13 de noviembre de 2015
13.11.2015
Visiones

Nacionalismos

13.11.2015 | 04:28
Nacionalismos

En España el tema de los nacionalismos presenta tres variedades peculiares: el nacionalismo centrífugo, el nacionalismo centrípeto y el nacionalismo que pretende mezclar a ambos o el federalismo. El nacionalismo centrífugo, como en su momento fue el vasco y ahora es el catalán, es aquel que quiere independizarse del Estado español aduciendo toda clase de argumentos, culturales, sentimentales, demagógicos, históricos, etcétera. Es un modo de no admitir el resultado de una contienda, nuestra guerra civil, que eliminó por la fuerza de las armas toda diferencia cultural y geopolítica. El problema viene heredado del siglo XIX, con la primera vertebración del catalanismo como movimiento político. En 1891 la Unió Catalanista redactó las Bases de Manresa, un programa de autonomía política para Cataluña. Àngel Guimerà pronunció un discurso pidiendo el catalán como lengua oficial y acto seguido, la burguesía retiró su apoyo a este partido por identificar la demanda de la lengua oficial con el republicanismo. Ante este movimiento centrífugo apareció el federalismo. Francisco Pi y Margall, un catalán instalado en Madrid y uno de los presidentes de la Primera República Española, fue el gran ideólogo del federalismo en España, que definía que sólo el pacto federal libremente establecido entre las diversas regiones españolas podía garantizar el respeto total a la realidad plural del Estado. Era una ideología populista e interclasista, que estaba estrechamente relacionada con los inicios del movimiento obrero. El federalismo catalán vivió una época gloriosa, el Sexenio Revolucionario. Durante este período se produjo una división entre federalistas, los moderados y los radicales. Ambos eran partidarios de la federación, pero los radicales exigían como paso previo a la igualdad la independencia, para poder decidir libremente la federación posterior. Los moderados preferían un federalismo impulsado desde el Gobierno central. Como vemos, la cosa ha cambiado poco. Cataluña ha vivido su historia entre ese deseo de independencia y su represión.

El nacionalismo centrípeto es fácil de entender, ya que es el que ha predominado más tiempo en este país. Todo es posible siempre y cuando sea el Estado central quien posea el control de las principales funciones del Estado: ejército, policía, hacienda, administración territorial, educación y primacía cultural. A lo sumo, se delegan algunas funciones en las que hoy conocemos como comunidades autónomas, pero sin la autonomía suficiente para disponer los recursos de otra manera. Con nuestra guerra civil y con Franco como jefe del Estado, este nacionalismo centrípeto se llevó a su máximo exponente. Este nacionalismo, por la fuerza de las armas, se impuso a los otros nacionalismos, negándolos y eliminando cualquiera de sus señas históricas identitarias. De hecho, los símbolos franquistas, como la bandera y el himno nacional sustituyeron por la fuerza la bandera y el himno republicano y las banderas y los himnos autonómicos. Hoy, recuperados estos últimos, permanece el encono contra unos símbolos que representan la represión y la fuerza.

Por último, el nacionalismo federalista, es un proyecto que como he dicho viene del siglo XIX. Intenta, hoy, retomado por el PSOE, paliar los problemas que una secesión rupturista podrían causar en el equilibrio geopolítico de España como país integrante de una más amplia Comunidad Europea, que pretende transformase en una supranación en la que las naciones integrantes deben renunciar a parte de su autonomía para dejarla en manos de esa realidad supranacional europea. Este tema nos coloca ante la necesidad de replantearnos los conceptos de soberanía, nacionalidad e incluso de ciudadanía, bien para desarrollarlos adecuadamente o bien para darles nuevos contenidos a tenor de estas nuevas circunstancias. Intentar solucionar los nuevos problemas con los viejos conceptos, nos lleva a callejones sin salida. Como ahora ocurre.

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