La isla de Safo

28.10.2015 | 04:06
La isla de Safo

Fue Platón, seguidor incondicional en la distancia de los siglos, leal admirador, solitario defensor, en su momento histórico, de la obra y muy especialmente de la poderosa personalidad de Safo de Lesbos, la poetisa nacida en Eresos, una de las ciudades más importantes de la isla lesbia, cuya capital oficial del archipiélago, Mitilene, comparte denominación, con escasa fortuna, dado que, pese a los siglos transcurridos, Lesbos sigue siendo un nombre más conocido, poderosamente arrollador por la influencia de la poetisa, a la que el filosofo, alumno de Sócrates y maestro de Aristóteles, distinguió con el título de décima musa equiparándola con las nueve diosas hijas de Zeus e inspiradoras de cuantos dedicaron sus vidas al cultivo de las artes y las ciencias a cuyo amparo acudían cuando el numen se resistía en acudir a la cita desesperada de los creadores. Las míticas musas, –no así la décima, platónicamente nacida, que era de carne y hueso, que creó innovaciones poéticas, vivas pese al paso del tiempo, obra escrita en gran parte desaparecida por la envidia y la ignorancia, en algunos, casos no exenta de mala fe– habitaban en la ladera del monte Parnaso y tenían su santuario en el cercano Helicón.
En ese universo, entre mágico y real, figuraban también las pitonisas en Delfos –el ombligo del mundo, según propia declaración–, ciudad próxima al hábitat de las musas y cerca de la fuente Castalia. Ese espacio era donde se dictaban los oráculos que reunían multitud de interesados, entre los que no faltaban reyezuelos, políticos, actores y comerciantes, deseosos todos de conocer la sentencia deseada, que surgiría de los labios, según el dictado de una mente obnubilada por las emanaciones sulfurosas alrededor de las grietas que el suelo permitía. Lo realmente extraordinario era que los solicitantes de opinión ajena la aceptaban de buen grado y aunque fuera negativa para sus intereses la seguían sin rechistar, tanta era la influencia de Pitia que dio nombre a las numerosas pitonisas délficas. Otros eran los caminos de la intelectual Safo. Fundó en su isla, donde ahora ya proliferan los reconocimientos públicos, y se dan cita cada año los gays mundiales, una academia, nombre que utilizaría más tarde su gran defensor y a la que ella llamó «Casa de las servidoras de las musas» para formar jóvenes casaderas de la alta sociedad lesbia. Las muchachas recibían enseñanzas de arte en general, desde el canto a la danza –en cuya especialidad destacaba la fundadora– pasando por la unánime devoción a la bella Afrodita, diosa del amor universal. No podía faltar la disciplina sexual, entendida, en aquel tiempo, como una necesidad natural que se satisfacía libremente entre hombres y mujeres, incluso infantes y púberes al servicio de los adultos. Actitud condenada en general por las sociedades, permitida en las antiguas civilizaciones, admitida en épocas y países hasta alcanzar, en el momento actual, la meta del matrimonio oficial entre las parejas del mismo sexo. Safo profetizó, en los días de su vejez, con los ojos de color violeta ya sin brillo, peligrosamente apagados: «Después de mi muerte jamás seré olvidada». Acertada estuvo la pionera del lesbianismo. Han pasado los siglos y ya nadie se asombra de un hecho cotidiano. La colaboración, en defensa del mensaje de la poetisa, fue decisiva, pues la Academia de Platón, superados dos siglos de distancia, se sumó a la genialidad de la obra sáfica.
Aquello que, ni la danzarina primero, ni el filosofo en seguimiento, podían imaginar se produjo: que su isla del amor ocupara la actualidad mundial por la avalancha de refugiados que pusieron a Lesbos en su camino hacia la esperanza; que numerosos ilusionados, despreciados por sus gobernantes, encontraran la muerte en las aguas que reclamaron el mito de Afrodita; que tantos sufridos y hambrientos tan cerca de los vaivenes con el turco –esa isla en la que sufrió destierro la emperatriz Irene, la misma tierra que vio nacer a Pitarco, uno de los siete sabios griegos que, en su tiempo de gobernante, desterró a la poetisa y también fue lesbio Barbarroja, el pirata, gran enemigo del emperador español con el que se enfrentó en diversas batallas– iban a ocupar la actualidad mundial y no precisamente por el ideario lesbiano, sino por la desesperación y el hambre de buena parte del pueblo sirio desplazado de su país en busca y refugio de nuevos horizontes donde la solidaridad reinase.

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