06 de enero de 2016
06.01.2016

Una muerte anunciada

06.01.2016 | 04:14
Una muerte anunciada

Recientemente nuestro arqueólogo municipal, don Pablo Rosser, proponía que la Cara del Moro sea declarada Patrimonio de la Humanidad, que no es poca cosa. Desconozco si nuestro accidente geológico merece tal distinción, «sabios tiene la Iglesia» y a ellos me remito.
Ahora bien, don Pablo tiene que saber con harto dolor de su corazón, que se quiera o no se quiera, duela más o duela menos, la Cabeza del Moro del Benacantil tiene los años contados, de igual manera que desgraciadamente todos tenemos que morirnos. Sobre las formaciones rocosas, la geología más elemental nos dice que tienen un ciclo vital naciendo, degradándose (meteorizándose, dicen los geólogos) y finalmente muriendo, cuando se transforman en piedras, arenas y polvo, alimentando con todo ello el nacimiento de nuevas estructuras y formaciones geológicas con el transcurrir de los siglos, merced a los complejos procesos físico-químicos que suceden en la viva dinámica de la Tierra.
Y así está sucediendo desde que la Tierra es Tierra y así está sucediendo en la Cabeza del Moro, símbolo emblemático de la ciudad.
Frente a esta realidad natural e incuestionable sólo caben dos actitudes. La primera de ella es la que habitualmente se adopta, y es la de dejar que los procesos naturales sigan su curso, escondiendo la cabeza como el avestruz, y entonar un miserere lacrimógeno cuando la cosa ya no tiene remedio.
La segunda actitud es la de intervenir en dichos procesos modificándolos favorablemente. Tanto la una como lo otra tiene sus riesgos, sus ventajas y sus inconvenientes. Las intervenciones en los procesos de la naturaleza, sensibles y delicados donde los haya, no siempre reúnen las condiciones necesarias para conseguir el éxito esperado y algunas veces, no todas, nos sale el tiro por la culata haciendo con ellas más daño que beneficio, o gastando inútilmente los recursos públicos a nuestro alcance para nada.
Esto último es lo que suele suceder cuando se dejan estos asuntos en manos inexpertas.
Esta segunda actitud, la de intervenir modificando los procesos geológicos, es la opción que adopta de cuando en cuando la ciudad frente a los problemas de roturas y desprendimientos que presentan las estructuras rocosas del Benacantil y el basamento que soporta el muro del Raval Roig, y nos parece una decisión acertada, puesto que con ello se intenta retrasar todo lo que físicamente sea posible su inevitable degradación natural en beneficio de las generaciones futuras.
Pero ahora viene la pregunta del millón: ¿lo estamos haciendo bien? Para ser totalmente sincero, no estoy muy seguro que así sea.
Simplificando, tres son las formas más habituales de inestabilidad y degradación de la estructura de una ladera rocosa:
1º. Roturas y deslizamientos que afectan en profundidad a una parte sustancial de la ladera. Si esto sucede que Dios nos coja confesados, porque el tema es peliagudo y no se resuelve con un simple bulonado, ni con inyecciones cerrando fisuraciones, ni con mallas de contención de tipo alguno. ¡Esperemos que esto no suceda nunca en el Benacantil!
2º. Roturas y desgajamientos de bloques rocosos de cierta entidad, pero de naturaleza superficial. Para estas situaciones la técnica del bulonado y las geomallas dan buenos resultados, pero no impiden de ningún modo que los procesos de rotura superficial por ataque directo de la meteorización y expansiones por congelación del agua durante las heladas, etcétera, se sigan produciendo en mayor o menor medida, dependiendo de la calidad y naturaleza de la ladera rocosa; y bajo este punto de vista, las areniscas calizas del Benacantil, no son precisamente unas rocas cuyo comportamiento resistente sea para tirar cohetes. No existe con la solución mencionada protección y abrigo de tipo alguno de la superficie rocosa expuesta al medio ambiente que la meteoriza. Lo único que se consigue es coser a la base rocosa los bloques inestables a punto de desprenderse, y retener con la malla los que se desprendan y no se encuentres bulonados (cosidos a la roca profunda) mediante las barras de acero que se introduzcan en la pared, que se aconseja que sean inoxidables o barras de fibras de vidrio.
