22 de enero de 2016
22.01.2016

El último maestro italiano

22.01.2016 | 04:56

El gran representante de la commedia all'italiana, el gran retratista de su Italia del alma, Ettore Scola, se ha ido dejando un tremendo vacío en el cine. Antes de dirigir colaboró durante más de diez años como guionista con los grandes de la época como en La escapada y Un italiano en la Argentina con la reciente fallecida Silvana Pampanini, ambas de Dino Risi. No se cuándo le descubrí pero recuerdo ese icono que es Una jornada particular (1977), virada a sepia, la historia de ese amor imposible en la Italia de Mussolini entre Antonietta y Gabrielle, y ya creo que me enamoré del cine de Scola. No olvidaré esa peli coral como es La terraza (1980) con todos los monstruos del cine italiano. Pero es en Macarrones (1985) donde cuenta el reencuentro de dos amigos, un italiano y un americano, Antonio y Robert, Marcello Mastroianni y Jack Lemmon, compañeros de la gran contienda. Dos hombres, dos formas de ver la vida, dos amigos. Y con las frases más bonitas de la historia del cine. «La vida elige al que ama» o aquella de «la vida dura una vida y la muerte solo dura un instante, cuando llega». Con La familia ya me noqueó con esas escenas de un gran pasillo de la casa familiar y el eco de las conversaciones de varias generaciones resonando en las habitaciones vacías. Las discusiones y los silencios de esa familia en torno a la mesa. Y a nivel muy personal me maravilló con Splendor (1989) contándonos la desaparición de esos grandes cines de otra época a través de su dueño Jordan, el proyeccionista Luigi que estaba enamorado de todas las estrellas del cine y la taquillera Chantal.


Al margen de la magnitud de su cine tuve la oportunidad de oro de apostar por él en los minicines Astoria y estrené varias películas suyas. Buenas noches, señoras y señores, La terraza, Entre el amor y la muerte, La noche de Varennes, La sala de baile, Macarrones, La familia y Splendor. Su último filme, Qué extraño llamarse Federico (2013) fue un homenaje a Fellini, al que consideraba su hermano mayor. Nunca obtuvo el Óscar pero fue nominado en cuatro ocasiones a la mejor película de habla no inglesa.


En un momento como este cobra protagonismo un cuadro pintado por él durante el rodaje de La familia en los estudios Cinecittá y que me regaló la distribuidora con motivo de su estreno y que guardaré a partir de hoy como un tesoro. Ettore Socla, ese hombre siempre de la izquierda, fue joven hasta del último día de su vida porque él amaba la vida.

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