Quieren decidir que no decidamos

19.01.2016 | 04:10

Para el abate Sieyès, figura destacada de la Revolución Francesa, la nación es una realidad prejurídica soberana. Es decir, con el poder inalienable de dar a luz un Estado constitucional. No obstante, esta realidad prejurídica es el conjunto de personas que trabaja y vive dentro del Estado monárquico previo. La naciones, el pueblo francés o el pueblo español, por ejemplo, estaban claramente definidas en los territorios de los respectivos reinos. Y tales territorios no fueron elegidos ni constituidos por la nación o por el pueblo.
Después de Sieyès vinieron los románticos: se empezó a hablar de la nación a modo de espíritu con voluntad propia. Tal voluntad solo era descifrable para expertos exegetas de lo misterioso: meros espiritistas no muy diferentes de alucinados jugadores de güija. Siendo así, la nación se convirtió en un oráculo; y una casta entre política y sacerdotal, en sus privilegiados intérpretes. Raza, religión o lengua se trocaron en pruebas de su incuestionable existencia. Allí donde aparecía este omnímodo y difuso espíritu debía encarnarse en un Estado. El último capítulo de tan extravagante aventura fue el Tercer Reich alemán.
¿Tienen una minoría de habitantes de un territorio derecho a destruir un Estado para construir otro? La democracia tiene que ver con decidir, pero no es solo derecho a decidir. No tenemos derecho a decidir si Napoleón fue emperador de China o si apedreamos al vecino del quinto tan solo porque lo deseamos y lo sentimos así, sin más. Aunque sea mediante un inmaculado referéndum. Salvo por colonialismo o por opresión explícita de una minoría, la soberanía y los Estados tampoco se deciden legalmente por sufragio. Nos vienen dadas por la Historia o se cambian tras un hecho revolucionario. Todos y cada uno de los actuales españoles tenemos derecho a mejorar nuestro Estado (en el peor de los casos, a empeorarlo), pero una parte no tiene derecho a romper el todo. En democracia se deciden muchas cosas, pero quiénes son los que deciden es un punto de partida que ninguna democracia puede decidir.
Quien tiene derecho a decidir sobre su destino es ya soberano. Si Cataluña decide en un referéndum legal si es o no un Estado independiente, inmediatamente se convierte en un Estado soberano sea cual fuere el resultado. Y España, de facto, en una confederación donde el sujeto soberano y constituyente español se destruye en el mismo momento en el que se legaliza la consulta. El pensamiento débil de gran parte de la ciudadanía pasa por el aro del llamado derecho a decidir, pues se ha habituado a pensar que meter un papel dentro de una urna es sinónimo de democracia. Y la palabra «democracia» es el mantra moderno que sacraliza toda acción: «Total, si quieren irse que se vayan. Si lo deciden ellos, pues bien está, ¿no?», escucho por doquier. Ignoran la Historia, las más básicas nociones del pensamiento político y las inevitables consecuencias de los hechos a los que nos abocan el «buen rollito» y el «buenismo» imperante. Pero los voceros del disparate, que pasan por elite ilustrada, no se quedan ahí. Pablo Iglesias y los suyos defienden un inexistente derecho a la secesión y acto seguido declaran que no son partidarios de la secesión. ¿Ignorancia satisfecha o perverso cinismo?, me pregunto yo. La cuestión no es que Cataluña se separe o no del resto de España (la Historia tienen siempre la última palabra en estas lides). Lo verdaderamente crucial es que los habitantes actuales del territorio de Cataluña decidan o no unilateralmente tal cosa. Si así lo hicieran, la catástrofe sería inevitable. Como si de un montón de naranjas tomamos una de ellas que está en la base provocando, sin querer, que todas rueden por el suelo. ¡Caramba, yo no sabía que iba a montar este lío!, decimos entonces avergonzados mientras miramos al dueño de la frutería.
Hobbes, Locke, Sieyès, Rousseau y la Revolución Francesa al completo deberían ser de lectura obligatoria un día sí y otro también en todas las escuelas. «Total, si quieren irse que se vayan. Si lo deciden ellos, pues bien está, ¿no?». En fin, a veces pienso que la civilización occidental, o lo que de esta queda, se irá al garete por pura bisoñez y ñoñería. La vieja Europa parece repoblada por nuevos adanes que se empeñan con entusiasmo en que la bobería sea considerada virtud.

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