09 de febrero de 2016
09.02.2016

Eso que llamamos veto

09.02.2016 | 05:25
Eso que llamamos veto

Se trata de una palabra que se ha hecho muy popular entre los dirigentes políticos de este país. Y que descolla como nunca en el contexto de la superación del debate de investidura que el candidato socialista, Pedro Sánchez, intenta afanosamente conseguir con la búsqueda de apoyos parlamentarios por doquier. Así, Ciudadanos veta a Podemos, éste, a su vez, a Ciudadanos, el PSOE al PP y a Rajoy, particularmente. Rajoy no quiere hablar con las opciones que preconizan el independentismo, siquiera para escuchar y refutarles con contundencia. En definitiva, no tiene novias, nadie le quiere. En fin, un mejunje ininteligible para el común de los mortales. Y quisiera señalar aquí unas palabras del preclaro Garrigues Walker en un artículo titulado La voluntad ciudadana, en el diario ABC del pasado 4 de febrero. Siempre me ha parecido una persona brillante intelectualmente y un moderado. Señala que la interpretación del voto popular del 20D acepta, sin duda, lecturas muy diferentes a las que se intenta imponer como hermenéutica única o unidireccional.
Señala Antonio Garrigues que «se ha creado un ambiente tan perverso que los comportamientos de unos y otros (...) se igualan a la baja con una rapidez y un descaro admirables. No hay forma de encontrar un solo ejemplo de grandeza. Es un estamento – el de la clase política- que se resiste con uñas y dientes a todo proceso modernizador y regenerador». Señalemos que los partidos «nuevos», es verdad, se están pareciendo cada vez más a los partidos «viejos»; se está produciendo un aprendizaje acelerado en las prácticas que no ha mucho criticaban y desdeñaban. Ahí están el poder y los egos. Y caminan juntos, y como no se tenga una coraza capaz de defenderte frente al egocentrismo, te atontan, te obnubilan y al final puedes quedar como un muñegote. Ya se ven las patitas, y esa incólume ética ya parece menos. Me recuerda la máxima de Boccaccio, Giovanni, literato italiano del siglo XIV: «haz según decimos, y no según hacemos». ¡Ay, el anverso y el reverso!
Déjense de vetos, tengan altura de miras, no contemplen sólo sus ombligos, levanten la mirada y vean la cantidad ingente de trabajo que hay que realizar ya mismo. Díganles a la gente que todavía quedan algunos sacrificios, no le oculten la verdad. No les mientan. No ofrezcan prebendas que no se van a materializar. Nuestra pertenencia al club europeo exige el cumplimiento de determinadas exigencias técnico-económicas que, a fecha de hoy, son imposibles de cumplir de no suavizarle los tempos de cumplimiento. Miren el ejemplo de Grecia. Bla, bla, bla. Sean realistas y si no lo son la misma realidad les engullirá.
Hay un oxidamiento de la capacidad de diálogo. Y es verdad que ha sido fruto de un longo tiempo de imperfecto bipartidismo. Estamos ya introducidos de coz y hoz en un nuevo tiempo, diferente, totalmente diferente. Y eso es lo manifestado por la voluntad del pueblo español.
El veto es cosa de otra época. Hablar siempre hay que hablar, incluso desde la discrepancia. La elegancia política es una de las formas de hacer en política. Incluso diciéndose las verdades del barquero. Siempre, desde la contraposición de ideas, habrán algunos puntos de encuentro. Hablar, ¡qué bonito verbo!

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