Argumentos

Retóricas fallidas

20.12.2015 | 04:57
Retóricas fallidas

Finalizada ya la campaña y sin conocer todavía quiénes son los vencedores y los vencidos nos podemos ya preguntar por otra clase de resultados: por la calidad de los argumentos que hemos escuchado, por las soluciones que se proponían a nuestros problemas y por la comprensión de éstos, por las ideas de país y de sociedad que se nos han propuesto y por las actitudes para la convivencia que nos han trasladado. Y si dedicamos un cierto detenimiento al análisis el balance será, según creo, descorazonador.

Entre los asesores de imagen y los gabinetes políticos debe prevalecer una idea que no termino de comprender y que se podría expresar así: si reconoces lo que de bueno hay en la gestión del contrincante, o lo de acertado que hay en sus propuestas, si reconoces alguna capacidad en el adversario, si le muestras consideración y estimas su valía, perderás. Supongo que esa convicción será común entre asesores y políticos porque de hecho es casi imposible ver que alguno de ellos haga algo por el estilo.

Y no logro comprenderlo porque estoy persuadido de lo contrario. Si alguno de ellos nos hubiera dicho lo que le parecía asumible de las propuestas de los otros, o hubiera reconocido aunque fuera solo en parte lo inevitable que resultaron ciertas medidas, si se hubieran hecho aunque fuera solo la cortés concesión de reconocerse capacidad a priori, si se hubieran manifestado algún signo de respeto no meramente formal, si nos hubieran trasladado que la mutua condición de políticos y españoles implicaba la complicidad a favor de los ciudadanos a los que quieren representar y del país al que quieren gobernar, si alguno hubiera hecho eso, digo, no habría perdido nuestro aprecio sino que habría prestado ya su primer servicio: enriquecer nuestra vida común promoviendo una discusión política con sentido cívico.

Por el contario si las discusiones acaban en hostilidades personales, si las divergencias implican desprecios mal disimulados, si nos dan a entender que para conseguir el país que desean lo mejor sería poder prescindir de quienes no piensan como ellos, entonces lo que refuerzan y suscitan son las menos nobles de las pasiones políticas y sociales. Y si los debates incluyen improperios que en la vida común con dificultad no desembocan en encontronazos, entonces no puede extrañar que en la calle los ánimos se encrespen, o que los debates los ganen los que no van, o que entre nosotros cada victoria sea en realidad una revancha.

Si, por el contario, los liberales nos hubieran explicado cómo se puede favorecer la libertad económica y conseguir que la prosperidad sea general sin propiciar bolsas de pobreza marginal; si los progresistas nos hubieran dicho cómo puede el Estado aumentar su cobertura sin enflaquecer la responsabilidad individual y sin sofocar la iniciativa de la sociedad civil; si los partidarios de la enseñanza pública nos hubieran mostrado cómo se la puede priorizar sin disminuir la libertad de elegir educación para los hijos; si los partidarios de intervenir en Siria nos hubieran contado qué habría que hacer para evitar daños colaterales inaceptables; si los laicistas nos hubieran explicado cómo creen que la libertad religiosa puede garantizarse sin privilegiar confesiones pero sin hostilizar a los creyentes; si alguien, en definitiva, hubiera hecho algún esfuerzo por asumir tanto como fuera posible el punto de vista de esos otros –muchos– conciudadanos que no piensan como él, me cuesta creer –como al parecer creen sin resquicio a la duda los asesores– que hubiera perdido por hacerlo.

En vez de eso hemos tenido debates que con demasiada frecuencia no han sido más que micromonólogos resecos que no merecían ni respuestas ni contrargumentos, y que no llegaban a tener ninguna intensidad personal salvo que mediaran improperios. Esa reducción de los políticos a argumentarios prefabricados e incapaces de simultanear la crítica y el reconocimiento merecido, reduce entre nosotros el debate político a un guiñol para partidarios fervientes. El resultado es que o se tiene por alguno de ellos la pasión del militante o la decepción se convierte en el balance más frecuente.

Ciertamente debe ser difícil debatir en público jugándose la propia suerte en el resultado y no reducirse a ser una antagonista crítico del adversario. Pero todo oficio tiene su dificultad y no excusamos a los profesionales que no saben superarla, y tampoco deberíamos excusar con tanta facilidad a los políticos que no son capaces de la más mínima autocrítica, ni de explicarnos cómo van a corregir un error.

La campañas parecen un tiempo de excepción en el que se puede no decir la verdad o toda la verdad, y en el que hay que hacer pasar a los adversarios por compendios del error y la mezquindad porque, al parecer, no es tiempo para matices ni para analizar problemas. Y de ese modo la discusión política se nos convierte en combates rituales de enmascarados caricaturescos, que vuelven famélica nuestra vida común, al menos la pública. Es cierto que produce la excitación del combate, pero para dejar paso enseguida a entretenimientos más espectaculares.

Si se pudieran encontrar aunque solo fuera con cierta frecuencia análisis que nos hicieran cambiar de opinión, rectificar nuestro punto de vista o hacernos cargo mejor de una situación o de la desconocida perspectiva de un tercero, se podría tejer una conciencia ciudadana que difiriera en lo sustancial de los entusiasmos forofos.

Pero a falta del hábito de demandar y recibir opiniones y análisis matizados, solo nos dan y solo atendemos al exceso de la bronca o a la comodidad tribal del eslogan. En cuanto un político se para en matices parece desilusionar a una opinión pública educada en los contrastes gruesos. Parece que quisiéramos que los políticos sirvieran de portavoces de nuestras pasiones más encendidas y, con no poca frecuencia, agresivas; y por desgracia parece también como si ellos se prestaran gustosos, precisamente porque tienen poco más que ofrecer que esa portavocía de lo peor.

Como sabían los clásicos la retórica es la movilización de las pasiones, y el balance de una campaña electoral debería medirse también por los efectos sobre las actitudes y las disposiciones para la convivencia que se han reforzado. Va a resultar que en las elecciones, al revés que en los debates, perdemos los que no nos presentamos.

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