28 de octubre de 2015
28.10.2015

Excontables, exgerentes, exparejas y otros traidores

28.10.2015 | 04:06
Excontables, exgerentes, exparejas y otros traidores

Mi mecánico está como una cabra, pero toca las motos y las deja a punto como nadie. Pese a patinarle las neuronas –como a todos, que hay patinazos a montones– es un hombre sabio. Con la antipatía y el desapego propios del genio repite una frase que da que pensar: «Todas las juntas rezuman».
Para los no versados en motores –yo no tengo ni idea pese a llevar cuarenta y cinco años dando tumbos, en mi calidad de motero, por la geografía patria– para los no versados en motores, diré que en cada motor hay varias juntas. Todas apretadas con tornillos larguísimos y potentes, cuya estanqueidad se pretende sellándolas con los materiales más diversos. A la corta o a la larga, todas las juntas rezuman, el aceite sale y acaba pringando sus alrededores.
En la vieja cárcel de Benalúa, cuando aún no se habían inventado las drogas duras, las estafas se limitaban al toco mocho y al nazareno y era imposible que un rico pisara la cárcel porque el cuello blanco, los trajes a medida y las corbatas de seda eran, en la práctica, una excusa absolutoria. Aquella cárcel vieja y pestosa, desconchada, hacía aguas por los cuatro costados. Aún no me explico cómo, en los actuales juzgados, han conseguido eliminar el olor a fritanga, a zotal para las chinches, a pies y a pan recién horneado, que todo ello junto impregnaba el ambiente taleguero de manera intrínseca, imposible de eliminar.
En aquella cárcel digo, que me disperso como el abuelo cebolleta contando sus aventuras guerreras, había un preso bujarrón que tenía una máxima forzada por la experiencia: «Si no quieres que algo se sepa, si preparas un esparrabo y no quieres que la pasma te coloque en 24 horas, hazlo solo». Aplicaba la verdad de mi mecánico: todas las juntas rezuman. Siempre pierden –aceite o información– por algún sitio.
El bujarrón, mi mecánico, y sus frases sabias me vienen a la cabeza viendo telediarios el fin de semana y recordando los de meses y años atrás. Hablemos en general, no señalemos a nadie. ¿Para qué complicarnos la existencia con más odios de los que ya hemos despertado por uno u otro motivo? Esto no va por nadie o va por todos. Uno tiene una empresa, un partido político, una UTE o una ATE, una constructora, un matrimonio, un lobby con profesionales cualificados y de renombre, o un negocio urbanístico. Cuando se inicia la comunión de acciones y se proyectan negocios –tengo un asunto entre manos del que podemos chupar todos, dice el jefazo sonriendo por el doble sentido mientras mantiene las manos en los bolsillos– todo aparece precioso, fácil, suave y rodado como un motor Volkswagen sin trucar para la ITV. Todo atado y bien atado.
Señores –dice el baranda solemnemente dirigiéndose a los confabulados– somos todos mayorcitos, tenemos palabra. Esto no debe salir de aquí. Quiero su compromiso como personas de honor. Por favor, señor presidente del chanchullo –dicen todos al unísono, sonriendo de oreja a oreja y doblando las bisagras del espinazo en una reverencia inacabable–, ¿cómo puede dudar ni por un segundo de nuestra fidelidad? Somos uno. Estamos en el mismo barco. Antes nos dejaríamos hacer picadillo en una máquina de fabricar sobrasada que ponerlo a usted en un compromiso. Usted es nuestro líder. Respiramos por sus pulmones y nuestro corazón late con el suyo. –En el caso de un matrimonio canónico e incluso de una pareja de hecho, suele ir acompañado de un mordisco suave en el lóbulo de cualquier oreja mientras se susurra jadeante: te querré siempre, contigo fiel hasta la muerte–. Pero la condición humana es mudable, caprichosa como las circunstancias, conforme avisó Heráclito hace dos mil quinientos años: Nadie se baña dos veces en el mismo río. Cambia el río y cambia el que se va a bañar.
Cuando las cañas se vuelven lanzas lo que era un amor apasionado e incondicional, una fidelidad contra viento y marea. Lo que era una capacidad volcánica de remover dificultades, se torna cobardía, huida: yo no sabía, no tenía ni idea, a mí que me registren? sálvese quien pueda. Que venga el fiscal, que me rebaje la pena en dos grados que voy a cantar yo solo el coro de los esclavos hebreos del Nabucco de Verdi. Cuando llega el tío de la máquina y has pasado antes dos noches en el cuartelillo reflexionando, se van las fidelidades al carajo. Prima la supervivencia aunque haya que cantar por soleares, por bulerías o por cartageneras y buscar papeles en el baúl de los recuerdos. Las negaciones de Pedro son una broma comparadas con estos apuñalamientos traperos.
No sé por qué he escrito esto. El alemán Alzheimer vive conmigo y el italiano Franco Deterioro me visita a menudo. Cosas de la edad. ¡Ya caigo! Las infidelidades, las amenazas que inspira la pareja –aunque sea solo de fechorías– me han venido a la mente al ver a un tal señor Viloca –como antes vimos a Guerrero, Bárcenas, Muñoz, Lanzas o Correa– enfilar el camino de la trena. Inevitablemente me vienen a la memoria las frases de mi mecánico y del bujarrón preso en Benalúa: las juntas rezuman.

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