Cristianos de madriguera, políticos de tres al cuarto

17.11.2015 | 04:53

A las once de la noche recibí el whatsapp de mi hija, la que vive en Madrid, «¿Habéis visto lo de París?». Mira lo que nos dice la niña –me volví hacia mi esposa con preocupación–. «Tres explosiones y 20 muertos, muchos heridos». Eran las once de la noche y cambié de canal. En 24 Horas estaban conectados en directo con la capital de Francia. ¡Cuarenta muertos! Parece ser que se trata de un grupo yihadista. Qué horrible situación. Algunos testigos que han escapado de la masacre informan. ¡Disparan en el nombre de Alá! ¿Cómo se puede matar fríamente en nombre de Dios?, pensé mientras me acordaba de algunos amigos árabes, unos de aquí, otros de cuando Sáhara era mi país. Pensé en tantos otros conocidos que se ganan honradamente su vida desde hace años.
Después de la repugnancia, sentí dolor y, al cabo, pensé en las víctimas como si de una oración se tratara. Un nuevo whatsapp, de mis otras hijas. «Pero, ¿nos estamos volviendo locos?» –me dijeron–. Eran cerca de cien muertos a esas horas y mi respuesta contundente: «Los asesinos merecen nuestro perdón. Es, posiblemente, el mayor castigo que se les puede infringir». Me salió del alma. Desde mi cultura cristiana. El viernes, en el centro de la tragedia parisina, se podía escuchar La Marsellesa: «¡Franceses, como magnánimos guerreros sufrid o rechazad los golpes! Perdonad estas pobres víctimas que contra su voluntad se arman contra nosotros». Son horas que inducen a la meditación: ¿Qué está ocurriendo?
Y aterrizo, casi sin darme cuenta, en el tema tan tratado desde hace tiempo. Es muy curiosa la situación y yo no la comprendo. Los cristianos estamos siendo nuevamente hostigados en el mundo y también en España. En Alicante, por ejemplo. Se llega al punto de «importunar» en un trozo de la Europa cristiana a aquellos que fundaron un continente siguiendo las nociones de igualdad, fraternidad y libertad, que son principios cristianos. No son gentes venidas de fuera. No son invasores del ultramundo, no. Son gente normal y corriente, nacidos en el seno de nuestro entorno. Son políticos de nueva horma que desprecian la tradición y los valores que mamaron. Lo desprecian, no por convencimiento, que sería obvio, lo respetable, sino porque sí (¿saben porqué?), ¿quizás porque «mola»? «Pues mira, ¿prohibimos las cruces?», «ah, pues estupendo, ¡qué cojonudos somos!». Y, mientras tanto, los cristianos, a modo de los conejos, escondidos en su madriguera.
Estas deliberaciones a las doce de la noche son como pesadillas. Pero el pensamiento no para y rueda hasta el sueño: ¿Dónde estamos? Dónde nos quedamos. Dónde nos encontramos€ Cuando vuelve a sonar el whatsapp son las seis de la madrugada: «¡Ya son ciento y pico los caídos€!» (mi amigo Elías parece que tampoco ha dormido adecuadamente). ¡Cielos! Los muertos están muertos. La vida sigue. Las iglesias se abrirán y repicarán sus campanas por las víctimas. Por los fallecidos cristianos y los no cristianos. Incluidos los mismos terroristas que han sucumbido en la refriega. También rezarán en las mezquitas y las sinagogas. Dios es grande y eso es inviolable. Él nos conoce, Él nos ama. Y eso nos basta.
Y los políticos a la nueva usanza, ¿seguirán repicando sus cacerolas?: no al Belén (el que abre una Navidad milenaria); no a las cruces en los cementerios; no a todo lo que suene a santos o a Dios. No, no, no. ¡Fuera beatos! Fuera meapilas. ¿No a que el pueblo (llano, medio o alto –en eso no discriminan–) pueda desarrollar sus creencias o sus pequeñas supersticiones? Políticos de incompetente escuela. Necios de poca monta.
Mientras, en la cola de Cáritas Parroquial, la que yo conozco, pobres personas dignas de ser ayudadas. Muchos, pobres vergonzantes. Muchos, de origen árabe. Muchos, hijos de nuestra América arrebatada. No existe discriminación. Nadie pregunta. Nadie pide cruces o rechaza medias lunas para la ayuda pedida. Todos son hijos de Dios (todos somos sus hijos). Mucho me gozaría que aquellos que conviven con el pueblo, que se dicen «padres» del pueblo y son hijos de ese pueblo, tomaran buena nota de sus raíces. Para defenderlas. Para asegurarlas, pues son la garantía de esta, nuestra sociedad.
Como lo hicieron los aficionados del equipo de fútbol de Francia, quienes mientras evacuaban el estadio, entre amenaza de bombas y sonido de disparos, iban cantando su himno nacional: «Marchemos, hijos de la patria,/ que ha llegado el día de la gloria,/ el sangriento estandarte de la tiranía,/ está ya levantado contra nosotros./ L'étendard sanglant est levé!».
He ahí el ejemplo de un pueblo que canta su himno en horas de orgullo, y también en horas de pesar. Porque es un pueblo fuerte y unido. ¿Como nosotros? ¿Como los ilustres politiquillos «del tres al cuarto» que riegan el panorama nacional, pensando lo «progresista» que es suprimir cruces o las clases de religión, olvidando sus raíces, su cultura, mi autoestima? ¿Olvidando cuál es la base de nuestra defensa?

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