España y la corrupción

27.01.2016 | 04:58
España y la corrupción

Algunos sinónimos de corrupción nos dan un poco más de luz sobre su trasfondo como «descomposición» o «putrefacción», que siendo mal sonantes nos acercan a la realidad, pero no creo que debamos situarnos tan solo en nuestra actualidad, ya que las personas corruptas han existido en nuestra querida España (la de todos) y durante siglos ha habido corruptos y corruptelas (ahí está la historia) si bien si analizamos el antónimo es claro «integridad» y «honestidad».
No existen estadísticas –al menos que yo conozca– de los índices de corrupción en la historia y los índices de integridad, pero situándonos en el hoy y ahora, la pregunta del millón es ¿la estrambótica situación política actual, arranca con la corrupción o simplemente determinadas actitudes de determinados políticos ante la ausencia de integridad es el detonante de esa marea de inconformismo?
¿Es posible que de la noche a la mañana se haya convertido en una pandemia o sencillamente no hemos sido capaces de poner el tratamiento adecuado que en un Estado de Derecho tiene nombre y apellidos, y que no es otro que la aplicación estricta de la ley?
Si durante años, muchos años, la Justicia marchaba lenta, muy lenta, con falta de medios tanto materiales como humanos, y nadie, ningún político del color que fuese puso los medios para ello, el deterioro estaba cantado, hasta el punto de que poco a poco los corruptos y las corruptelas campaban a sus anchas en el convencimiento de que no les llegaría nunca el momento de su escarmiento judicial –la condena– y así importaba poco que sus conversaciones fueren gravadas, que podían amañar impunemente concursos, planes urbanísticos, con grandes fiestas y viajes turísticos, comisiones millonarias y todo ello sin pudor alguno a la vista de la opinión pública, en fin la cultura del «pelotazo» como llegó a decir un ministro del primer Gobierno de Felipe González, y donde la lenta Justicia llegó y que ahora no recordamos o no queremos recordar.
Pienso que ante una crisis económica que no se quiso ver, el galopante paro, los desahucios y tantas y tantas injusticias aparentes, se creó el germen del inconformismo y del basta ya, que nos ha llevado al callejón sin salida en que nos encontramos, siendo el caldo de cultivo de un populismo que ignora las reglas del juego, con notable desprecio al Estado de Derecho, habiendo como hay otros caminos.
Hay talantes y talantes, pero en política el ego puede pasar factura y la dignidad debe de estar por encima de cualquier pedestal, porque el puño se puede levantar con la mano derecha o con la izquierda, o no levantarlo, solo son formas, ya que lo que importa es gobernar con ideas claras, no con ocurrencias que cambian día a día, y poniendo los cimientos de un pacto general por la Justicia, que impida que la corrupción quede sin castigo o llegue tan tarde que su aplicación no tenga sentido, porque la Justicia si es lenta deja de ser Justicia y defrauda a los ciudadanos de buena fe, que por cierto somos muchos y creemos en los valores que al principio enumeraba como antónimos a la corrupción, que entre otros son la integridad y la honestidad, y ahí queda el mensaje «nunca es tarde para defender tu dignidad» (Todoran).

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