22 de enero de 2016
22.01.2016

Futuro económico... con o sin capitalismo

22.01.2016 | 04:56
Futuro económico... con o sin capitalismo

El pasado 17 de diciembre de 2015 fue presentado en la revista de Libros de Nueva York el nuevo libro de Robert Reich con el título «Salvando el capitalismo: para los muchos, no para los pocos». Aprovechando dicha presentación, no son pocos los compañeros economistas estadounidenses de diversa orientación política que han estado opinando acerca del futuro del capitalismo en el mundo global en el que estamos inmersos.


Para el Premio Nobel Paul Krugman fue gratificante constatar la sinceridad descarnada que expresa el título del libro de Reich porque ese «salvar el capitalismo» implica que el capitalismo está contra las cuerdas, o sea, en peligro de extinción, «consideración ésta en la que creo, saludo y comparto». El testimonio del marxista Zoltan Zigedy viene a señalar que tanto Robert Reich como Paul Krugman y el mismo Joseph Stiglitz comparten altos logros en la economía académica y constituyen un triunvirato intelectual no marxista bien informado. Aunque ellos no están de acuerdo en todo, comparten un conjunto básico de creencias en la viabilidad del capitalismo y su necesidad de reforma. No obstante, es raro ver a algunos sugiriendo manifiestamente la urgencia de salvar el orden burgués.


La urgencia, sin ningún género de dudas, deriva del espectacular aumento de la desigualdad económica en los principales paises capitalistas, particularmente en Estados Unidos. Krugman confiesa que la desigualdad era una cuestión que Reich y él mismo empezaron a tomar en serio hace ya más de veinticinco años. Y añade: «Pero creo que es justo decir que no tomamos en serio ese crecimiento de la desigualdad como una característica estructural del capitalismo hasta que apareció el importante trabajo de Thomas Piketty hace dos años».


Abunda Zigedy en la tesis de que los economistas no marxistas Krugman y Reich han modificado su interpretación de las causas del crecimiento de la desigualdad durante las últimas décadas. Krugman nos describe un capitalismo desarrollado actual que se asemeja al capitalismo que los marxistas vienen describiendo desde hace más de un siglo.


Hace décadas, los economistas liberales sostenían que el aumento de la desigualdad era resultado de que había sectores de la clase obrera que no reunían los requisitos tecnológicos o carecían de las habilidades exigidas por el «cambio tecnológico basado en la habilidad» (SBTC, por sus siglas en inglés). La educación era vista por ellos como el gran nivelador, estabilizador de la riqueza y el avance de los atrasados. Pero ocurre que con la actual ruptura de la correlación entre nivel de educación y compensación, todos rechazan el SBTC como explicación adecuada y clave para detener el crecimiento de la desigualdad. Así, Krugman sustituye la explicación tecnológica para el crecimiento de la desigualdad, por algo que es eje central del estudio de Reich, el poderío monopólico. Es ni más ni menos que la concentración del poder económico en manos de pocos jugadores corporativos lo que lleva al aumento de la desigualdad económica. Según Krugman y Reich: «?Es evidente que nuestra economía se asienta mucho más en los monopolios y oligopolios que en la competencia atomística».


Zigady pregunta ¿por qué Reich y Krugman tardaron tanto tiempo en llegar a esta consideración a la que Lenin arribó hace más de cien años? Escritores como Paul Baran y Paul Sweezy dedicaron hace casi cincuenta años un influyente libro al capitalismo monopolista.


De esta forma vemos cómo los economistas no marxistas y sus aliados políticos hasta hace poco desdeñaban el concepto de poder de monopolio, que los marxistas han hecho pieza central de sus análisis.


Pero Krugman y Reich van más allá y revelan otros acoplamientos cruciales: entre el poder político y el poder económico (poder monopólico) y los del mercado con el poder político. Ellos observan cómo el poder monopólico es sostenido, protegido y ampliado por actores políticos, así como los actores políticos son seleccionados, alimentados y guiados por el poder de monopolio. Esto nos genera un preocupante problema para aquellos que, como yo, buscan la reforma del capitalismo.


En palabras de Krugman, la conclusión a la que llega Reich es que la creciente riqueza en el segmento poblacional superior incrementa su influencia política mediante contribuciones de campaña, cabildeo y recompensas. La influencia política, a su vez, sirve para reescribir las reglas del juego en la sociedad. El resultado es una especie de espiral, el círculo vicioso de la oligarquía.


Para los marxistas, la concentración engendra necesariamente capitalismo de monopolio, que posteriormente se funda con el Estado, creando una síntesis que convierte a las normas del Estado en policías en el terreno económico encargados de maximizar la viabilidad y el éxito de capital monopolista.


Nada demuestra mejor ese maridaje que los rescates de las mega-corporaciones ante las crisis y el evidente incremento del dominio del capital monopolista en el sistema político, máxime aun cuando solo son dos partidos, lo que en España y resto del mundo llamamos BIPARTIDISMO, y del que tenemos que huir o sí o también.

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