El viajero que quise ser

14.01.2016 | 03:58
El viajero que quise ser

Tiene la costumbre Javier Reverte de jalonar sus libros de viajes, que llevamos casi veinte años leyendo, de frases sobre el paso del tiempo que nos permiten, mientras recorremos los paisajes que describe o conocemos a las personas con las que se encuentra, reflexionar sobre la fragilidad de nuestras vidas. En el libro que hoy traemos a esta sección, me refiero a Un otoño romano (2015), Reverte nos habla de los meses que vivió en Roma en el año 2013 en la Real Academia de España. Desde su apartamento en el barrio del Trastévere podía ver buena parte de la que fue patria de María Zambrano y en la que vivieron, en los últimos tres siglos, algunos de los mejores escritores de Europa. Al atardecer, mientras escribía, Reverte observaba las cúpulas de las decenas de iglesias que existen en Roma bañadas de una luz color crema.


Pertenece Javier Reverte a esa generación de imprescindibles reporteros que comenzaron a ser enviados a países en conflicto a finales de los años sesenta del pasado siglo por periódicos hoy desaparecidos. Desde sus primeras crónicas periodísticas en Irlanda, recogidas junto a otras en Billete de ida (2000), hasta sus reportajes sobre la guerra de Bosnia que pudimos leer en Bienvenidos al infierno. Días de Sarajevo ( 1994), Reverte ha puesto siempre su punto de mira en las miles de pequeñas historias de seres anónimos que hay detrás de cualquier guerra.


Es Javier Reverte un enamorado del mundo antiguo como ya demostró en Corazón de Ulises (1999), su inolvidable viaje a Grecia. De su mano regresamos ahora a Roma, una ciudad que creíamos conocer de nuestros viajes y lecturas pero que después de leer este libro la vemos como la ciudad en la que nos gustaría vivir perdiéndonos, mientras huimos de los tours turísticos, en alguna poco transitada calle hasta llegar a una Iglesia sin apenas visitantes con frescos de Giotto; comiendo en trattorias el plato de día o visitando las tumbas de viajeros ilustres por Italia que murieron jóvenes, porque, como decía un aforismo griego, aquellos a los que aman los dioses mueren jóvenes.


Todo pasa por las manos de Javier Reverte en esta su Roma: los griegos, los antiguos romanos, Bernini, los Borgia, Miguel Ángel, Rafael, Caravaggio, Stendhal o Cervantes. Y lo hace en otoño, una estación no elegida al azar porque creemos ver una cierta melancolía impregnada en las páginas de este libro. La misma que sentimos cuando recordamos algún viaje de nuestra juventud para darnos cuenta que ya nunca regresará aquello que vimos y sentimos.


Toda la belleza que hay en Roma, a pesar de lo truculento que ha sido en ocasiones su historia y su política, colma una voz individual que nos hace recordar lo mejor de la vida a pesar de que, como nos dice Javier Reverte, «los años viajan camino de la muerte, pero la belleza prosigue su camino, se recrea en sí misma, crece sin pausa mientras tú sabes que ya te estás yendo».

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