31 de enero de 2016
31.01.2016
El ocaso de los dioses

La montaña no es mágica

31.01.2016 | 05:18
La montaña no es mágica

Hace unos días, en tiempos de la Revolución Francesa, los políticos y dirigentes más radicales –«Jacobinos» y «Cordeliers»– ocuparon en la Asamblea Legislativa (luego Convención Nacional) los asientos más altos del hemiciclo. De esas alturas tomaron el nombre de «La Montaña». Danton, el «Indulgente»; Hébert, el ultrarevolucionario; Marat, «L´Ami du peuple»; Saint-Just, el «Arcángel del Terror», con su eterna cara aniñada; y Robespierre, el «Incorruptible», formaron parte de esa iluminada y violenta Montaña preludio del sanguinario Reinado del Terror. Sin embargo, estaban tan a gusto con los asientos ocupados en el «gallinero» que jamás se les oyó quejarse. Años más tarde todavía sigo preguntándome cómo esas pacíficas criaturas revolucionarias pudieron morir de forma tan violenta dado que todos fueron guillotinados; menos Marat, apuñalado por la joven aristócrata Charlotte Corday mientras se daba un baño (Marat) para aliviar su irritante psoriasis. Jacques-Louis David, pintor de cámara y amante de la guillotina, plasmó la muerte de Marat en un cuadro expuesto en los Museos Reales de Bellas Artes de Bruselas (existe otra versión del tema, aunque menos neurálgica, obra del pintor academicista francés Paul Baudry, el mismo que decoró la Ópera Garnier de París).

Con esos antecedentes pictóricos y con la lección de progresismo vanguardista que aquellos auténticos revolucionarios dieron al pueblo francés hace unos pocos años sentándose en los asientos «montañeses» de la Asamblea, cuesta entender que pocos años más tarde otros revolucionarios «avant la lettre» –ya que hablamos de la Revolución Francesa–, los podemitas, protesten exasperadamente porque la Mesa del Congreso español les haya asignado esos históricos asientos en el hemiciclo. Y por si cabía alguna duda de su irritante enojo (distinto a la irritante psoriasis que padecía Marat), Íñigo Errejón, con su eterna cara aniñada, afirma que es un hecho «vergonzante» y que «mandan a cinco millones de electores al gallinero» (observen, salvo error, que no dice cinco millones de españoles). Al igual que Pablo Iglesias, el incorruptible, al decir en Twitter «5 millones de votos al gallinero» (tampoco dice españoles). Solo falta, para completar el cuadro, un pintor de cámara tan centralista y jacobino como David para que deje plasmado en toda su crudeza el inmenso dolor, la inconsolable desazón de Podemos por irse a la montaña.

Los nuevos revolucionarios nacidos en las elitistas probetas universitarias pretenden convencernos de que la vieja política tiene que desaparecer. Política y políticos, dicen, representados por una casta acartonada, desdeñosa, intrínsecamente corrupta, endogámica, sostenida en el amiguismo, el clientelismo caciquil y alejada del verdadero y sufriente pueblo. Querían persuadirnos que ellos eran la savia nueva, la imagen de un mundo distinto, infinitamente mejor; una sociedad sin clases, horizontal, científicamente igualitaria, anticapitalista, comunista, revolucionaria, sin jerarquías ni privilegios. Eso predicaban ellos y ellas desde los púlpitos universitarios y los estudios de televisión. Y aunque la sombra económica e ideológica de países tan democráticos como Irán o Venezuela es alargada, demasiado alargada incluso para los incorruptibles, la «Montaña», desde su arrogante altura, no se digna a bajar al pueblo para darle cumplidas explicaciones sobre dinero, financiación, informes, programas de televisión subvencionados y otros privilegios difíciles de explicar para quienes las explicaciones solo corresponde darlas a la Historia.

Ahora empezamos a entender cuáles son las mayores preocupaciones de Podemos y sus caudillos. En vez de encadenarse contra los desahucios (¿han visto que casi ya no hay manifestaciones contra los desahucios?); en vez de pelear de verdad (no desde las cámaras de televisión amigas) por los derechos de los más necesitados; en vez de sentarse en una mesa de negociación para abordar con urgencia las urgencias vitales de la ciudadanía (no descalificando ni pontificando sobre quién es demócrata y quién no); después de nada de eso, lo primero que hacen es hablar de sillones más cómodos, más grupos en la Cámara, mayores subvenciones y de un hipotético gobierno con Iglesias de vicepresidente (que ingresó 107.697 euros en 2014 según El País, algo menos que ustedes dos), y la mitad de las carteras ministeriales, entre otras la de «Plurinacionalidad» para Xavier Domènech, de En Comú Podem. No parece que todo eso suene muy nuevo, al contrario.

La montaña mágica de Thomas Mann es una de las más importantes obras literarias del siglo XX junto al Ulises de Joyce, En busca del tiempo perdido de Proust, El extranjero de Camus, Cien años de soledad de García Márquez, La metamorfosis de Kafka y El guardián entre el centeno de Salinger. Hay muchas otras, sí, pero estas son. En La montaña mágica un joven burgués –no sabemos cuánto ingresaba al año– decide internarse en un sanatorio en la montaña donde pasará siete años de su vida. La experiencia le transformará en adulto; la montaña resultó ser mágica para el protagonista. Podemos, ubicado en las alturas del Congreso, no ha esperado siete años para denunciar que esa montaña, para ellos, no es mágica, de ahí la rabieta. Les sugiero a ustedes que le regalen el libro a los caudillos podemitas, ayuda a hacerse adulto.

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