3º. Desprendimientos por meteorización (lluvia, viento, reacciones físico-químicas naturales, ataques de ambientes agresivo, etcétera) de las capas superficiales de las rocas en forma de arenas, polvo y lo que es peor, de lajas y cantos de pequeño tamaño, pero de suficiente entidad para generar daños y provocar accidentes graves si impactan contra los vehículos y personas (lo que estaba sucediendo en el Raval Roig). Las geomallas, si son suficientemente tupidas, lo único que hacen es retener las piedras desprendidas (lo cual de por sí ya es bastante), pero no impiden la meteorización y el desgaste paulatino de la roca desde su superficie hacia el interior a un ritmo imparable y creciente. El saneado mediante un picado superficial de la ladera, como se hizo en el Raval Roig, resulta ser en lenguaje coloquial, pan para hoy y hambre para mañana.
Y frente a todo esto, ¿qué se puede hacer? Evidentemente, para situaciones lejanas y laderas sin valor sentimental, en las que su degradación y meteorización paisajística se considere irrelevante, las geomallas resistentes a los efectos estáticos y dinámicos que se generan durante los desprendimientos rocosos, constituyen una buena y razonable solución, siempre que las rocas desprendidas queden retenidas en las mallas de acero galvanizado, y se impida con ello accidentes y situaciones de riesgos para las personas.
Ahora bien, cuando se busca mejorar la seguridad y una protección mejor y más eficaz frente a las meteorizaciones, en definitiva, una mayor durabilidad de la roca, la solución de las geomallas, no es suficiente, y podría resultar más conveniente mejorándose sustancialmente la intervención, añadir sobre la pared rocosa una piel protectora de unos 5- 10 cm de espesor, construida del vilipendiado pero insustituible y maravilloso hormigón. Para minimizar paisajísticamente el impacto de dicha piel, debería tematizarse al máximo; es decir, construirse con el color, las texturas y las formas, incluso reproduciendo por imitación las grietas que existan en la superficie rocosa. El resultado final no podría distinguirse de la roca original si la operación se hace adecuadamente por especialistas, que haberlos, los hay (véanse las tematizaciones realizadas en los acuarios, parques de atracciones, etcétera).
Incluso para técnicos expertos, estos añadidos de hormigón tematizados, si se encuentran bien construidos, resultan difíciles de identificar y distinguir de las rocas originales. Los ciudadanos no especialistas serían absolutamente incapaces de distinguirlos.
¿Por qué se rechazan soluciones de este tipo? Lisa y llanamente, porque en la ortodoxia oficialista aplicable a las restauraciones, se aspira a tener y conservar la obra original y, ¡qué caramba!, nosotros también. Pero cuando no es posible tenerla, porque la obra se nos deshace entre las manos, como se está deshaciendo la Cabeza del Moro, más vale una copia digna, como por ejemplo el Campanile de Venecia, que un montón de piedras arruinadas, cuyo deleite no va más allá de la romántica sensación de ver crecer los arbustos y matojos entre las diaclasas y grietas de las rocas arruinadas, y los vencejos volando de aquí para allá.
Si la roca que sirve de base y apoyo al Muro del Raval Roig, sigue degradándose al ritmo que lleva, en pocos años el muro que descansa y se apoya sobre ella, acabará cayendo y habrá que acudir al impactante y consabido muro resistente del hormigón convencional para sostener la calle, dando al traste con lo que auténticamente tiene carácter en el Raval Roig y merece ser conservado: El valor sentimental y la imagen que nos trasmite el muro de sillarejos y mampuestos de piedras, y ese pequeño trozo de paisaje rocoso que nos queda en la fachada marítima del Postiguet, masacrado por ese parking maldito y todo lo que le acompaña, que habría que demoler sin miramientos de tipo alguno o embellecerlo por algún arquitecto especialista en estos menesteres si ello fuera posible.
Como alternativa y complemento a las soluciones expuestas, la industria química de los materiales nos ofrece en el presente, unas sales de sodio que regadas sobre las superficies rocosas, penetra en sus redes porosas y microfisuras, las cementa y endurece, y lo que es más interesante, impide que el agua efectúe sus acciones perniciosas. Esta solución, más realista y económica que las anteriores, es la que le proponemos a nuestro respetado arqueólogo municipal, si desea alargar la vida útil de la Cabeza del Moro y hacerlo Patrimonio de la Humanidad. Suerte en tu empeño Pablo.

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