MACA–Sempere-coherencia-excelencia-plenitud

10.11.2015 | 04:30
MACA–Sempere-coherencia-excelencia-plenitud

Dos exposiciones inauguradas recientemente en Alicante en torno a Eusebio Sempere avivan mis recuerdos y me congratulan de nuevo con iniciativas e ilusionados esfuerzos que desarrollé hace ya muchos años.
Una de estas vivencias está relacionada con el MACA, ese centro modélico que partiendo de la Colección de Arte de Arte Siglo XX donada por Sempere mantiene coherencia y un riguroso y elevado nivel de exigencia tanto en sus contenidos como en los montajes temporales. El último de estos es la exposición de todas las carpetas de obra gráfica del artista alicantino, con el acertado título Eusebio Sempere–Abel Martín. A ella me referiré en este artículo en el que también relataré lo acontecido el día en el que comenzó a gestarse la donación a Alicante de la gran colección, punto de partida del actual MACA.
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EL LEGADO DE SEMPERE. LA DONACIÓN
Durante la mañana del día 31 de enero de 1976, estuvimos Eusebio Sempere y yo varias horas en mi despacho haciendo gestiones sobre la exposición que esa misma tarde se había de inaugurar en la sala de exposiciones en Alicante que yo dirigía, de la entonces Caja de Ahorros de Alicante y Murcia. Esperábamos que llegase al aeropuerto una de las esculturas colgantes de Eusebio para mostrarla en la exposición conjunta con obras de Juana Francés, Sixto, Arcadio Blasco y el propio Sempere. Conversamos sobre la numerosa y bien elegida colección de obras de arte del siglo XX que llenaba su casa de Madrid. Al preguntarle que haría con aquella colección, que ya desbordaba el espacio físico de su hogar-estudio, me hizo partícipe de su deseo de que en el futuro se integrase en algún museo existente o constituyese uno nuevo. No tenía decidido ni cuando lo haría ni el lugar elegido. Su preferencia era la ciudad de Cuenca, polo de atracción para los amantes de las artes plásticas, y entonces la mayor referencia en España al arte de vanguardia con el Museo de Arte creado allí por Zobel. También me dijo que Valencia era otra pción. Le expuse mi extrañeza de que no fuese Alicante y me dio a conocer sus reparos. En artes plásticas con las excepciones de la Sala de Exposiciones de la Caja, de la Galería Italia y en menor medida de la Diputación no conocía iniciativas en la ciudad que garantizaran interés ni el futuro de las obras que había logrado reunir. Me hizo saber cuánto le había costado conseguirlas. En su colección había piezas de Chillida, Calder, Pablo Serrano, Millares, Lucio Muñoz, Tapies, Antonio López y muchos más, nacionales y extranjeros. Tenía incluso un óleo de Juan Gris que en aquella fecha no había podido conseguir ni el Museo Español de Arte Contemporáneo. Su escepticismo respecto a la respuesta que obtendría en la ciudad de Alicante me animó a hacerle ver que en ningún lugar como en su tierra sería valorada su generosidad. Eusebio no imaginaba la cálida acogida que en adelante recibiría por parte de los alicantinos. Le hablé de centros que llevaban el nombre de ilustres alicantinos: el Conservatorio Superior de Música Oscar Esplá, la Biblioteca Gabriel Miró o la Casa Museo Azorín, todos ellos con vocación de permanencia y proyección.
Me comentó cuáles eran sus ideas sobre aquel proyecto de donación futura y algunas de las condiciones que exigiría, aunque no las tenía escritas y dudaba en su redacción. Me brindé a ayudarle ofreciéndole mi colaboración para plasmar por escrito sus intenciones. La aceptó y me las fue indicando a la vez que yo tomaba notas. Terminado el borrador advertí que se mostraba mucho más receptivo a la idea de que fuese Alicante la beneficiaria de la donación. En una rápida transición emocional –que quienes le conocimos sabemos que en él eran frecuentes– pasó a un gran entusiasmo. Mecanografié las notas tomadas señalando que la donación sería a la ciudad de Alicante. Lo recogido en las notas se fue modificando con las opiniones e ideas que manteníamos sobre su contenido. Cuando estuvo finalizado se lo leí tras lo cual me pidió que lo fechara y, con plena convicción y gesto que me pareció emocionado, lo firmó. Quise mecanografiarlo de nuevo, sin las tachaduras que habían en el documento, pero nos avisaron que había llegado la escultura e interrumpimos la reunión. Cuando quise entregarle el documento, ya firmado, me insistió en que me lo quedase y me pidió que aquel mismo día, en la inauguración de la exposición diese lectura. Mi satisfacción fue infinita.
