27 de enero de 2016
27.01.2016

Maquiavelo ha resucitado

27.01.2016 | 04:58
Maquiavelo ha resucitado

Y se encuentra entre nosotros. Mandando aún.
Hay mucha gente que tiene como peyorativa la expresión «maquiavélico». Están equivocados desde la A hasta la Z. El sabio filósofo del poder, el genial politólogo florentino, el funcionario autor de El Príncipe, no era en absoluto un malvado ni un urdidor de ruinas ajenas ni un político de cuarta división experto en el uso de navajas albaceteñas, en clavarlas por la espalda a cualquiera que pretendiese hacerle la menor sombra. El sabio florentino hizo el mejor tratado de psicología humana, de manejo de las masas y de gestión de los accesos al poder, de su mantenimiento y su desarrollo, que podamos imaginar. Eso no es ser malvado ni retorcido. Eso es dar fe de cómo está el patio, cómo las ambiciones mueven al hombre y cómo el egoísmo y la manipulación se enseñorean en las relaciones humanas, desde lo más bajo hasta lo más alto. Por cierto, otro genio cuya grandísima obra fue publicada de forma póstuma. Ya era difícil publicar en el Renacimiento, no desesperen los buenos escritores por sus dificultades para editar. Acuérdense de Don Nicolás –no Maduro que es un analfabeto ágrafo– sino Maquiavelo, acuérdense de Kafka o de John Kennedy Toole, el de La conjura de los necios. Todos murieron sin ver su obra en los escaparates de las librerías.
El presidente Rajoy es un maestro en el arte de Maquiavelo. Nadie que no tenga una inteligencia superior es capaz de aprobar registros, sobrevivir treinta años en la política, ser ministro en varios ministerios, vicepresidente y presidente del Gobierno. O sea, listo como los «ratones coloraos» que dicen en mi pueblo.
Sabe dejar pudrirse los acontecimientos hasta que se arreglan solos o desaparecen, muertos por inanición. Sabe manejar tiempos y conseguir sus propósitos mientras los demás trabajan en su provecho. Ha sabido gestionar las últimas situaciones con una habilidad que ya habrían querido para sí los cardenales Cisneros y Richelieu. No soy sospechoso de ser fan de Rajoy, pero he de admitir su maestría consumada y acreditada de sobra.
Ha avisado por activa y por pasiva, por sí mismo y por medio de todos sus adláteres bien aleccionados, sobre los peligros de las coaliciones de perdedores. Como si en política los pactos fuesen malditos –siempre que sean de izquierdas– y como si solo pudiese gobernar necesariamente la lista más votada aunque los adversarios juntos sumen muchos más votos que ella. El presidente ha agitado el miedo a los radicales y a los separatistas, el miedo a los inexpertos, el miedo a los advenedizos y el miedo a los miedosos capitales que son, como las ratas, los primeros en abandonar el barco cuando huelen o imaginan el menor peligro. Ya están los grandes banqueros, poniendo el parche antes de que salga el grano, y metiendo el canguelo en el cuerpo con la caída de las inversiones, la burbuja petrolífera y las siete plagas de Egipto si los seguidores de la coleta llegan siquiera a la puerta de la Moncloa.
Le he cogido gusto a pasar la noche en el cajero automático. No hay pobreza energética, nadie molesta porque nadie se atreve a sacar dinero pasadas las once de la noche y, mucho menos viendo arrebujados en él a dos bultos sospechosos, es decir, nosotros. Mi colega de cartones y mantas mugrientas, para justificar mi afición por el jergón bancario, es un analista fino de la realidad: un bróker arruinado al que, cuando la fortuna le dio la espalda, abandonaron en tropel su mujer, sus amigos y los presidentes e integrantes de todos los clubes supuestamente altruistas y filantrópicos a los que pertenecía. Maricón el último fue el grito que determinó la estampida.
El presidente en funciones –le pregunto– no ha querido acceder a la petición del Rey y no va a intentar gobierno. ¿Cómo lo ves?
Pretende que se estrelle Sánchez al que su propios compañeros –con amigos así no hacen falta enemigos– están torpedeando sin piedad y vigilando sus movimientos. Más que un líder político parece un miembro de la gestora esa del agua que han pillado in fraganti, vigilado por la fiscalía anticorrupción.
No entiendo –sigue mi colega de sueños en lugar prestado– por qué ese afán en desacreditar la propuesta de Iglesias tachándola de teatrillo, de coacción o de insulto. No veo eso por ningún sitio. Están ahora –todos los que tienen posibilidades de tocar moqueta y sillones y secretarias con falda de tubo y jefes de gabinete con gomina– con movimientos de tanteo, como en los combates de boxeo, como en las partidas de ajedrez. Viendo por donde derrota el contrario.
Nada raro hay en que quien puede sustentar un gobierno, quiera tener arte y parte en el mismo. La izquierda puede y debe gobernar –insiste el bróker anclado en la marginalidad– a ver si es verdad que sacan esa ley de emergencia social, pero debe ser izquierda real, no una izquierda funcionarizada que antes de sentarse a negociar la investidura, airea sus propuestas para que las revienten.
Soñando con un gobierno de izquierdas en coalición leal y respetuosa nos dormimos. A las siete de la mañana nos devuelve a la cruda realidad la caricia áspera de la escoba de la señora de la limpieza.

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