El partido único

02.02.2016 | 04:30
El partido único

En la concepción de la sociedad política de la que emerge el partido único, se fundamentan todos los movimientos sociales que intentan asaltar el poder político a través de la fuerza (revolución) o de la instaurada democracia parlamentaria, para una vez conseguido, acabar con ella, desvirtuándola y llevándola a lo que ellos denominan democracia verdadera, la directa, que al ser de imposible praxis, terminan por apropiarse de ella, ejerciendo desde órganos creados a tal efecto, la que también llaman democracia popular en su inspiración marxista-leninista. La imposibilidad de consultar al pueblo con referendos por cualquier tema a imagen y semejanza de las asambleas callejeras, acaba por dar paso a la democracia popular. De la misma manera que en su día fueron fagocitados los soviets por los bolcheviques, dando paso al centralismo democrático leninista, en el que la máxima autoridad era el Soviet Supremo, controlado y dirigido por el presidente del Presidium y el secretario general del partido comunista, y en segunda instancia por la llamada nomenklatura, terminando por reeditar un sistema pseudo parlamentario, pero de un único partido, más cómodo de someter a sus delirios.
Este y no otro, es el objetivo del movimiento social que ha crecido alrededor de la organización política Podemos, constituirse en partido único con estructuras similares a las leninistas, tras subvertir a su conveniencia el sistema democrático en el que hábilmente se han instalado. La primera fase, aprovechando una crisis económica acompañada de la corrupción existente en las formaciones políticas dominantes tras largos años de poder, es acabar con ellos demonizando el bipartidismo, cuando ellos suspiran por suceder en uno de los segmentos del arco parlamentario al preponderante de la izquierda. Su misión no es acabar con el bipartidismo, que en buena lid continuaría con sus carencias y sus virtudes como en la casi totalidad de los países de nuestro entorno, sino transformar las reglas constitucionales para poder asaltar su muy particular cielo de poder omnímodo.
La demostración empírica de sus intenciones, las dejó claras y evidentes en la arrogante y esperpéntica rueda de prensa de Iglesias en sede parlamentaria, en otro guiño escenificado para «su pueblo» donde reside la soberanía popular, pudiendo y debiendo haberla hecho en los locales de su partido. La exigencia a Sánchez de los ministerios claves en el poder de la fuerza y propaganda, nos remite en principio a una de las tesis de Weber, cuando afirmaba que el estado deberá tener el monopolio de la violencia y los medios de coacción, únicamente el estado puede reclamar el legítimo uso de la fuerza física. Ahí entrarían Defensa e Interior, con el control de los ejércitos, policía y CNI. La segunda demanda en apremio, parte del concepto goebbeliano basado en que los profesionales de los medios de comunicación deben poner en práctica las líneas de propaganda diseñadas desde el poder gubernamental. Prefieren pues los «verdaderos representantes del pueblo» administrar y controlar estos ministerios que aquellos relacionados con las demandas sociales y la creación de empleo y lucha contra la pobreza.
Tal es el poder de seducción de este movimiento que sirve de inspiración a Sánchez, que en una huida hacia delante ante su Comité Federal, que no denota más que ambición por llegar al poder, trata de obviar estatutos y miembros democráticamente elegidos en su organización, y anuncia una especie de referendo del posible pacto al que pueda llegar el PSOE de su mano con la formación de Iglesias. Viéndose perdido, traslada la responsabilidad a las bases para que éstas hagan su trabajo. Podemos no solo está a punto de fagocitar a la socialdemocracia española que tanto ha contribuido para que el estado de bienestar sea una realidad en nuestro país, sino que ya le ha imbuido de sus usos y costumbres, cuando sus postulados están tan lejos de aplicarse en el plano real de la política como la demostración práctica de la teoría de las cuerdas. El mismo Iglesias incumplió sus promesas de primarias, para él y sus más allegados, y listas elegidas por militancia y simpatizantes, para cerrarlas según su egocéntrico saber y entender.
Todo, una farsa más que se le permitió sin apenas crítica alguna al líder y co-dirigentes de Podemos, que como buen leninista tiene fijo entre ceja y ceja el partido único, el suyo, a imponer a la sociedad aburguesada y dormida que su movimiento despertará. Demasiadas coincidencias con los que, con los mismos mimbres, construyeron regímenes totalitarios usando la bandera de los desfavorecidos.
El marxismo-leninismo con la vana promesa de una dictadura del proletariado, y el fascismo con la creación de un nuevo estado protector de los movimientos obreros.

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