El ojo crítico

Cierto olor a podrido

06.02.2016 | 05:16
Cierto olor a podrido

He de reconocer que para encabezar este artículo me iban surgiendo títulos siempre vinculados a una pieza, ya sea literaria, musical o cinematográfica, conocida por mí. Finalmente, me he decantado por uno similar a una novela de José Luis Martín Vigil al transmitirme lo que siento en estos momentos ante las situaciones recientes vividas. También pensé en la narración filosófica de Jean Paul Sartre La náusea, la película de Enrique Urbizu Todo por la pasta e incluso, en un arrebato de cierto optimismo, en la canción de Joan Manuel Serrat Hoy puede ser un gran día.

Siempre me ha asombrado la pléyade de políticos metidos en la cosa sin haber triunfado en ninguna actividad profesional previa, espabilados aunque no muy brillantes cultural e intelectualmente hablando, que comenzaron su labor por la cosa pública, es un decir, con una mano delante y la otra detrás mientras a los pocos años disfrutaban de una más que holgada posición económica sin conocérseles éxito laboral complementario alguno. ¿No serían dignos de investigación fiscal?

El dueño de un modesto restaurante me decía no hace mucho que le habían hecho una inspección porque el número de manteles y servilletas que llevaba a la lavandería no parecía acorde con los ingresos por factura expedida que presentaba. Qué pena no se hile tan fino con otros.

Tiempo atrás, en estas mismas páginas he hablado de regeneracionismo antes de que el concepto, que nos retrotrae a Joaquín Costa, se enseñoreara de algunos pensadores y comentaristas; de lo poco de moda que parece estar la honradez; de la memoria histórica maniquea, con víctimas de primera y de tercera, según el bando; o del páramo cultural fruto de un sistema educativo fracasado y de sectarismos fundamentados en la libertad de expresión o la obtención de unos cargos, no por mayoría democrática sino por componendas postelectorales, que llevan a propuestas de ocio minoritarias.

Tras las elecciones generales del pasado diciembre, cuyos resultados todos esperábamos, vienen las reacciones y las prisas por limpiar un espacio de corruptelas frente a las que no se ha querido actuar en su momento por manifiesta torpeza o un repugnante corporativismo que no me gustaría escondiera aquello de tú tírame que yo lo que hago es tirar pero de la manta y ahí caemos todos.

Como aún me queda algún atisbo de esperanza, quiero creer con determinación que la honestidad es mayoritaria entre la clase política joven y veterana, al menos ante lo que se refiere a meter la mano en el cajón u ocupar puestos de servicio público para beneficio personal. Pero como los que han sido pillados, aquí y allá, son peces tan gordos, uno piensa que la estructura piramidal de los partidos propicia que el mangoneo, de mayor o menor calado, sea superior a lo que pudiéramos pensar.

Vivimos tiempos de profunda crisis, de picaresca e injusticia social, de lentitud en la justicia que eterniza los casos con el aditamento de recursos y más recursos para dilatar los procesos, de arrolladores políticos emergentes que en los meses que llevan en sus cargos no han demostrado aún nada digno de mención, caso de Ada Colau, ya cuestionada por todo su espacio político municipal; de otros veteranos enrocados en su puesto cuando ya han demostrado su incapacidad manifiesta a la que puede la ambición del sillón; de enchufismo puesto en práctica en instituciones donde el mérito está en la amistad, no en la formación, interpretando el verbo servir como sumisión y no como valía.

En fin, parafraseando a Erasmo de Rotterdam querría lanzar un «elogio de la cordura» pero por desgracia lo que siento es asco, decepción, recelo, cierto olor a podrido.

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