Gin-tonic

07.11.2015 | 10:13
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Mi nombre es Diana, soy estudiante de Trabajo Social, pero hoy, aquí, a través de este escrito al que la presidenta de la plataforma de Defensa del Trabajo Social, Virginia Tovar, me ha animado a redactar, pretendo ser la voz de muchas mujeres que trabajan en la profesión a la que me he dedicado hasta el día de hoy.

Llevo 12 años trabajando en la hostelería, sobre todo de camarera de barra. Estaremos de acuerdo en que es una profesión sufrida y en la que tienes que desarrollar unas habilidades sociales que tienden al infinito para, sólo a veces, lograr solucionar conflictos con los clientes. El problema es cuando éstas son insuficientes ante clientes que te consideran «sólo una mujer más», un objeto de desprecio donde volcar sus miserias.

Creía estar acostumbrada a lidiar con todo tipo de clientes, niveles de exigencia o en situaciones extremas, pedirles que abandonen el local cuando sobrepasan los límites. Pero el acontecimiento de ayer me dejó fuera de lugar (para mi sorpresa), aunque era algo a lo que ya estoy acostumbrada desde hace tiempo e intento digerir día tras día.

Me refiero a los clientes que no conocen el respeto por las mujeres, a aquellos que por tomarse una copa te tratan como si fueras de su propiedad, o que por ello tuvieran todo el derecho del mundo a hablarte o decirte lo que les plazca, porque realmente creen que cuando consumen un producto también están comprando a la camarera como si se tratara de una especie de «pack».

Aquellos «señores clientes» que cuentan chistes machistas en la barra con su grupito del bar, que dan golpes en la barra con sus copas para pedir que les pongas una más, que jamás te llamarán por tu nombre, porque seguramente lo más «bonito» que puedan llamarte es un «nena» o «morena» y que creen que mientras les sirves pueden hacerte una radiografía porque eres su camarera objeto. Ellos creen que pueden hacerlo y, lo peor, tú crees que tienes que aguantarlo. Podría mencionar también las clásicas preguntas o comentarios fuera de lugar que debemos esquivar e incluso proposiciones indecentes a las que nos tenemos que enfrentar.

También a muchas nos toca vivir el fenómeno del «cliente fan», aquel que viene todos los días solo y se queda durante horas, que pretende quedar contigo, llevarte a casa... Con un poco de suerte, con el tiempo se cansan. Con mala suerte... conozco casos de compañeras que han sufrido acoso por parte de estas personas y, en mi caso en concreto, recibir cartas dignas de una película de terror.

Aguantas a veces porque una se acostumbra a que los «hombres de bar» siempre han sido así, otras por «fuerzas mayores» (el miedo al despido por las cargas económicas, la presión de la empresa...). Sí, ¡cuántas cafeterías-pubs no conoceré que quieren camareras jóvenes de «buen ver»! y que te sugieren que te arregles, por decirlo diplomáticamente, de una determinada manera para atraer, precisamente, a este tipo de clientes. No olvidemos la finalidad de un bar: la camarera te atiende, el cliente consume, fin de la historia. No tiene que amenizarte la velada ni bailar encima de la barra porque entonces te has equivocado de lugar, no es el «Bar Coyote» ni «Abierto hasta el amanecer».

No hay que tomárselo a broma, la cuestión es muy seria y grave. Existe actualmente una ley de violencia de género que protege a las mujeres del terrorismo machista que reciben de sus parejas (o ex), existen leyes laborales que protegen a las mujeres del acoso laboral, pero sin embargo, no existe ningún tipo de medida que elimine el trato vejatorio y denigrante de los consumidores hacia la mujer trabajadora en hostelería. Sí, porque si a alguien le queda alguna mínima duda de si es una cuestión de género ese trato denigrante, que se imaginen todo lo mencionado anteriormente unos segundos si el que hubiese estado detrás de la barra hubiese sido un camarero. ¿Imposible imaginar, verdad?
Actualmente no hay nada, excepto el recurso de llamar a la policía, cuando te toca enfrentarte a un cliente que sobrepasa los límites del respeto más básico, pero en muchos casos, cuando llegan, ya es tarde. Con lo de «tarde» me refiero al acontecimiento del que hablaba al principio de este escrito, el que ha sido el detonante para animarme a contaros mi historia.

Ayer un cliente con el que hubo una discrepancia, decidió gritarme, golpear con sus puños la barra e incluso llegó a insultarme, más concretamente me dijo «¡que te den!». Le dije que se marchara del local. Ante su negativa llamé a la policía. Esta persona decidió quedarse a esperarlos mientras seguía levantándome la voz y dando más golpes como un energúmeno. Yo estaba sola en el local con unos treinta hombres más que habían venido a ver el partido. Todos miraban atónitos la escena... pero nadie intervenía. Son clientes a los que todos los días les llevo el café a la mesa, pero ¡qué más da!: «es sólo la camarera». Intentaba atender como buenamente podía a todas aquellas personas entre el caos, los golpes y los gritos, mientras contaba los segundos para que viniera la policía, porque contra esa persona sólo me quedaba usar la fuerza para que se fuera y me dejara trabajar en paz. Pasados unos eternos 15 minutos, ese «señor», por llamarle de alguna manera, después de despachar su rabia a su antojo contra mí, decidió irse.

No soy una persona de lágrima fácil, es más, tengo un carácter fuerte, pero curiosamente ayer terminé llorando de impotencia y me di cuenta de todos los años que llevo aguantando a clientes de ese tipo por un sueldo a veces de risa.

Trabajar es un derecho. Las personas trabajamos para vivir, cubrir nuestras necesidades e incluso autorrealizarnos, pero jamás debe destruirte psicológicamente, porque también tenemos otro derecho que es el de la dignidad.

No estoy hablando del «síndrome de la camarera quemada» ni mucho menos, me gusta mi profesión y hay clientes maravillosos, e incluso algunos que han terminado siendo grandes amigos. De lo que yo estoy hablando es de esa violencia machista que recibimos en esta profesión y a la que no se pone freno porque lamentablemente está completamente extendida, arraigada y aceptada socialmente desde los tiempos de las tabernas; la máxima prueba de sensibilización que puedes llegar a escuchar es que de vez en cuando algún cliente pseudo-empático te diga el típico «lo que tienes que aguantar».

Debemos darnos cuenta de que no se trata de eso, no hay que aguantar, no hay que tolerar ese tipo de abusos, debemos de actuar para que las políticas sociales cambien y eliminar cualquier forma de violencia machista, incluso en los bares; incluso contra nosotras, las camareras (algunas como yo con aspiraciones de ser trabajadora social).

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