02 de enero de 2016
02.01.2016
El mundo por de dentro

Un gobierno para la crisis política

04.01.2016 | 14:16
Un gobierno para la crisis política

Si a Pedro Sánchez le llueven los desafíos, los piropos y las presiones desde diestra y siniestra, desde dentro y desde fuera, desde las baronías y el pueblo llano, es porque como analizábamos el otro día «los ciudadanos, desde el supuesto fracaso electoral como alguno lo ha calificado, ha convertido al PSOE y a Pedro Sánchez en el árbitro de la situación». Los posicionamientos y condicionamientos de unos y otros es la prueba más evidente de que es el elemento central para definir: un gobierno de derechas, un gobierno de izquierdas, «gran coalición», coalición con apoyo parlamentario alternativo a izquierda y derecha, etcétera. La primera pista de hacia dónde orienta su estrategia la tendremos en enero con la elección de la mesa del Congreso. Elección clave, porque el presidente es quien propone al rey el candidato a presidir el gobierno. Después de Rajoy que lógicamente será el primero. El Gobierno que salga deberá tener una nueva perspectiva de gobierno, más de conjunto, más allá de situaciones coyunturales y regates cortoplacistas.

«La temprana deriva antagónica del sistema político -exacerbada por la "estrategia de la crispación"- en el cambio de siglo ha tenido un doble y negativo efecto: la pérdida de credibilidad de los partidos y sus dirigentes y el desprestigio de las instituciones que aquellos han colonizado vorazmente». Así lo reflejan las encuestas de opinión «de manera espectacular». La Gran Recesión de 2008 no es la causa o el desencadenante de la crisis del sistema político, sino el acelerador de las dinámicas que se estaban gestando. La crisis ha aumentado la insatisfacción con el funcionamiento de la democracia representativa, pero no la ha generado, sino que ha acrecentado la pérdida de confianza en las instituciones, partidos y responsables políticos. Esta es la tesis central de la crisis política que vive nuestro país para el catedrático de Barcelona, ya jubilado, Josep María Vallés, -quien además descarta expresamente los llamados vicios ancestrales de los españoles- en el contexto de la globalización y de las Unión Europea. ¿Una doble crisis? El sistema político español en la Unión Europea es el título del epílogo sobre la crisis política española y la gran depresión y forma parte del extenso trabajo España 2015. Situación social que acaba de publicar el CIS. A lo largo de 15 capítulos se recogen las aportaciones de los popes actuales del gremio, y se completa con cuatro epílogos de sociólogos eméritos. Son casi dos mil folios que probablemente constituyen el estudio más interesante de nuestros problemas sociopolíticos actuales. Andrés Pedreño es uno de los que contribuyen en el capítulo de «Trabajo y empleo».

La regla informal de consenso, o «consociativa» -como la redenomina Vallés- para el tratamiento de los grandes temas de la agenda pública evolucionó rápidamente hacia un modelo de confrontación. Desde el acoso inicial a Adolfo Suárez por el gran empresariado y el poder financiero, hasta la estrategia de crispación apadrinada por José María Aznar poniendo en duda los resultados electorales de 1989 y de 2004. Esta retórica como decíamos más arriba ha contaminado también el funcionamiento ordinario del sistema político y ha supuesto la pérdida de confianza en instituciones, partidos y responsable políticos. Los defectos funcionales de la democracia española eran conocidos: la burocratización de los partidos, el desgaste de su modelo de organización territorial, la lenta e ininteligible acción de la justicia, las oscuras relaciones de algunos agentes con el mundo económico son defectos anteriores a la Gran Recesión. Pero la crisis los hace más intolerables. Para Vallés hace falta una triple intervención: reforma institucional; cultural que recupere la virtud cívica y las disciplinas humanísticas en todos los niveles educativos, y reformas económicas redistributivas de renta.

Hay otros aspectos de la situación política que son comunes a la situación europea, y que derivan de las exigencias entre soberanía estatal, el proyecto democrático y las exigencias políticas y económicas del capitalismo financiero global. Atender a éstas últimas supone limitar los otros dos factores del trilema. La Unión Europea parece haberse instalado en un sistema de gobierno en que son las instancias tecnocráticas las que marcan la decisión de los estados. La situación española se solapa con la crisis europea, que ahora no puede ser el modelo de referencia como lo fue en la transición. La situación requiere, a nivel interno, «un esfuerzo concertado entre una pluralidad de actores sociales y políticos» y su proyección hacia los ámbitos europeo y mundial de manera sostenida a medio y largo plazo.

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