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Navidad y edades de la vida

24.12.2015 | 05:38
Navidad y edades de la vida

Si algo hemos aprendido sobre el ser humano es que el instinto nos sirve de muy poco y que hasta lo más elemental ha de ser objeto de aprendizaje y, por tanto, de transmisión cultural. Por ejemplo, si no fuera por las diversas tradiciones gastronómicas no sabríamos qué es lo comestible, como sí lo saben todos los animales gracias a su dotación biológica e instintiva.

Tenemos incluso que aprender a apreciar las distintas edades de la vida, y lo hacemos condicionados por las valoraciones culturales de cada época. Durante siglos los ancianos –que eran muy pocos sobre el conjunto de la población– ocupaban el centro de las referencias culturales y de los sistemas sociales. Los jóvenes se dejaban barbas y vestían de modo que disimulara su juventud porque era la experiencia lo que concedía crédito y relevancia social.

Hoy por el contario, envejecer es entrar en una edad que nuestra cultura no enseña a comprender, hasta el punto de que nos parece que lo mejor que le puede pasar a un anciano es ser «juvenil». La ancianidad como tal no pasa de merecer una compasión genérica y condescendiente. Pero definir lo deseable de una edad por lo propio de otra es condenarla a la melancolía o a la idiotez. Ni rastro de los matices con los que la experiencia enriquece la mirada y el juicio, ni de la serenidad y las cautelas respecto de uno mismo aprendidas a base de errores, ni de las capacidades afinadas por largos esfuerzos. Hay pocos oficios en los que no quepa ser mejor tras años de ejercicio, salvo que requieran mera potencia muscular.

Sin embargo, y a pesar de las evidencias, es necesario haber cruzado la vida formando el propio criterio para no sucumbir a los prejuicios colectivos y lograr al respecto de la propia edad una visión interior propia. No somos completamente conscientes de que vivimos en una versión de lo que somos perfilada desde patrones sociales e históricos. Nuestro tiempo ha segregado un sucedáneo de la inteligencia y del carácter necesario para hacer frente a los prejuicios: el relativismo que autoriza a desestimarlo todo como mero fruto de un tiempo determinado. Pero pasarse de listo no es el modo de evitar hacer el tonto, y el prejuicio de que todo son prejuicios no puede ser la solución; hace falta una inteligencia más matizada.

Además lo anterior pone de manifiesto hasta qué punto las edades de la vida son objeto de valoraciones históricamente diversas. También ha ocurrido con la juventud: en sus memorias Zweig cuenta cómo a principios del siglo XX sus compañeros de estudios dejaron de intentar parecer mayores y empezaron a verse a sí mismos como jóvenes. Empezó a extenderse la práctica del deporte, el gusto por la velocidad, los bailes no tradicionales y la informalidad en los atuendos y el lenguaje. Aparecieron las juventudes políticas (por cierto, más proclives a los totalitarismos que a las tibias democracias), las estrellas y celebridades de la naciente cultura pop.

Desde entonces y aunque hoy hay menos jóvenes que nunca –o tal vez también por eso–, la juventud se ha convertido no ya en una cualidad casi indiscutible por sí misma, sino en objeto de idolatría. Parece como si a falta de juventud ningún otro bien fuera realmente estimable. Y contra toda lógica preferimos políticos, directivos y profesionales jóvenes como si la falta de experiencia siempre fuera más un potencial por definir que una ignorancia por despejar.

Recuerdo la mordaz ironía de un reputado profesor cuando presentaba a sus jóvenes doctorandos como los autores con más futuro?, para agregar de inmediato: «Y con menos pasado y apenas presente». La anécdota viene al caso porque deja ver que la juventud exaltada hasta su límite nos conduce a la infancia como paradigma: nadie con más futuro y menos pasado que el niño. De ahí, me parece a mí, el infantilismo de fondo que implica la sumisa exaltación de lo juvenil.

Pero en la medida que la infancia tiene todo el futuro por hacer, se convierte, por paradójico que parezca, en la perfecta encarnación del pretérito, es decir, una reliquia viviente del pasado genérico. El primero en sugerirlo fue Rousseau, el introductor de la admiración por lo infantil en nuestra tradición pedagógica (pese abandonar a sus cinco hijos). Para Rousseau el niño es lo más parecido al estado de naturaleza original que tenemos a la vista, tal vez junto con los pueblos primitivos que son como la infancia de la especie humana. En ambos brillaría la inocencia previa a la depravada civilización.

Freud ratificó el vínculo entre infancia y culturas primitivas pero asoció ambas con las psicopatologías. De manera que sería debajo de la civilización y de la madurez, en la rusticidad primitiva y en los traumas infantiles respectivamente, donde habría que buscar el foco patógeno de nuestras psicosis así como el origen oscuro y olvidado de la culpa que nos angustia.

Y ciertamente en la infancia de alguna manera misteriosa está latente no solo todo el futuro potencial, sino todo el pasado olvidado de la especie humana. En cada niño todo empieza de nuevo y hasta es posible que las culpas del hombre no le dobleguen y los futuros más compasivos se hagan realidad. Eso es lo que la tradición cristiana llama la plenitud de los tiempos: el nacimiento de un Niño pobre de una nación sometida capaz de hacer nuevo el pasado y el futuro de la humanidad. Y ahí todos podemos celebrar la Navidad porque ya sea desde la fe en Dios hecho hombre o en la humanidad, la infancia y el nacimiento continuo de lo humano permiten no apagar la esperanza en el hombre.

En un tiempo en el que moría un niño de cada tres antes de cumplir un año, y la mitad no cumplían los cinco años o en la que se podían hacer matanzas de inocentes como la de Belén, descubrir en un niño recién nacido toda la dignidad de lo humano requería de un aprendizaje cuya memoria sigue siendo para nosotros la Navidad. Y es que en ese Niño la tradición occidental aprendió a ver lo que de «adorable» tiene la infancia; y en sus representaciones enalteció además la maternidad, pues hasta entonces ni una ni otra habían sido objeto del arte. Para los creyentes, además, ese Niño entraña el misterio de la infancia sin infantilismo como perfección de todas las edades de la vida.

Feliz Navidad.

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