31 de enero de 2016
31.01.2016
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¿Qué nos ha pasado?

31.01.2016 | 05:18
¿Qué nos ha pasado?

No saber lo que nos pasa no solo forma parte de lo que nos pasa, que diría Ortega, sino que es su parte más insidiosa porque impide tomar posición. Intentar esclarecerlo es la primera urgencia que impone cualquier situación, pero más aún si los cambios se acompañan de la inutilidad de las soluciones hasta ahora eficaces. Y ese es nuestro caso porque después de casi cuarenta años de democracia la situación ya no es la misma.

Pero antes de particularizar los cambios, ¿se puede esperar una respuesta a la cuestión más general sobre qué es lo que nos ha pasado? Propongo una: que la Transición ha tenido éxito, y en esa misma medida ha modificado las condiciones para las que resultó ser una solución, es decir, ha culminado –y agotado– su recorrido histórico. España tiene ya casi todo lo que los hombres de la Transición se atrevieron a soñar: un régimen democrático consolidado, una economía productiva desarrollada, una sociedad moderna con niveles de justicia y servicios públicos que tal vez no llegaron ni a imaginar, una posición internacional en las instituciones europeas y en el concierto mundial, unas infraestructuras y un ejército modernizados, un sistema educativo universal y –mal que bien– dentro de los estándares de los países de nuestro entorno.

Por supuesto que nada de lo anterior carece de deficiencias con notables aspectos fallidos que requieren mejoras y en algunos casos profundas restructuraciones, pero en su conjunto lo ya obtenido ha transformado la sociedad para la que supusieron un proyecto estimulante. Es difícil pensar en una empresa colectiva de nuestro país tan exitosa y meritoria como ésta, y su menosprecio dice mucho de la incapacidad actual para conducirse con sentido histórico.

Pero todos esos cambios han posibilitado o inducido profundas transformaciones sociales y culturales que es necesario advertir para entender nuestros actuales problemas. Para empezar conviene reparar en que durante estos cuarenta años nos hemos puesto a la cabeza del llamado «suicidio demográfico», mientras se mejoraba notablemente el nivel de instrucción y de renta disponible, lo que ha convertido el ocio, los viajes y la calidad de vida general en valores preferentes, incluso aunque la familia todavía mantenga niveles altos de aprecio.

A lo anterior hay que sumar la disminución de la influencia de la religión en nuestra sociedad. Aunque como parte del tipismo español a veces parezca que el número y la pasión de los anticlericales no ha decrecido, lo cierto es que nunca antes en la historia moderna el Catolicismo ha sido menos influyente, sin que parezca además que el proceso de descristianización haya tocado fondo. A su socaire se extendió primero una izquierda de clases medias ilustradas; pero después y por primera vez en nuestra historia, apareció una derecha laica, urbana y burguesa que a falta de una tradición ética del servicio público, se ha hecho proclive con demasiada frecuencia y en el ejercicio del poder a un hedonismo acrítico y oportunista que engrosa buena parte del caudal de corruptelas públicas.

Obviamente, no es que la religión supusiera una garantía, pero implicaba un marco moral compartido y más que milenario entre nosotros. Tampoco es seguro que una tradición moral se pueda improvisar, pero el conservadurismo español seguramente haría bien en concentrar sus esfuerzos en urgir un cuerpo de pensamiento económico, histórico y político capaz de cerrar la sangría moral que amenaza con arruinar cualquier otro esfuerzo. Sin embargo y por desgracia, esos trazos no son exclusivos de ninguna posición y afectan en su conjunto a los hábitos sociales más generalizados, incluyendo a buena parte de la izquierda española, desarbolada ideológicamente como el conjunto del progresismo europeo. De hecho nuestra socialdemocracia padece de una sobredosis triunfal: el éxito de la Transición al que tanto contribuyó, y el del modelo socialdemócrata mismo que da forma a todas las sociedades europeas y a la española entre ellas.

Considerado con suficiente perspectiva el conservadurismo español no es más que una variante socialdemócrata tímidamente heterodoxa, como la mayor parte de las derechas de los estados europeos continentales que no propugnan sino matices al modelo del Estado del Bienestar. La modernización de España acometida durante estos cuarenta años ha consistido en la homologación con ese modelo de Estado. Precisamente su predominio y la consiguiente afinidad entre conservadores y progresistas se ha convertido en prueba de cargo en su contra en boca de la llamada «nueva izquierda».

Pocas veces una formación política tiene problemas de subsistencia derivados de su éxito, pero ya le ocurrió a UCD con la democratización y tal vez le esté ocurriendo al PSOE con la modernización. Además su internacionalismo europeísta por un lado y su estatalismo por otro, le han desplazado de la penúltima rotación en las gravitaciones ideológicas de la izquierda: la globalización y su acusado carácter mercantil y transnacional han convertido el regionalismo, lo castizo y autóctono, antes valores inequívocamente conservadores, en el polo más dinámico de desarrollo ideológico de las «nuevas izquierdas» que por primera vez fluyen masivamente hacia los nacionalismos. Ambos proclives además a revisar la forma del Estado gestado por la Transición y dispuestos, por tanto, a reformular o cancelar los términos del acuerdo de convivencia que aquella supuso.

La transformación de los entornos comunicativos que han supuesto las redes y la espectacularización de la política a la que aboca la inmensa centralidad social de la televisión, han servido de catalizador para todo lo anterior en el contexto exacerbado de los devastadores efectos de la crisis.

Sin embargo, de fondo corren dos caudales que, a mi juicio, tumorizan nuestras dificultades: la hedonización de las concepciones de la vida que no solo debilitan la centralidad del esfuerzo sino que metabolizan la frustración en hostilidad; y la tácita pero decisiva pretensión de suspender el imperativo social y político de tener en cuenta la otra mitad del país que introdujo la cultura del consenso. La guerra de Irak, las reacciones a los atentados de Atocha, el pacto del Tinell, el proceso de elaboración del estatuto catalán y su posterior recurso son algunos de los principales jalones en la historia de la gestación de nuestro problema capital: la deconstrucción de la conciencia política y social de que los problemas de convivencia entre nosotros son atávicos.

¿Habrá siquiera un político a la altura que requiere el momento?

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