Un can (o varios) en el pinet

16.02.2016 | 05:12
Un can (o varios) en el pinet

Quieren colocar en Elche un tramito para perros acuáticos en zona playera. El destino elegido por los nuevos gobernantes ocuparía unos cien metros lineales, ente El Pinet y La Marina. Parece ser que es la única playa del litoral ilicitano que no cuenta con bandera azul, de ahí la prevalencia para el improvisado hogar canino en el estío próximo. Aunque quizá sea por falta de infraestructuras tipo accesos, duchas y demás, o por el hecho de no contar con el laureado color azul su bandera dadas las dunas y los dos barecillos que apenas marcan el inicio y el final entre la playa de El Pinet y La Marina. Pero conviene saber que su agua, a pesar de no gozar del favor de la «Academia de los buenos usos y disfrutes del mar», es límpida como peana en día de luto. A veces más, diría. Sin plásticos ni colillas ni lata de cerveza husmeante en el canalillo de una nalga, pues la gente camina de aquí para allá al gobierno de un auricular, sin más? sin acampar sus tiendas, bañeras o casas de Ikea tan reconocibles en las atestadas arenas de San Juan o Los Arenales del Sol, por citar dos de peso. Parece ser que en playas trafagadas por el consumismo capitalino, en donde el peñazo de tío que vende sombreros se mezcla con el subidón liberticida producido por el cuerpo aceitosísimo del machito, o incluso con la micción del pene olímpico del bebé en la orilla que otea el vaivén de las olas ante la mirada admirativa de papis y amiguillos que aplauden la heroicidad del chorrete curvilíneo, un perro, ahí, no es un perro, sino un chucho. Por eso quizás los envíen al Pinet.
A esos cien metros vírgenes en los que la pala y el cemento del hombre no se han atrevido de momento a meter la zarpa. Sí el político. Y ahora el can.
Sé que hay cierto revuelo entre los lugareños. Como desconfianza o desasosiego, o complejo de inferioridad con respecto a otras playas próximas, no sé. Conozco El Pinet y especialmente (por recorrido de ida y vuelta, baño incluido) esa zona de cien metros planeada, y me parece un espacio verdaderamente maravilloso. Alejado del hormigonismo y del euro de barro reinante en las últimas décadas; diría que el lugar se afana por conservar cierta cordura de cuna. Cierta alma no violada. Apenas casitas bajas que besan las olas con delicadeza, cabe que con reverencia y cierto disimulo, esculpen entre rocas ayudadoras el cuadro de un recoleto lienzo por suerte subestimado por el turismo. Que las aguas aledañas, pues, sitas a lo largo de esos cien metros, puedan trasladar a ese orden sereno de la naturaleza unas remesitas de cacas caninas no alojadas en bolsas de plásticos por dueños irresponsables, desde luego que invita al desconcierto vecinal. Al menos por lo estético.
Claro que bien distinto sería el planteamiento si del buen o mal viaje de las eventuales heces al capricho del oleaje de turno, siempre respondiera su dueño. Pero no ocurre. En mi edificio, por ejemplo, un vecino al que supongo con inclinaciones coprofágicas no reconocidas, un día quizá decidió no ingerirlas, las heces digo, sino mostrarlas en un acto de exhibicionismo a todo el vecindario. El muy cabrón. Y ahí que plantó el cagallón de su miniatura con rabo y cuatro patas encima de una bandera de España sobre el suelo del aparcamiento de coches. Como lo oyen. Tipo tarta dominical dedicada a esta nuestra Comunidad. Caso extremo de incivismo, desde luego. Pero anécdota feucha que incorporo, en cualquier caso, no para obstaculizar una playa perruna, sino para prevenir el advenimiento a la playa virgen de El Pinet del hombre sucio e irresponsable, sin modales. Pues el perro quizá sea un bendito. En verdad.

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