El punki

Rosa Díez

08.11.2015 | 04:51
Rosa Díez

Necesito escribir este artículo. A esta altura de la partida democrática, UPyD, el proyecto inacabado de Rosa hace aguas. Es injusto, como la vida misma, pero casi todo tiene una explicación. Fue la primera vez que me afilié a un partido político, y no me arrepiento de ello. Conocía a Rosa porque la había invitado varias veces a dar conferencias cuando ETA mataba día sí, día también. Siempre me pareció un modelo a seguir en política. Claro que no comulgaba con todo su planteamiento ideológico, pero su propia dignidad en la lucha contra esa barbarie, la colocaba entre mis héroes.

Comí con ella y con Maite Pagaza para oficializar mi entrada en el partido y me dio algunos consejos y me pidió que me pusiera a trabajar con Toni Cantó que estaba en el proyecto valenciano. Eso hice, mejor o peor. Me puse a trabajar en mi pueblo con la esperanza de convencer, a los ya afiliados, de mi predisposición a trabajar por el proyecto. Fue imposible afiliar a nadie porque el partido estaba cerrado. Se convirtió en un partido excesivamente tutelado por un grupo muy cerrado en torno a Rosa. Fue un error no abrir el partido. Por eso no crecía más allá del 12%.

Pero el verdadero problema fue no abrir las bases a la participación. Rosa es una de las personas más honestas que he conocido en mi vida, pero un partido también necesita de una estructura abierta y no ser tutelada de manera cuasi adolescente. Si yo hablaba de mis reuniones con Rosa, de carácter informal, me caía la mundial. Artículos y noticias en contra mía porque conocía a Rosa. ¡Manda huevos! Muchos de esos que me recriminaron eso, mataron luego a Rosa. ¡Cobardes!

Yo me fui después de perder todas las votaciones a las que me presenté. Era fácil perder cuando el partido pequeño se comportaba como una auténtica mafia de intereses personales. Siempre ocurre cuando hay poca base social. Pero el trabajo que hizo el partido a nivel nacional para regenerar el repugnante trabajo de corrupción del PP es digno de ser reconocido. Rosa ha sido la mejor parlamentaria. La única que ha puesto contra las cuerdas al amigo de Bárcenas, el tal Rajoy. La única que ha puesto negro sobre blanco de las tropelías de Caja Madrid. La única que no ha aceptado el chantaje de las sillitas a cambio de apoyos parlamentarios.

Rompió el bipartidismo y con ello emergieron otras fuerzas políticas. UPyD es el acicate que nos ha hecho a todos más responsables a la hora de entender que no todo vale en democracia. Algo habrá que agradecerle a Rosa. Su innegable, e impagable, azote contra ETA, contra los corruptos y contra el ninguneo de un Parlamento secuestrado por un rodillo inmisericorde, es digno de mención.

La pregunta que se hará la buena de Rosa, al estilo de su gran amigo Vargas Llosa es «¿en qué momento se jodió el Perú?». Y eso no es fácil de contestar. Una malograda negociación con Ciudadanos, error, un excesivo culto a Rosa que no quiso escuchar voces sensatas dentro de la propia formación, un relevo generacional nacional que pedía nuevos liderazgos y una lucha interna en el partido concitaron la tormenta perfecta.

Claro que es injusto ese nuevo escenario político donde desaparecerá UPyD. Injusto porque tenía solución, pero los egos y cuatro mediocres peloteros nublaron a Rosa. Le tengo aprecio y respeto. Incluso cuando en un debate del Estado de la Nación vapuleó a Rajoy, el dire de este periódico me pidió una entrevista nacional para todos los medios de nuestro grupo. Rosa cotizaba al alza. Le escribí a ella y delegó en su jefa de prensa. La vi personalmente en Madrid y me dio largas. No lo entendí. Era por su bien y el del partido. Entendí entonces que esa ceguera pasaría factura, y que yo no pintaba nada allí.

Nunca entiendes toda la realidad porque es más compleja de lo que asoma. Pero Rosa Díez es una gran política que sucumbió a su propio personaje. No se merece este final. Ella iluminó las ilusiones de muchos españoles hartos de tanto terrorismo y de tanta corrupción. Siempre pensaré que contribuyó a que España fuera mejor. Rosa está entre las mejores. Con todos sus defectos y virtudes, como usted y yo.

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