17 de enero de 2016
17.01.2016
El Punki

Faltó la cabra

17.01.2016 | 05:13
Faltó la cabra

Cuando era jovencito, pero igual de alto que ahora, en mi barrio de las 300 viviendas parábamos la pachanga de fútbol cuando sonaba la trompeta del titiritero que venía con la cabra, la mesa y la escalera. Era un espectáculo que todo ser viviente tiene que ver algún día en su vida. Ahora, con esta nueva ola de papanatismo, es imposible ver animales por las calles. Dicen que los maltratan. Para todos los críos que vimos aquello, no era así. Veíamos a una cabrilla bien cuidada y que era el sustento para muchas familias. Para muchos de nosotros suponía ver el mundo rural en el mundo urbano. Y no recuerdo a nadie criticar aquello. Recuerdo perfectamente como ponía el platillo y muchas de nuestras madres les arrojaban algunas monedas desde el balcón. Supongo que, según el nuevo código ético animalista, eso está fatal de los fatales.

También recuerdo cómo nos hacían lavarnos y cambiarnos para ir al centro del pueblo. Los de extrarradio teníamos que ser educados y además no parecer pobres, que lo éramos. Pero nuestras madres siempre pensaron que a cada lugar cada vestimenta. A buenas horas te ibas tú con los zapatos sucios o una sola mancha en el pantalón. Pobres, pero presentables.

Ya sé que a muchos de ustedes este artículo no les gustará, pero yo escribo lo que he vivido y mi experiencia vital también configura mi manera de aproximarme a la vida mía y a la de los demás. Ya sé que las nuevas olas dicen que ese libertinaje de usos, costumbres y vestimentas es muy sano. Pues para ellos que se lo administren. Yo prefiero seguir lo que aprendí de pequeño. No es que sea mejor o peor, es que es mi educación. Esa que brinda determinados convencionalismos que, creo yo, mejora la convivencia y el respeto por los demás.

No ha hecho falta mucho tiempo para ver que determinados actores parlamentarios, que ya sé que los ha votado la gente como votaron a Ruiz Mateos y a Gil y Gil, se han destapado en sus variopintas facetas teatrales. Posiblemente el Parlamento tiene algo de teatro popular, pero cuánto cuesta construir las formas y qué poco cuesta desmontarlas. A lo mejor es que tenemos que llegar a eso para volver a reclamar formas y maneras. Mejor que la gente se retrate con sus maneras peculiares de ver la política. Yo prefiero a un rasta honrado que a uno con corbata y que robe. Pero no estamos hablando de eso. Porque a todos los queremos honrados y sabios. Pero sin folclore, si us plau.

Berlanga, vuelve, por favor. Esa escena con la marcha mora de Chimo es lo mismo que lo de la cabra pero sin pasar el platillo. Que ya tienen dinero los grupos para amamantar las ocurrencias. ¡Ché que bó! Que sensación más bonica la de los timbales y esa marcha mora. Que faltaba el café licor alcoyano, una par de chilabas y algún que otro fez y la escenografía habría sido completa. Los mismos que han criticado al artista de la cabra son los que ahora adornan su bienvenida con una retórica de Bienvenido Mister Marshall. Todo está inventado, pero no nos dejan de sorprender con tanta memez.

Lo peor de todo esto es que ha sido televisado. Que queda para la posteridad. Que los juramentos o promesas adornados de júbilo popular no son más que fuegos artificiales para dejar claro lo que ya sabemos de ellos. Unos que odian a España y otros que para cambiar la Constitución, que yo también quiero, tienen que decirlo puño en alto. ¡Ay que recuerdos triunfales de esos movimientos sectarios!

Siento no haber sido diputado. Porque ese espectáculo es digno de verse en directo. Ya va a ser difícil mejorarlo. ¿A lo mejor el Circo del Sol? ¿ La Legión con su cabra, Carrera de San Jerónimo arriba y abajo? Nunca se sabe. Como bien decía Josep Tarradellas: «En política se puede hacer de todo, menos el ridículo». Han mejorado cualquier guión de Chiquito de la Calzada. Y el espectáculo no ha hecho más que empezar. Si llego a saber que estos me iban a alegrar el día, como hacía el de la cabra en mi barrio, les habría votado. ¡Cachis! A la próxima.

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