28 de noviembre de 2015
28.11.2015
El mundo por de dentro

En mi nombre, sí

28.11.2015 | 11:49
En mi nombre, sí

Cuando un Estado teocrático, el Daesh, promueve, avala, financia, amenaza y mata provocando situaciones de terror en otros países, cabe evocar el derecho a la legítima defensa, solidaria de los aliados europeos y coordinada con otros Estados amenazados

Dando por sabido que las democracias occidentales distan de los principios republicanos que inspiraron las revoluciones burguesas del siglo XVIII, dando por sabido que estas democracias son el menos malo de los sistemas políticos que en el mundo han sido y son, dando por sabido que los males de las democracias se corrigen o se palían con más democracia y, sólo ocasionalmente con carácter temporal y por los procedimientos legales se puede limitar el ejercicio de las libertades. Por muy formales que se las quiera calificar, las libertades son el requisito indispensable para desarrollar las libertades reales o sociales. Sin libertad no hay igualdad ni fraternidad o solidaridad que decimos hoy. Dando por sabido que los principios constitucionales como tales principios se plasman en leyes y como tales admiten grados, se avanza y se retrocede, y tenemos ejemplos recientes estos años con los recortes al Estado del Bienestar.

Dándolo por sabido, los regímenes autoritarios o dictatoriales, sean aristocráticos o teocráticos, son por definición antidemocráticos. La respuesta es la democracia que cada pueblo, sus ciudadanos, tendrán que conquistar y defender por sí mismos, no valen atajos ni imposiciones exteriores. Ahora bien, cuando un Estado teocrático, el Daesh, promueve, avala, financia, amenaza y mata provocando situaciones de terror en otros países, cabe evocar el derecho a la legítima defensa. Y una defensa solidaria de los aliados europeos y coordinada con otros Estados amenazados. Es probable que al presidente Hollande eso le haya supuesto un aumento de popularidad –también a Rajoy, por la forma consensuada en que lo está llevando–, pero damos por sabido que era su obligación ante los ataques terroristas suicidas al ejercicio cotidiano de las libertades ciudadanas.

En la respuesta de François Hollande hay algunos aspectos que conviene subrayar. Se acoge al artículo 42.7 del tratado de Lisboa, el de la Unión Europea, que en la sección 2ª sobre «la política común de seguridad y defensa», «establece que si un Estado miembro es objeto de una agresión armada en su territorio, los demás Estados miembros le deberán ayuda y asistencia con todos los medios a su alcance, de conformidad con el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas» –el que establece el derecho inmanente a la legítima defensa– sin perjuicio de la política de cada Estado y de los compromisos en la OTAN. Es sabido que una unión política requiere una defensa común; pero los intentos –generalmente a iniciativa de Francia y frenados por Gran Bretaña y EE UU– de crear una Unión Europea de Defensa son tan antiguos como infructuosos; la «cooperación estructurada y permanente» que propone el artículo 46 apenas ha pasado de ahí y de alguna industria militar europea. La convocatoria francesa puede ser un intento de revitalizarla. Es evidente que Turquía prefiere que la intervención sea a través de la OTAN.

El Daesh predica una versión perversa, torticera y sesgada del islamismo como la «cruzada» franquista lo era del catolicismo, con la bendición de parte de la jerarquía. O las cruzadas de la cristiandad medieval pregonadas por los papas. No se trata, lo doy por sabido, del islamismo sino de la interpretación teocrática del mismo, del llamamiento, desde un Estado teocrático, a la lucha violenta –la yihad menor– indiscriminada y suicida. Dando por sabido, y el papa Francisco lo ha recordado estos días en África, que «la violencia, los conflictos y el terrorismo se alimentan del miedo, la desconfianza y la desesperación que nacen de la pobreza y la frustración», eso no impide otras medidas. El segundo –de tres– Informe del Comité contra el Terrorismo del Consejo de Seguridad –septiembre de 2015 (S/2015/683)– analiza el nivel de riesgo en distintas regiones: 1. Los esfuerzos para impedir que los terroristas viajen de un Estado a otro. 2. La tipificación penal que los Estados han hecho del terrorismo. 3. Es necesario «alertar sobre actividades financieras que apoyan al Estado Islámico del Iraq y el Levante (EIIL)», «a fin de impedir que estos y los grupos asociados a Al-Qaeda tengan acceso al sistema financiero internacional». 4. Es necesaria la cooperación regional e internacional y 5. Hace hincapié en la necesidad de fortalecer la cooperación internacional en la lucha contra el uso de Internet y los medios sociales con fines terroristas, consensuando las legislaciones y capacitando a investigadores y fiscales para acceder a las pruebas electrónicas. Para esto, en mi nombre, sí.

Nada que ver con las amenazas, sospechas e intervención del trío de las Azores.

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