan nuestros recién elegidos representantes políticos como si de dos bandos se tratara. Unos que enarbolan la bandera de «regeneración política» y encomendándose al «mestizaje político» no dudan en pactar aunque para ello no puedan decir en público el verbo derogar, y usan otros como «paralizar» o «modificar» o «revisar». Eso sí, después en la intimidad vuelven a hacer hincapié en derogar, derogar y derogar. Es ese mismo pacto el que los oprime de tal manera que «diputaciones» es otra de las palabras prohibidas tanto en público como en privado. Aunque es de agradecer porque con la que está cayendo bien poco nos importa ahora lo que hagan sus señorías con las diputaciones. Al mismo tiempo, los otros, los que se han sentado para ver cómo fracasa su rival político, dan un imagen bochornosa e inadmisible en todo un Congreso de los Diputados. Así mientras en escuelas e institutos se trabaja día a día por el respeto al compañero, a otras ideas, a otras costumbres; parte de los recién elegidos representantes del pueblo español hacen gala de su mala educación y se dedican durante hora y media a humillar, menospreciar y ridiculizar a su oponente político, con murmullos, gestos y con actitudes más propios de un grupo de niños de guardería que comienzan con su educación, que de un grupo de personas adultas, educadas y respetuosas.

Mientras, en Europa, cuna de civilizaciones y de grandes imperios, seguimos mostrando la más inhumana, la más despreciable, la más vil y ruin de las actitudes posibles ante el problema que eufemísticamente han denominado como «la crisis de los refugiados» porque bien podríamos llamarla «la crisis del desprecio a los refugiados». A nuestras puertas europeas, en las primeras seis semanas del presente año, han llegado 800.000 hombres, mujeres y niños; en el mismo periodo de tiempo otros 400 seres humanos se los tragó el mar, murieron antes de alcanzar su sueño. Los afortunados al llegar a tierra, hambrientos, helados, desesperados y con el miedo todavía reflejado en sus rostros, buscan con sus miradas comprensión, calor humano, un poco de humanidad y es cuando se dan de bruces con las frías barreras metálicas que detienen su huida de la guerra, de la miseria y de la muerte. Barreras que les obligan a malvivir, amontonados y soportando el frío y la lluvia, a comer de la caridad humana y esperan pacientemente mientras otros, bien comidos y bien abrigados, se reúnen, otra vez, «para decidir cuál será su futuro». Y si alguna vez el llanto inconsolable de sus hijos o su propia desesperación les empuja a intentar derribar la barreras que les inmovilizan, son repelidos, son rechazados con empujones y gases lacrimógenos, poco importa que estén acompañados de sus criaturas o que haya ancianos o alguna mujer embarazada.

Y así, poco a poco, nos vamos acercando al final de este anómalo invierno. Eso sí con los agricultores mirando al cielo esperando que esta extraña estación invernal no confunda a la primavera y ésta se olvide de traer la lluvia que tanto necesitan estas tierras. Por otro lado, la Semana Santa está a la vuelta de la esquina y la lluvia con vacaciones son pésimos aliados para la hostelería, servicios y comercios. En fin, ya se sabe; lo que resulta placentero para unos puede desagradar a otros, o lo que es lo mismo: nunca llueve a gusto de todos.

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