Antes de la inauguración sólo sabían del contenido del escrito, además del propio Sempere y yo mismo, el director general de la Caja, Francisco Oliver Narbona, al que informé indicándole la conveniencia de que la entidad aceptará la donación. Prefirió esperar a que se pronunciaran los organismos públicos y si estos no se decidían realizar la propuesta de aceptación en el Consejo de Administración de la Caja.
En el acto de inauguración leí el trascendental documento: «Donación del artista Eusebio Sempere Juan a la ciudad de Alicante». «Con el propósito de que en Alicante haya una colección de pintura y escultura del siglo XX€ ». Continuaba con las condiciones exigidas, y la que era emocionante lectura para mí concluía: «La donación tiene carácter gratuito. Alicante, 31 de enero de 1976. Eusebio Sempere».
Los asistentes éramos unas treinta personas, Ambrosio Luciañez, Juan Orts, Tomás y Manuel Martínez Blasco, Adrián Espí, Sixto Marco, Arcadio Blasco, Francisco Bernabeu, Goyo y pocos más. Hubo sorpresa general, aplausos, felicitaciones y abrazos a Eusebio. A mi lado estaba Ambrosio Lucíañez, quien trasladó inmediatamente el proyecto al Ayuntamiento y dos días más tarde la Corporación Municipal aceptaba oficialmente la donación. Eusebio, desde Madrid, me escribía el día siguiente agradeciéndome la colaboración, y añadía: «Tengo gran ilusión porque la donación llegue cuanto antes a feliz término y aquí me tienes tramando nuevas compras, lo más significativas posibles€».
Sempere me nombró miembro vitalicio de Asociación Colección de Arte Siglo XX. Muchos años y claroscuros durante su gestión llevaron finalmente al gran centro con el que soñaba Eusebio, la brillante realidad del MACA que alberga la colección. El trascendental documento firmado por Sempere lo doné años más tarde a la Biblioteca Gabriel Miró, a la vez que daba noticia pública e iniciaba gestiones para la creación del Fondo Documental Eusebio Sempere que en corto plazo fue otra realidad. Sobre esto me ocuparé en otro artículo.
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EXPOSICIÓN «EUSEBIO SEMPERE-ABEL MARTIN»
En el MACA se muestran las nueve carpetas de obra serigráfica de Eusebio Sempere reunida en un montaje modélico. Las obras unidas, integradas armónicamente en el espacio, acompañadas de los textos que las inspiran, instaladas con soportes neutros y las indispensables fichas informativas. Sempere y Abel, creatividad y eficaz sensibilidad complementaria. Insuperable el primero; imprescindible el segundo. Eusebio y Abel, lo estético y artístico unido a la excelencia técnica.
El conjunto de obra gráfica tiene como acertado complemento un retrato de Abel realizado por Sempere y dedicado por este en París en 1958 «al Maestro Abel Martín». Es la presencia visible y expresión justa en la muestra, acorde con la sencillez del serígrafo y compañero, cuyo principal protagonismo fue siempre su renuncia a él.
A través de sus carpetas de obra gráfica Sempere transita por caminos literarios que le atraen o seducen: el paso del tiempo con Las Cuatro Estaciones, con poemas de Pedro Laín Entralgo; las creaciones poéticas del uruguayo Julio Campal, de José Miguel Ullán, del egipcio Edmon Jabés, o los versos de las casidas arabigoandaluzas. Y cuando emocional y plásticamente ha satisfecho esta etapa se detiene en la prosa poética y el mundo de las sensaciones e imágenes literarias de Gabriel Miró, «el poeta que no quiso serlo», según Jorge Guillén. No es extraño que a Sempere le atrajese Miró. Hay afinidades entre los dos creadores alicantinos. El escritor y el pintor arquitecturan sus obras sobre diversos planos en los que teniendo el paisaje como marco, a veces íntimo y recoleto, dan profundidad al interior de las emociones. Miró y Sempere crean sobre lo que sienten y como lo sienten. Paralelismo de sensibilidades, de afinidades mediterráneas. Y por último, en esa andadura de motivación íntima y de creación plástica, cuando el tiempo vivido se aproxima a su última senda le reclama a la espiritualidad, surgen sus creaciones La Luz de los Salmos (1980) y el Cántico Espiritual (1982) en homenaje a de San Juan de la Cruz, bellas obras en las que busca mayor luz en el final intuido. La palabra que todo lo dice elevada a una nueva dimensión, a realidad plástica, esclarecida e iluminada como un eco de aquella. Textos y obras enlazados, como el artista lo concibió y presentó.
¿Obra geométrica, cinética, constructivista? ¿Planos y transparencias de luz? ¡Que más da!. Sensibilidad mediterránea. Color y formas. Exquisitez. Plenitud. Depurado criterio expositivo acorde con la obra expuesta. Rosa Mª Castells comisaría la muestra y es autora de los textos, del diseño y dirección del montaje. Aciertos continuados en la exigente senda de la excelencia. Larga vida.

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