20 de noviembre de 2015
20.11.2015
Tribuna

Un antes y un después

20.11.2015 | 05:12

Aquellos que salieron de A Coruña a bordo de la María Pita no imaginaron que, al otro lado del océano, les esperaba un destino titulado A flor de piel. El pasado veintiséis de mayo vio por fin la luz la novela que nos ha robado a Javier Moro de las novedades editoriales durante los últimos cuatro años. Tras publicar éxitos como Pasión india o El sari rojo y recibir un merecidísimo Premio Planeta en 2011 con El Imperio eres tú reaparece en nuestras librerías por la puerta grande, marcando un punto de difícil retorno en su obra y otro, no previsto, punto de inflexión en la novela histórica española.


Hasta su relato anterior nos encontrábamos frente un escritor que describía su género como historia novelada y no como novela histórica, pues el trabajo de documentación era tan riguroso, exhaustivo y detallado que la escritura, en su caso, se convertía prácticamente en una tarea de encaje en la que el mérito radicaba en elegir bien la historia y en crear una dependencia casi física -gracias a la magia narrativa- entre el lector y la realidad. A flor de piel lleva a Moro un paso más allá y le plantea una dificultad añadida; no existe documentación sobre buena parte de la historia ni de los personajes, de modo que no solo es momento de escribir, sino esencialmente de crear y de hacer ficción.


A finales de 1803 una corbeta española zarpa desde A Coruña hacia El Nuevo Mundo con Francisco Xavier Balmis, Jose Salvany e Isabel Zendal a bordo. La misión: salvar al mundo de la viruela a través del tratamiento experimental de la vacuna sin haber sido descubierta todavía la cadena de frío. Aquí entra en juego el título de la novela, muy bien elegido, ya que hace referencia tanto a la parte emocional de los personajes como al sistema de transporte de la vacuna, pues para alcanzar el otro lado del mundo con el fluido en cuestión el único medio de transporte posible era la piel humana. ¿Qué seres humanos podían utilizar para tal cometido? Sin duda, aquellos que nadie echaría en falta, esto es, los más pobres, los que no tenían voz, los niños abandonados. Llegados a este punto, en la fase de documentación, Moro descubre al personaje de Isabel Zendal, tan desconocido como fundamental en el devenir de los acontecimientos. Sin embargo, su figura se diluye en las nieblas de la historia, entre documentos y artículos contradictorios que la citan más de una veintena de veces con apellidos distintos. Y es ahí donde el novelista, como quien busca a tientas, palpando oscuridades, apurando la investigación, da con ella, con Isabel y su dura realidad, y le permite hacerse dueña del relato y eclipsar incluso al protagonista inicial.


A flor de piel nos invita a recorrer la España de finales del siglo XVIII y principios del XIX, tanto en el plano político, como en el científico o el popular. Nos transporta en corbeta hasta El Nuevo Mundo pasando por México, Caracas, Bogotá, etc., donde recorremos sus calles y vivimos su cultura, pero soltando amarras, dejando a un lado el rigor del novelista erudito, esclavizado por los datos y los detalles históricos.


Es aquí donde Moro da entrada al narrador que coquetea con la fábula, que se salta el guión de las buenas maneras y que logra que la historia respire hasta el punto de emocionar al lector y de justificar, por qué no decirlo, la campaña de promoción desplegada por Seix-Barral.


Con A flor de piel, Javier Moro hace méritos suficientes como para acallar la voz de quienes criticaron su prosa, tildando algunas de sus novelas de demasiado periodísticas o de falta de ritmo. En esta obra es difícil sustraerse a nada; sufres los temporales, los naufragios e incluso la corrupción en tu propia piel; lloras cuando la realidad acaba con la vida de algunos personajes y te sumerges en la grandeza humana de los héroes españoles que lograron lo imposible.


Lo peor no fue lo que vio, sino lo que no vio. Lo que su imaginación, en una desbocada espantada para encontrar un sentido a su descubrimiento, le sugería con rebuscada malicia. Vio sin ver cuerpos desnudos y enlazados, oyó sin oírla la explosión de júbilo de los orgasmos acompasados, olió sin olerlos los cuerpos sudados, tocó sin tocarla ropa tirada en el suelo. Salió de allí encogiendo el cuello y parpadeando, ebrio de furia contenida.


Y cuando cierras el libro, tras el epílogo del autor, permaneces sentado, reflexionando sobre lo que acabas de vivir, recuperándote lentamente del viaje y echando ya de menos a esos niños que, pese a toda su pobreza y todo el abandono que el destino les legó, gracias a la literatura, al milagro de la ficción, y gracias a Javier Moro, regresarán para siempre de la desmemoria.

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