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Guerras más sutiles

22.11.2015 | 04:58
Guerras más sutiles

Es sabido que durante siglos las poblaciones asentadas en el litoral vivieron en la constante inquietud de un ataque súbito y procedente de un enemigo cuya velocidad lo hacía siempre sorpresivo. El mar convertía el peligro en inmediato e indefinido. El terrorismo global nos enseña que en nuestro mundo todos los lugares son litorales, inmediatamente expuestos. Cada punto de nuestro planeta y todavía más de nuestros países, es un «finis terrae» al borde del océano abismal de la ira y del odio.

Pero nos enseña también que el patrón de la nueva guerra no es terrestre y ni siquiera marítimo, sino informacional: nuestra principal dificultad y su elemental ventaja es que no los vemos venir porque no son reconocibles. Llegan a toda velocidad por el océano del anonimato. Así que la identificación del agresor no es lo que permite combatirlo sino el combate mismo. Estamos ante una guerra de reconocimiento, cognitiva, que se ha de afrontar desde una desventaja inicial: la víctima es visible, está identificada y –pese a los inmensos poderes que pueden ponerse en su defensa– es fácilmente vulnerable. El enemigo en cambio ha transformado el multiculturalismo y nuestro sistema de derechos y libertades en su camuflaje; es un huésped hostil y oportunista, y de ahí que las estrategias de combate dependan más de recursos inmunológicos que de los quirúrgicos.

Ciertamente, el dominio territorial que han logrado en Siria e Irak supone un reto, pero más por la complejidad de las facciones en lucha que por el tipo de combate que la situación requiere. De hecho, allí son vulnerables. Pero ni el dominio territorial ni la capacidad de batirlos en combates convencionales van a resolver el problema. El problema, a mi juicio, es que para ser terrorista es necesario antes padecer el terror que te empuja a causarlo. Y no me refiero a la socorrida y supuestamente compasiva idea de que es el dolor que les hemos infligido lo que les empuja a su locura. Sin duda, habrá un componente vengativo, pero esa tampoco es la cuestión. El problema es que les impulsa la clase de miedo que produce la visión del final del mundo, del suyo, y quieren hacérnoslo sentir a nosotros con el nuestro.

Es la cultura secular de un globalismo mercantil e informacional lo que resquebraja la unidad político religiosa que configura su mundo, y que muchos identifican –no sin algunas razones– con el Islam mismo. Y la ruina de ese modo de vivir al que se aferran fanatizándolo les obliga a infligir el mismo terror que ellos padecen, y a infligirlo globalmente, porque es el nuevo mundo lo que les asusta. Y ese terror les anima tanto si vienen desde lugares gobernados por esa fusión político religiosa, como si vuelven a ella para salvarse del naufragio de la marginalidad periférica en nuestras ciudades. No es el coraje vengativo lo que les anima, sino la desesperación de este mundo sublimada en un futuro paradisiaco lo que les narcotiza. En esto llevaba razón Bernard-Henry Levi cuando hace unos días citaba a Victor Hugo para decir que no es París lo que atacan, ni siquiera Francia o Europa, es el mundo.

Ante semejante globalización de la amenaza, los estados despliegan todo su poderío tecnológico militar, en el intento de dar una respuesta proporcionada que, no obstante, resulta al tiempo ineficaz y excesiva. La inutilidad de lo excesivo es otro rasgo nuevo de las estrategias y medios de defensa que pone de manifiesto el nuevo tipo de riesgo al que nos enfrentamos. Un riesgo que sobrevive en la inevitable fluidez comunicativa de nuestro mundo. De ahí que las imprescindibles pero aparatosas medidas de seguridad oscilen ambiguamente entre lo que combate a los agresores y lo que les da la victoria extendiendo su amenaza.

Nuestra respuesta defensiva, inevitable por otra parte, colabora con los terroristas en extender la indeterminación del riesgo y de sus objetivos que –como señaló Habermas– es un elemento esencial del terrorismo contemporáneo. Es más, su forma de permanecer y no diluirse es precisamente su indefinición: hacer sentir la amenaza por igual en cualquier lugar y ocasión, a muchedumbres o a individuos dispersos. Hemos de aprender formas de defensa que no colaboren con los agresores, y que pasan por extremar la sutileza de nuestra capacidades discriminatorias ya sea en los bombardeos o en la definición de perfiles sospechosos. Esa demora discriminatoria y la consiguiente moderación constituyen, ciertamente, una cierta debilidad, pero también la única fortaleza que les resulta inexpugnable a los agresores.

De hecho, cuando se cierran las fronteras, o se extreman las medidas de seguridad en aeropuertos y lugares públicos, por necesario que resulte, se produce la impresión de que todo ese despliegue de medios no tiene en realidad más efectividad que la de un torniquete provisional para disminuir una fluidez inevitable; si acaso un breve intento por desviar los flujos a vías secundarias. No es posible aislar un país desarrollado, ni un espacio aéreo, ni un área de comercio e intercambio porque, entre otras cosas, todos ellos están construidos como distintos modos de comunicabilidad. Las nuevas estrategias defensivas ya no pueden confiarse a unos límites inexpugnables, que no existen, sino que es necesario transformar la permeabilidad en oportunidad: los filtros tienen que sustituir a los escudos.

Y no se trata solo de los filtros que nos permitan identificar a los potenciales agresores, sino de los filtros cognitivos por los que evitamos dejarnos llevar por las dinámicas que quieren suscitar entre nosotros. Es del todo necesario caer en la cuenta de que a los terroristas no les basta con producir el daño físico, porque el atentado no se ha consumado hasta que se convierte en un acontecimiento mediático. El pánico que produce el terror es el objetivo mismo del terror antes incluso que los edificios que derriba o las vidas que mutila. Los atentados no son meros hechos físicos sino mediáticos. La mutilación que se quiere producir es la desconfianza, la exacerbación de la sospecha, la impresión de falta de seguridad y el pánico ante una amenaza indefinida. Y sobre todo quieren inducirnos el deseo de definir sin sutilezas a los culpables para convertir en partidarios suyos a nuestras nuevas víctimas.

No es nuestra fuerza, es nuestra sutileza la que temen.

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