Tribuna

Un horizonte que alumbra el cambio

04.01.2016 | 14:16

Asistimos a un cambio de signo político que se gestó durante décadas tras la muerte de Franco –o tal vez venga de antes, de mucho antes porque la Historia se mueve con flujos lentos– y acabó irrumpiendo en primavera del 2011.

Aquel 15M fue un frenazo en seco, un basta repleto de propuestas, vestido con trajes hechos a mano, igual que las pancartas que describían un programa enorme, con diferente lenguaje, atestado de medidas, de denuncias y que dibujaba una nueva geografía, un diferente paisaje social y político en el que la exigencia de democracia real tomaba el mando. Lo que está ocurriendo en este país –convertido en estas fechas en una negociación para afrontar la creación de un gobierno posible– es el resultado de una historia profunda y que reclama espacio, tiempo y protagonismo. No es poca cosa y conviene tomarlo en serio.

Podemos nació de la necesidad de una multitud de darle vida a esa corriente de fondo que reclamaba una sociedad honorable a la que pertenecer. No es solo un partido más. Durante décadas hemos asistido a un espectáculo en el que la corrupción era invisible a fuer de cotidiana y obvia. Pasó por alto mientras la bonanza permitía un simulacro de calidad de vida que la crisis se llevó por delante con los primeros soplidos de la tempestad.

Cuando llegaron los tiempos malos, las trampas quedaron al descubierto porque apenas quedaba con qué contentar a los descontentos, ni hubo modo de tapar las vergüenzas de los que se reprochaban «y tú más» ante una multitud avergonzada. Ni para pipas dejaron.

Repasar un periódico de cualquier día al azar podría parecerle a un extraño que hayamos estado gobernados por una pandilla de ineptos, ignorantes, caraduras y amantes de los ajeno repartidos entre autoridades y personalidades por pueblos y ciudades en un amplio espectro que va desde alcaldes y alcaldesas, presidentes de diputación, diputados, miembros del gobierno y un largo etcétera, responsables de gestionar una crisis económica con recortes de derechos y libertades para la mayoría. Mientras los poderosos pasan por la manga ancha, la parte estrecha del embudo le toca a la gente mayor, a quienes pierden la casa, el trabajo, la salud. Podríamos asistir impertérritos al ejercicio de magia de convertir la estafa política en crisis y saludar la precariedad –para la mayoría– como la mejor solución posible que el gobierno saliente en Madrid y en Valencia, llaman recuperación. Pero esta vez no ha funcionado. Han perdido credibilidad y todavía no saben cómo.

La protesta del 2011 devino en organización y más tarde en opción política. Y no hay quien pare a quienes durante estos años han defendido la sanidad pública y el derecho a la vivienda, los derechos de las mujeres, la defensa del empleo digno y la lucha contra la precariedad. Las últimas convocatorias electorales, desde las europeas, hace poco más de un año y medio –¿Quién lo diría?– no han hecho más que poner sobre el tapete que para gestionar los destinos de estas tierras hay que negociar con quienes ya han sido refrendados en las urnas y con una mirada en la transformación política de este país, ocupan gobiernos municipales, autonómicos y han obtenido una cuantiosa representación en las cortes.

Sobre el tapete se dibuja una nueva geografía. Ningún Rajoy, ningún Fabra ningún barón –ni baronesa– socialista está capacitado ni autorizado para afrontarlo sin contar con los demás. La vieja política hace aguas. Las movilizaciones han devenido opción política. Y ahora toca hacer política de altura, atreverse a llamar las cosas por sus nombres, con un horizonte puesto en la defensa de una democracia digna de tal nombre. Pasarán algunos días, tal vez semanas en este baile de acuerdos y negociaciones. Pero este país, esta España diversa, está reclamando compromisos a todos, está construyendo con la voz de su gente el fin de los abusos de los que más tienen.

No será fácil; nadie dijo tal cosa. Pero resulta emocionante para el corazón y estimulante para la razón asistir a esta revitalización de nuestra vida social, cultural y política.

Decía Stendhal, en su libro sobre Napoleón, que «los pueblos no disfrutan de más libertad que aquella que su audacia consigue arrebatar al miedo». Algo de eso hay en este giro de la historia en nuestro país que por fin alumbra una democracia que no llegará sola, llegará cargada de audacia, de conocimiento, de experiencia y de dosis enormes de esperanza. Feliz 2016.

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