01 de noviembre de 2015
01.11.2015
Vida y Obras

Himno. Rey. Economía

01.11.2015 | 04:03
Himno. Rey. Economía

HIMNO.- El mes de octubre es mes de Himnos. Los Himnos son importantes porque empiezan por «H». La teoría no es mía, que quedó expuesta en antológico capítulo de aquel facha simpático que fue Enrique Jardiel Poncela, en su novela levemente sicalíptica titulada, no de manera casual, «Amor se escribe sin hache». Por aquellas cosas de los vericuetos reglamentarios, ostento una competencia residual sobre algo así como «promoción del autogobierno» que, en la práctica, viene a significar que, de vez en cuando, me convierto en un ser al que se le preguntan cosas inverosímiles sobre signos políticos cuando a la oposición le entra la fiebre patriótica. El otro día defendí en les Corts que el Estado democrático de Derecho suele legislar sobre sus símbolos, para los que exige respeto, en cuanto que patrimonio compartido definido constitucional o/y legalmente; pero que el Estado democrático no puede legislar sobre el entusiasmo o la emoción. O sea, que ante un ondear de colores o un vendaval de sones, allá cada cual rompa a llorar o se petrifique como carámbano: al Estado le basta con que no se comporten como acémilas rasgando o quemando. No estoy seguro de que todos me entendieran. Es lo que pasa con estas cosas, que los que tienen la temperatura elevada vienen a considerar insultantes ciertas frigideces afectivas. Eso también ocurre porque en la política actual se confunden constantemente los símbolos con los gestos, que acabaremos gesticulantes e hipermaquillados por nuestras arrugas. Pero de esto hablaré otro día. Y así fui, tan contento con mi eficaz equipaje conceptual, al doble homenaje, tan merecido, tan postergado, a Miquel Grau. Yo pegaba aquel lejano día el mismo cartel que a él le mató y, quizá por ello, siempre ha sentido algo muy especial en el agravio de olvido a que le sometió mi ciudad hasta este año. Así que, por la mañana, placa en Luceros y, por la noche, proclamación de honor en el Salón de Plenos, lugar de ecos de lo mejor y peor de nuestra historia; ya sé que en una política dada a los estragos del espectáculo televisivo, parece un lugar pequeño... ¡tanto me da!, es el sitio y ya está. En el acto hubo palabras, no muchas, la verdad, y versos, como correspondía. Y luego, con la pena anudada en las gargantas, susurrante, prudente canto del Himno de Alicante. Reconozcámoslo: hay que estar muy habituado a ser como hemos llegado a ser para que en un acto de estas características la emoción se empareje como un «Som fills del poble/ que té les xiques/ més reboniques/ que ni ha junt al mar». Pero es así: una vibración se escapa de estos denostables ripios y hace aflorar hasta lágrimas juiciosas. Somos así de raros. Los humanos. Seguramente es que la costumbre de lo inmediato y de lo compartido es un poderoso factor adaptativo: sobrevivimos porque amamos estas cosas, y morimos si las amamos en demasía. Qué le vamos a hacer.

