02 de marzo de 2016
02.03.2016

El discurso del mestizaje

02.03.2016 | 04:09
El discurso del mestizaje

Pienso que Pedro Sánchez ha ganado el debate y eso no excluye que pierda la votación de investidura. Es muy consciente –y lo repitió– que su grupo solo cuenta con noventa diputados, y que para cualquier salida de la situación actual el PSOE es imprescindible, y es, por voluntad de los ciudadanos, «la piedra angular» para el cambio.
Partió Sánchez de su lectura del 20-D: la gente quiere un cambio de gobierno, de política y en las formas de gobernar y quieren otras basadas en el diálogo, en unas formas que son en sí una reforma política. La «hoja de ruta» que marca se basa en el diálogo y el acuerdo que es ya un cambio de fondo y forma y una reforma política. La «izquierda no suma», le puntualizó a Iglesias. Es necesario un «mestizaje ideológico», y como en los buenos platos –comparó– debe notarse el sabor de todos los ingredientes presentes. Agradeció a Ciudadanos y a Albert Rivera su voluntad de acuerdo, lo que despertó aplausos, tal cual, de Pablo Iglesias y algunos de sus adláteres.
Desgranó los siete capítulos de ingredientes pactados con Ciudadanos. Los dos primeros son los de sabor más fuerte: el modelo de crecimiento y la modificación del modelo laboral. Pero ya los fue salpicando con el latiguillo de «podemos ponerlo en marcha la próxima semana» que habrán resonado en las murallas de la izquierda como los tambores de Jericó. ¿Por qué no cerrar las nucleares a los 40 años?, el permiso de la central de Garoña está a punto de renovar. ¿Por qué no una renta garantizada? ¿O modificar los cuatro puntos fundamentales de la reforma laboral? Y repetía como un eco machacón: «Podemos aprobarlo la próxima semana». Estos primeros le resultaron más ásperos. Al fin y al cabo, Jordi Sevilla, su asesor económico, está más próximo a Garicano, el redactor del programa económico de Ciudadanos, que a Juan Torres o Viçent Navarro, los padres de las propuestas económicas de Podemos. Los otros cinco ingredientes son, en su mayoría, de la cosecha del PSOE del «Programa para un Gobierno progresista y reformista» y ahí se fue creciendo por momentos. Empezó por la medidas para reducir las desigualdades y siguió con los pactos en educación, ciencia y cultura. Reformar el sistema democrático: reformar el sistema electoral, nuevo sistema para los cargos de elección por el Parlamento –estilo americano–; lucha contra la corrupción, financiación autonómica, ayuntamientos, etcétera. Y bien salpicado de «la semana que viene podemos hacerlo» o «a partir de la semana que viene».
Por si García Margallo aún tenía dudas –alguna declaración había hecho–, le aclaró que su Gobierno estará en contra del terrorismo internacional y del ISIS en particular. Y desarrolló los cuatro puntos de política exterior y de defensa. La propuesta de reforma constitucional la delimitó en seis puntos en los que deberá trabajar durante la legislatura una subcomisión. La incorporación de los derechos sociales son las mismas garantías de la modificación que se dio a la deuda en el artículo 135. Reforma del Senado para que sea una cámara territorial. Revisión del Título VIII para desarrollar el Estado Federal, etcétera.
Ya fuera del programa sacó, por fin, en un pleno el tema de Cataluña para tender la mano y ofrecer una negociación, e incluso aceptar de inmediato algunas de las medidas que en su día demandó Artur Mas, dentro de la ley, pero negociando y convocando las comisiones bilaterales que no se reúnen desde 2011.
Ante su oferta cabe la decisión, dijo, de bloqueo, de cambio y de cambio a la velocidad que los participantes en el «guiso» decidan. Sentarse a negociar advirtió supone asumir «el riesgo de ser convencido», y si lo retransmiten, añado, incluso que convenzan a los respectivos electores. A Rajoy le dio algún calbote o pescozón de pasada, pero los destinatarios principales eran los partidos a su izquierda. Hoy, no, el viernes alguno puede habérselo pensado. A partir de la próxima semana lo veremos.

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