16 de octubre de 2015
16.10.2015
El ojo crítico

Aún es posible

16.10.2015 | 03:52
Aún es posible

Nos pareció muy interesante el cuadernillo especial que con motivo del día de la Comunidad Valenciana publicó el diario INFORMACIÓN el pasado viernes en el que diferentes personalidades analizaban el significado del 9 d'Octubre. De entre los varios artículos que contenía nos vamos a centrar en dos principalmente. Por un lado, en la interesante entrevista que hizo María Pomares al exrector de la Universidad de Alicante, Andrés Pedreño, en la que el catedrático de Economía hizo un ilustrativo repaso de los errores que se han cometido en nuestra Comunidad en los últimos años, en especial en economía, en política y en educación, además de hacer hincapié en la necesidad que tiene la sociedad valenciana de mirar hacia el futuro con una mentalidad positiva. Por otro lado, pudimos leer el artículo del expresidente de la Generalitat, Eduardo Zaplana, en el que también hablaba de futuro pero con un significado distinto al que se refirió Pedreño.

Y decíamos que nos había parecido interesante porque al leer la entrevista de Pedreño y el artículo de Zaplana no sólo pudimos cerciorarnos de las claras diferencias de ambos a la hora de enfocar los problemas que nos afectan y sus posibles soluciones, sino que, además, no pudimos evitar recordar aquel sonado enfrentamiento que mantuvieron ambos con ocasión de la creación de la Universidad Miguel Hernández de Elche y la segregación de la Facultad de Medicina de la Universidad de Alicante, pugna cuyo punto más álgido se produjo con ocasión de la inauguración del curso universitario de 1996, con un Zaplana cabreado abandonando el Paraninfo seguido de un séquito de altos cargos, guardaespaldas y periodistas cercano a las cien personas según recogen las crónicas de la época porque, al parecer, Pedreño no quiso cederle, con razón, el control de la ceremonia inaugural.

Ya se ha hablado y escrito suficiente sobre este asunto y no vamos a volver sobre ello.

Habló Pedreño de los problemas que afectan a nuestra Comunidad (corrupción, falta de estrategia económica y de vertebración), de las inversiones fallidas dirigidas al enaltecimiento suntuario, del nacionalismo simplista y de la importancia de crear un modelo económico que unido al educativo apueste por las nuevas tecnologías y la investigación frente a la única apuesta del turismo y construcción. Hizo hincapié, como no podía ser de otra manera, en la necesaria cohesión territorial como fuente de progreso y de riqueza. Que a estas alturas, decimos nosotros, se sigan produciendo ridículos desencuentros entre ciudades e incluso entre pueblos cuyo origen se encuentra, en ocasiones, en la rivalidad futbolística dice muy poco de cierto sector de la población valenciana, pero en cualquier caso entendemos a qué se refiere Pedreño cuando habla de la necesidad de «transformar y mejorar radicalmente la educación».

Tampoco ha sido muy útil, en aras a conseguir el definitivo despegue de nuestra Comunidad, la extensión que el nacionalismo ha experimentado en estos últimos años. Si bien entendemos el significado histórico que tuvo durante el franquismo como reivindicación de la democracia y del respeto de las tradiciones, poco interés hemos observado aparte de ser muy divertido, al parecer, correr al Registro Civil para quitarse la última sílaba del nombre o colgar un retrato del Rey boca abajo en las redes sociales. Como reconoce el propio Pedreño determinadas actitudes infantiles de cierto nacionalismo sólo ha conseguido aumentar los votos para el Partido Popular.

Zaplana, en cambio, pretendió excusar la desastrosa situación financiera en que se encuentran las arcas de la Generalitat por una deficiente financiación, olvidándose que la gobernanza de una Comunidad debe hacerse en función de los recursos que se disponen, prevaleciendo, siempre, el interés público antes que el interés privado en lo que a la utilización de esos recursos se refiere. Pretender que olvidemos derroches como la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, el aeropuerto de Castellón o la Ciudad de la Luz de Alicante supone un insulto para nuestra inteligencia, la poco o la mucha que tengamos. Si a ello añadimos el sobrecoste que han tenido para la Administración valenciana todas las corruptelas descubiertas en los últimos años gracias a las investigaciones policiales y judiciales, de las que ya hemos perdido la cuenta, podemos preguntarnos en qué situación económica estaríamos y qué nivel educativo tendríamos si todos esos millones de euros que se despilfarraron o se diluyeron entre tramas de corrupción se hubieran invertido en beneficio de los ciudadanos.

Pero por encima del desafío que tiene el actual Consell de reconducir una situación económica, política y social que hacía tiempo se había convertido en incontrolable, uno de los principales retos que tiene por delante es conseguir que los valencianos vuelvan a creer en sí mismos. También que se olvide la picaresca y el mirar para otro lado ante los problemas de dependientes y discapacitados y que la cultura tenga un papel predominante en la política, ya que sin ella sólo se crean ciudadanos ignorantes fáciles de domesticar. En definitiva, que los ciudadanos tengan la conciencia de que lo público existe con el objetivo de que todos vivamos mejor y no unos pocos.

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