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Leer

17.01.2016 | 05:13
Leer

El filósofo inglés Hobbes aseguraba que para él los libros eran como las montañas para los héroes antiguos, y que como a Moisés en lo alto del Sinaí, en la lectura tenían lugar revelaciones sobre el modo de ser de las gentes y del mundo, o visiones desconocidas y capaces de orientarnos sobre los caminos a tomar y a evitar. Subir es ganar en altura sobre lo que vemos.

Así que leer sería una ascensión que ensancha el panorama; algo así como multiplicar nuestra estatura aupándonos a hombros ajenos para desbordar la estrechez de nuestras experiencias personales, a las que podemos sumar las de todos los caracteres y personalidades, las de todas las inteligencias y sensibilidades. Esta resistencia a quedar encerrado en un solo punto de vista, aunque sea el propio, es una inclinación intensamente sentida por el lector genuino. De hecho leer es no conformarse con ser solo uno mismo sin querer dejar de serlo: huir del yo convertido en gueto y aspirar al crecimiento mediante la multiplicación de lo vivido en y mediante lo que se lee.

Además la lectura es un ejercicio de soledad inconformista porque quien lee prefiere el propio camino de su lectura a los resúmenes elaborados con moralejas empaquetadas. La lectura silenciosa como a la que ahora estamos acostumbrados, deriva de la costumbre primera de las lecturas (y declamaciones) en público, pero conserva de ellas la cualidad de que el lector propiamente lo hace siempre en voz alta aunque silente e interior, dictándose a sí mismo y convirtiéndose en su propio señor. Esa soberana rebelión silenciosa no es solo el hábito de una cierta autonomía que debería promoverse, sino el fuste del civismo crítico e ilustrado que requiere la ciudadanía efectiva.

Pero el paralelismo entre los libros y las montañas entraña una doble dirección que debería servir de aviso. Un libro es como una altitud nueva que ensancha el horizonte y, por tanto, que amplia nuestro campo de visión y comprensión de la realidad; pero es todo eso a condición de que el libro como las montañas acumule lo que hace ganar altura. Así que la lectura genuina de ordinario implica salvar un desnivel que con frecuencia requerirá el esfuerzo de los ascensos.

Por supuesto que hay libros que son como apacibles llanuras inmensas cuya lectura es más una travesía que una ascensión, además no pocas veces deliciosa. Y también hay libros que acompañan las horas y jornadas más lánguidas y despreocupadas. Pero sería un error deducir de ahí que el placer de la lectura carece del componente esforzado y hasta trabajoso de lo difícil. Quien piense así se perderá la mayor parte de la mejor literatura, poesía y filosofía de nuestra tradición.

Leer tiene además otro efecto sobre el lector al que transforma: enseña a oír con los ojos. De hecho leer es descifrar señales de un sentido invisible, y con esos mismos ojos se puede mirar la realidad a la que se convierte en signo de un sentido que se busca. Botero decía que sus esculturas estaban hechas para ser tocadas al mismo tiempo que se veían. Y es que hay cosas cuya visión no está completa sin la certeza –tal vez incluso la conmoción– física de su presencia. En cambio leer enseña al lector a mantenerse a la escucha mientras mira, y lo inclina más a la expectativa de rendimientos comprensivos que tangibles. No es lo mismo mirar como si se tocara o se manipulara algo, que mirar como si se oyera lo que se mira; lo primero entraña un afán posesivo o práctico, mientras que lo segundo es un mirar que quiere dejar desenvolverse y presenciarlo.

Desde luego que la lectura puede convertirse en una fuga de la realidad, pero más frecuentemente, incluso cuando se trata de literatura de evasión, lo que leemos da forma a eso que llamamos realidad. En buena medida nos pasa lo que nos pasa porque leemos lo que leemos. Nadie es ajeno a sus lecturas y menos todavía quien no lee porque éste vive según lo que leen otros. La vida para vivirla requiere que nos la podamos contar y las historias capaces de ayudarnos a contar la nuestra están escritas, accesibles a la lectura. Así que el lector recluido en su soledad abstraída más que huir de la vida lo que busca es sobrevivir, es decir, vivir para contarla.

Homero cuenta que Ulises extraviado y sin encontrar el camino de regreso a su hogar, excava un surco en la tierra sobre el que vierte la sangre de un sacrificio con el que llena una copa. Completado el rito se le abren las puertas del país de los muertos a donde desciende para interrogar a un vidente que le revelará la ruta. Pero los muertos son espectros sin memoria que no le responden ni le reconocen hasta que les da de beber de la sangre del sacrificio. Entonces recobran el color y el calor de la vida, recuperan la memoria y pueden atender sus preguntas con respuestas.

Desde entonces sabemos que no tener recuerdos o no tener nada que contar es casi ser un espectro más muerto que vivo. Pero sabemos también que los vivos para encontrar nuestro camino necesitamos que los muertos nos cuenten sus historias; y que solo lo hacen si les damos de beber con la sangre de nuestro sacrificio, de ese que consiste en separarse aparentemente de la vida para encerrarse en mirar y abrir los surcos escritos en un papel. Las ideas y los personajes de las historias son, en efecto, como espectros grises que para recordar lo que nos tienen que decir necesitan que les demos la sangre de nuestra vida mediante la lectura. Pero a quien lo hace tal vez le enseñen el camino de vuelta a casa y le ayuden a evitar el extravío.

Así que quien lee no solo se aventura para ascender las cimas que amplian el horizonte, sino que se adentra en las simas de lo más profundo. Altura y profundidad invisibles es lo que esconde ese invento humano que no es más que el soporte de señales cifradas: el libro.

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