10 de enero de 2016
10.01.2016
Con estilo

La gran Esther

12.01.2016 | 01:06
La gran Esther

Nacida en Albacete pero criada en Alicante y unida desde sus inicios a esta tierra, donde ha hecho sus primeros trabajos en este apasionante mundo de la moda, Esther es la gran protagonista por mérito propio de este artículo de hoy. Un domingo intenso de enero de 2016 como este ella, y ella, es un ejemplo al que dedico toda una glosa. Como los antiguos poetas, como los juglares, esta mujer de bandera es todo un ejemplo de los que me apasiona. Esther ha renacido de sus cenizas, como tantas veces, para a sus 38 años demostrar que se puede, si se quiere, que se debe y que la vida es absolutamente apasionante cuando se tiene su coraje. Una gran revista en su edición española, el Harper's Bazaar, ese ejemplo de publicaciones con contenido que, además de ser muy «cool» o en castellano puro maravillosamente actual y de tendencia? ha sido capaz de dedicar el número de este nuevo enero de nuevo año a las mejores modelos españolas de todos los últimos tiempos. Y obviamente Esther Cañadas es una de esas que no podían faltar. La primera vez que la vi en persona desfilar, casi me desmayo. Fue en Lisboa, en la expo de 1996 donde tuve el honor de ayudar a la Gran Moda Española y a un viejo amigo, Javier Escobar (que tanto hizo con su agencia durante años por nuestro diseño y nuestros diseñadores, marcas y publicaciones) y compartir ese momento con Hannibal Laguna. Entre bambalinas Norma Duval nos ayudaba con la «mujer huevo» de Dalí y ordenaba como es ella, divina, a todas y cada una de nuestras creaciones dalinianas (un delirio genial que levantó en pie hasta a el entonces súper jefe Antonio Cámara de la Moncloa de Aznar). Y de repente, sonó la música en medio de ese barullo, se inició el gran show internacional de la moda y apareció ella. Deslumbrante representando a otro español que nunca reivindicamos, sí, español, Paco Rabanne. Otro de esos talentos, como decía mi querido Ion Fiz, que solo se ve ya en perfumes y que, sin embargo, es un dios de la costura moderna, vanguardista y «megachic» al que yo restauraría absolutamente en su vertiente de colecciones, como siempre, y desfiles y costura. Porque España tiene tanto talento en nuestra historia que, ni siquiera nosotros, acomplejados por desgracia desde tiempos inmemorables, somos conscientes de ello. Ya lo decía también Francis Montesinos, otro genial histórico levantino. Y, como relataba, apareció ella para comerse el escenario con su presencia. Entonces fue, en mi carrera como prensa y comunicación de este gremio, cuando entendí ese gusanillo de los grandes, esa genialidad que hace que distingas lo increíblemente vibrante de lo normal, lo absolutamente único de lo vulgar o lo corriente. Y hoy, vuelve. Vuelve con la fuerza de ser madre, de ser más madura, tras haber superado kilos de más por una grave enfermedad, críticas, mejor dicho despellejamientos públicos tan típicos de esta España nuestra (envidiosa cuando quiere y terrible cuando desea) que parece que no olvidó jamás los tiempos de «corralillos» y porteras. Y vuelve súmamente guapa, madura, serena, madre, muy madre, y con cabeza. Y yo, no puedo más que rendirme ante tamaña osadía. Ante mujeres que, como ella, inspiran los nombres de heroínas, de cuentos, de leyendas y hasta de marcas. Sin ir más lejos, esas que como ella resurgen otra vez cuando nadie daba un duro por su futuro de nuevo. Y es ahí donde me quito el sombrero. Porque cada día creo más en los sueños posibles. Y cuando me levanto y miro este Alicante, o cuando me voy a Madrid a currar y hasta casi vivir, no puedo más que pensar que tengo la suerte de tener dos tierras. Y una de ellas llena de emprendedores, luchadores, avezadas mujeres, geniales inventores y unas ganas de vivir pese a las chorradas que entretienen a muchos que deciden, que son capaces de superar hasta que nadie crea en Peter Pan. Cosa que yo, hasta sí. Fíjate. Feliz domingo. Que ya toca creer en las hadas.

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