El ojo crítico

Otra prueba más

22.01.2016 | 04:56
Otra prueba más

Como consecuencia de la vorágine política en la que nos encontramos ha pasado desapercibida una noticia que debería haber sido objeto de una atención informativa mayor de la que ha tenido. Nos referimos al acuerdo judicial que se ha producido entre la fiscalía y 35 miembros de Batasuna y de grupos afines que estaban siendo juzgados por la Audiencia Nacional. Para poder evitar la cárcel y ser por tanto condenados a penas inferiores a dos años, además de admitir haber colaborado con ETA y de asumir como ciertos todos los hechos recogidos en el escrito de acusación, los dirigentes batasunos han tenido que reconocer el daño causado a las víctimas por ETA y comprometerse a reparar el sufrimiento que la banda terrorista, con la que colaboraron y a cuyos miembros ayudaron, infringió durante la democracia a la sociedad española en su conjunto.

Y es importante porque aunque los acusados hayan explicado que lo han tenido que hacer para evitar la cárcel, tratando, por tanto, de buscar una justificación que dar a los simpatizantes del ámbito proetarra, en realidad supone una claudicación más de los violentos ante la democracia española que, a base de actuaciones policiales y aplicación de la ley, consiguió terminar con el horror y la sin razón de la violencia etarra gracias al esfuerzo de los ciudadanos y con el alto precio de un número insoportable de vidas, de asesinados cuya memoria y cuyo recuerdo tenemos bien presente.

Además de tener que reconocer, una vez más, que el llamado Movimiento de Liberación Nacional Vasco no fue más que una disculpa para extender la violencia y el terror llevado a cabo por una minúscula parte de la población vasca apoyada, como sabemos, por un sector de la sociedad vasca que directamente les ayudó o que, como mínimo, miró para otro lado, los 35 enjuiciados de Batasuna no podrán presentarse a la próximas elecciones autonómicas del País Vasco al llevar aparejado, este acuerdo, la inhabilitación para cargo público.

La principal novedad reside, por tanto, en que la cúpula de Batasuna admite por primer vez que todo el entramado político creado para apoyar y justificar las tesis de ETA fue precisamente eso: una forma más de llevar a cabo la violencia y la extorsión con la disculpa de una supuesta agresión del Estado español. Una manera de vivir del cuento recibiendo el dinero procedente de chantajes y secuestros.

No hemos podido evitar al leer esta noticia que, como hemos dicho al principio, nos ha parecido de suma importancia, recordar nuestros años de infancia y, sobre todo, de juventud. Aquellos años, casi toda nuestra vida por tanto, en los que crecimos con la noticia casi semanal de algún asesinato o secuestro cometidos por ETA durante la década de los años 80 y 90 del pasado siglo. Y no hemos podido evitarlo porque, un vez más, hemos rememorado todos aquellos argumentos que tuvimos que escuchar con los que se trataba de justificar, en parte, la actividad terrorista de ETA. No hacía falta irse al País Vasco. En la Universidad de Alicante algunos veían como inevitable la existencia del terrorismo. Es difícil saber qué pretendieron con exactitud los etarras y sus cómplices. El tiempo ha demostrado que todo lo que querían era vivir pegándose la gran vida gracias al dinero conseguido con la extorsión y los secuestros y gracias a las numerosas subvenciones que asociaciones afines a ETA recibieron de instituciones públicas, sobre todo de ayuntamientos. Contaba Fernando Savater hace unas semanas en su columna semanal de un periódico de tirada nacional cómo durante los años 90, en su etapa de profesor universitario, el primer día de clase un grupo de alumnos le pedía los apuntes y el examen final, por adelantado, para compañeros de curso que estaban en la cárcel por su pertenencia a grupos de apoyo proetarras. Cuando Savater se quejaba a su decano de semejante petición, se le indicaba que cediese para evitar problemas. Si algún profesor se negaba a hacerlo era enviado a su casa con el sueldo íntegro por su seguridad.

Una vez que los responsables de Batasuna han reconocido la ilegalidad de todo lo que sostuvieron, tal vez se haya dado otro paso para la consecución, algún día, de una paz social que permita a los ciudadanos vascos vivir en una verdadera libertad alejada de la confrontación. Pero no hay que olvidar que la ley del silencio en la que vivía el País Vasco no fue sólo consecuencia de la existencia de ETA y del entramado social que lo apoyaba. También tienen responsabilidad todos aquellos que miraron para otro lado, los que cruzaban de acera para no encontrarse con la viuda de un asesinado por la violencia etarra y los que se hicieron ricos aprovechándose de determinados puestos de trabajo en la Administración Pública vasca que les permitió realizar determinadas actividades gracias al descontrol que había en ámbitos muy concretos por el ejercicio de la violencia.

Sobre la historia del País Vasco y sus consecuencias para el resto de España queda por escribir la gran novela coral que resuma lo acontecido durante los últimos cuarenta años. Nos gustaría leer el Guerra y paz de Tolstói ambientado en la sociedad vasca en la que se explique, de manera real, todo lo pasado.

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