Luces de Antonio Ballesta

04.01.2016 | 14:16

Decía Ramy De Gurmont, periodista y crítico de arte francés, exponente del Simbolismo que, para formar una verdad, se necesita un hecho y una abstracción. El pintor Antonio Ballesta, exiliado en su propio pueblo desde que busca un hecho tras otro para crear su propia verdad pictórica, ha encontrado en la abstracción el punto intermedio entre los dioses y las personas donde entenderse los unos con los otros y allí ha puesto su paleta; que para la exposición que estos días ha colgado en el Club Información de Alicante no es, como se dice, poesía muda, sino todo lo contrario, el redovanense da cuarenta y cinco gritos con los que silenciar el Sermón.


Antonio, que pocos pintores tienen una gama temática tan amplia, la poesía, la filosofía, la naturaleza, el desnudo, el paisaje, etc., ha elegido para esta exposición un hecho igualmente universal, la Iglesia, no la Religión, no, la Iglesia; tampoco la Iglesia que nos pide quitarnos el sombrero al entrar, como decía Chesterton, no, Ballesta ha elegido a la otra Iglesia, la que nos pide quitarnos la cabeza y dejarla fuera para poder entrar en su seno.


Su primera exposicón de temática religiosa fue en Toledo, en la Posada de la Hermandad, año 1991, y esa mística, mucho más amplia y ampliada, le llevó al Misteri d'Elx. A esta obra llega por los escritos del cardenal Carlos María Martini, Arzobispo de Milán, así como los novedosos discursos del Papa Francisco, escritos y palabras que, según su pintura, pretenden adaptar el sombrero a la cabeza y no al revés, devolviendo la Religión a las Iglesias, a cada una de las Iglesias, a la Iglesia como culto, como cultura, creencia o refugio personal. Desde la enorme espiritualidad que reflejan sus acuarelas, auténticas reflexiones pedagógicas y plásticas, el pintor critica a la Iglesia pero no a la Religión, y los argumentos que nos llevan al objetivo final del cuadro, siempre es el título; que lo escribe como se hacia en el románico y el gótico.


A lo largo de la historia, el arte ha interpretado la Religión para hacerla más comprensible a la hora de comunicar y más cercana a la hora de aproximar su Credo. Desde lo que él llama «epístolas», ejerciciendo su crítica en libertad, Antonio Ballesta pone a la Iglesia ante «los signos de los tiempos», «la contextualiza», la coloca ante su propia Palabra y le recuerda que su Credo no ignora que hay otras Iglesias, que hay corrupción en las Iglesias, injusticias donde debería haber justicia, desigualdad donde dice Igualdad, que existen otras creencias no escritas, otras verdades sin catecismo, incluso, una fe sin Iglesias.


Su arte, como la Religión, nos habla de dentro hacia fuera y, en esta serie de cuarenta y cinco «versículos» del evangelio pictórico de Antonio Ballesta que, en realidad, supera las cien obras, años de trabajo, mucha documentación por pincelada, cada una tras un período de silencio para acabar en una primavera de aguadas geniales, el autor nos deja sus confesiones en el papel, en absoluto indiferentes, y nos obliga a que nosotros busquemos la parte metafísica del cuadro.


La creación camina siempre por delante de la sociedad, empujándola muchas veces, y Antonio Ballesta, dándole sentido a su propia existencia, ha dedicado su vida a la creación; él es de los que arriesgan, como ante un gran amor, y la pintura es el gran amor de su vida (con el permiso de «mi Ana», que diría Antonio). Sus acuarelas nos dicen que lo más religioso de la Religión es su arte, que hay más religiosidad en sus trabajos que en mil palabras o mil sermones y, aunque la fe es indecible y debería reducirse al ámbito de lo privado, es de una gran generosidad, y yo se lo gradezco aquí, que Antonio Ballesta haga pública su fe; y es que sus acuarelas son toda una declaración de fe, como si el arte fuese el último aposento de la mucha espiritualidad que le queda y le queda por pintar.

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