REY.- Por fin entiendo el significado del concepto «deporte rey». Viene a ser esto: esfuerzo sobrehumano de los músculos y los nervios que se efectúa con motivo de la asistencia a actos presididos por S.M. el Rey (de España). Lo comprobé al mortificarme de mala manera al acudir en un mismo día a dos (¡2!) recepciones regias, para que luego, cualquier día de estos, el PP me acuse de republicano o vaya usted a saber de qué otra clase de desvío humano. Primero tuve que madrugar inmisericordemente. Y vestirme de sombras –traje oscuro, of course– y corbata, lo que no me hubiera preocupado demasiado si no fuera por el calor, siempre el calor, bajo el astro rey –¿pilla usted la broma?–. Luego a la inauguración de una amplia exposición de la historia del diario Las Provincias, en la que vi dibujos de sus colaboradores Sanchís Guarner, Fuster, Estellés y algunos más. La animada tropilla de cargos y otros admiradores del espigado monarca íbamos de sala en sala, hasta que una eficaz y nutrida guardia de corps estimaba que el salón del Convento del Carmen en el que el Rey estaba atendiendo explicaciones, estaba demasiado lleno, y entonces acordonaban el espacio y ya no entraba ni Dios. Lo digo porque en una de esas me encontré rodeado de Rita Barberá, un amable Teniente General y el mismísimo, humanisimo, bondadosísimo e Ilustrísima Cardenal de Valencia, cátedra que tanta gloria dio a los Borja, esos exiliados en Italia. Y así de estancia en estancia, en ese ritual extraño. La corbata apretaba cada vez más y los zapatos se volvían reales por momentos. Al fin, cuando llegó la liberación, advirtiendo, no sin cierto regocijo, que S.M. no pensaba dirigirse públicamente a los presentes y tras saludar a un centenar de personas, de las que conocía, al menos, a quince, me fui sudoroso, aturdido y preocupado: la reina no había venido y a ver cómo se lo explicaba a mi suegra. Por la tarde el descanso fue efímero y dio apenas para cambiarme de camisa y corbata. Y, hala, a la Lonja a la entrega dels Premis Jaume I. Hay que llegar pronto, que así lo exige el protocolo. O sea, que nos toca esperar más de media hora. Aprovecho para saludar a un centenar de personas, de las que conozco, al menos, a quince, más o menos las mismas a las que ya conocía esa mañana. Solemnidad. Suenan los claros clarines y viene el cortejo bajo focos incandescentes que están a punto de fundir la piedra gótica. Y discursos. Y discursos. Muy bien Joan Ribó y Ximo Puig. Otros practican faenas de aliño: elogios del emprendedurismo, la investigación y eso. Y habla el Rey. Y lo hace bien, sin estridencias. No me pregunte lo que dijo, que es de mala educación fijarse en lo que dice un S.M. en un discurso. Le observo: me parece más inteligente que su padre, y menos astuto. Pero esto, siendo cierto, lo digo para parecer más alertado de lo que me van volviendo estos actos. Acaba la cosa y los de protocolo nos dicen que vayamos detrás de la cabeza de la comitiva. Y vamos. Ansiando que apaguen los focos. Nada de eso: lo bueno empieza ahora, que nos van dando órdenes para acercarnos –los consellers y conselleras presentes– al Rey, para una foto de rigor –de rigor mortis, pienso según pasan los minutos–. Las órdenes son contradichas por la vehemencia de los guardias y allí no hay quien se aclare: si vamos a una sala, el monarca se va al patio, si salimos al patio, el Rey entra en la Lonja. No creo que huya, que no damos para tanto. Bueno, pues así nos pasamos unos 40 minutos. Al final hacemos lo más lógico: le esperamos en la puerta, que por allí, por Jefe del Estado que sea, ha de pasar. Y pasa. Unos 30 minutos después. Nos da la mano, nos hacen unas fotos. Y luego, por fin, pensamos en irnos. ¡Ja! No: entonces el Rey, que nos ha adelantado, tiene a bien saludar al pueblo soberano, que en número moderado, se agolpa en los alrededores y se nos informa de que, por seguridad, hasta que no arranque el séquito oficial, nadie puede salir del noble edificio. Así que otros 20 minutos: mirando con envidia a la calle, por donde corre el aire. Luego S.M., al parecer, se fue. Aún, esa noche, fui a la ópera, de lo que no me quejo. ¡Pero qué día! Irreal, muy irreal.

ECONOMÍA: Por lo visto lo único que conserva el carácter puramente simbólico es la economía. Al menos eso deduzco de lo que me explica el conseller de Hacienda y, sin embargo, viejo amigo, Vicent Soler, cuando aduce que mi Conselleria maneja lo más importante: intangibles. A mí me suena a consuelo en semana de Presupuestos, pero debo de estar engañado: mi reino no es de este mundo. Ya me lo dijo la bonancible Bonig cuando me calificó en el Pleno de Corts como Espíritu Santo del Consell. Cosas más raras me han dicho, así que me doy por satisfecho y emplumado. Sin ir más lejos, la misma imaginativa líder ha afirmado, original como un buen pecado, que el conseller de Economía, Rafa Climent, le recuerda a su párroco, que menos mal que no a su confesor. Se ve que, como es tatcheriana, según propia confesión, no le gusta la economía del bien común y prefiere la economía del mal común. Dios se lo perdone, aunque hay que entender que vivir en un mundo como este, rodeada de comunistas deja secuelas. Espero que Suseñor Cañizares le dé consuelo, que él sí que puede entender que una cosa es predicar y otra dar trigo, aunque no es lo mismo dar trigo limpio que trigo sarraceno. Con estas sutilezas van a ser divertidas las intervenciones del PP en los debates presupuestarios. Porque los jerifaltes de antaño del PP funcionan, más o menos así: por la noche tienen una pesadilla: ellos no gobiernan ni manejan las bolsas, se despiertan y comprueban que no era una pesadilla, así que se van a las Cortes o por ahí y reivindican el pasado y las grandes cosas que hicieron, las más altas que los siglos vieron; entonces vamos los demás, ateos y comunistas incluídos, y les refrescamos la memoria con minucias de miserias y miserables. Entonces se enfadan porque hablamos del pasado. Y vuelven a empezar. Quizá debieran cambiar su gaviota por una marmota. Pero en cosa de dineros andan contritos porque les recordamos lo de la financiación y la deuda histórica. Y tan contritos andan que debieron firmar una hoja de consenso exigiendo al Gobierno del Kilómetro 0 una mejor financiación. Pero luego, cuando los demás insistimos, dicen que somos unos llorones. Está escrito: no llores por tus pecados sino por los de tus hijos. Pero a estas Hijas de Jerusalén la economía de su salvación económica se les está convirtiendo cada vez más en un Calvario. Te Deum laudamus.

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