16 de noviembre de 2015
16.11.2015
Crónicas del limbo

El aventino

16.11.2015 | 03:15
El aventino

Los plebeyos de Roma, cuando ya no podían soportar el maltrato de la elite patricia, se retiraban al monte Aventino en señal de protesta. Es menos conocida la actitud valiente de muchos diputados italianos que abandonaron el Parlamento a raíz del asesinato de Matteotti, en pleno fascismo.

Abandonar el Parlamento es sin duda una medida extrema, pues es allí donde se expresa la pluralidad democrática. Pero cuando una mayoría parlamentaria abusa de su poder, se sale de la legalidad que ampara los derechos de todos y liquida el pluralismo, se dan las condiciones para que los maltratados emitan una señal contundente de protesta.

Tal vez no se han alcanzado todavía esta situación extrema en la deriva desnortada a la que han conducido al Parlament de Cataluña los coaligados en el secesionismo, Junts pel Sí y la CUP. Pero andan muy cerca. Así que, ante el choque que están provocando quienes pretenden saltarse la legalidad, traicionar la Constitución y su propio Estatuto, dejando indefensa a la mayoría de la población que no les acompaña en la aventura, no habría que descartar una acción que ponga ante el espejo la desnudez de los insurgentes.

Hasta ahora, los secesionistas han jugado con las palabras, desvirtuando su sentido, un agitprop típico de los que creen que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Una de las mentiras difundidas durante años por los secesionistas es que la democracia está de su parte en el desafío independentista, cuando es justo lo contrario; la democracia no existe al margen de las reglas que permiten su libre ejercicio, que garantizan los derechos de todos. Elevar el resultado de unas elecciones autonómicas, por más que los secesionistas las presenten como un plebiscito, a la categoría de decisión soberana, no sólo es un fraude en toda regla, sino una manifestación autoritaria que delata un profundo desprecio a la ciudadanía catalana.

A partir de ahora, aprobada la resolución independentista, anulada por el TC, la situación ya no se sitúa en el terreno de los malabarismos verbales y de la ambigüedad calculada en la que son expertos los convergentes mutantes que siguen a Artur Mas. No, la situación es muy distinta. A partir de ahora el juego no es gratis, sino que los secesionistas tendrán que asumir las consecuencias que conlleva traspasar las líneas rojas de la legalidad y hacerse responsables del caos que, por esa vía, van a sembrar en la sociedad catalana.

Violar la legalidad conduce a una espiral sin retorno que, en primer lugar, afecta al propio Parlament. Cuando se instala una dinámica tal que la legalidad es la que uno quiere, a su capricho, ya nada es seguro, empezando por los derechos de los diputados y por las reglas que rigen la vida parlamentaria. Ya se están dando situaciones de este tipo y no sería extraño que el frente anti-natura que se está fraguando persiga, entre sus objetivos, abusar de su mayoría parlamentaria, involucrar al Parlament en el desgobierno y, finalmente, provocar su propia ruptura.

Entrar es ese juego es muy peligroso. Los diputados y diputadas constitucionalistas son la única garantía política de que prevalezca el respeto a la Constitución y las leyes; tienen sobre sí la enorme responsabilidad de defenderlas y de no abandonar su puesto y sus deberes; pero si los patricios secesionistas pretenden manejarlos como comparsas y tratarlos como enemigos, por qué no, el camino del Aventino es una forma de protesta.

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