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Intimidad y vida pública

15.10.2015 | 03:42
Intimidad y vida pública

«No es bueno que el hombre esté solo». Todos hemos oído esta frase alguna vez, y todos tenemos alguna evidencia de ello. Pero como no hay nada tan frágil como la evidencia, conviene de vez en cuando hacer un esfuerzo para traer esa verdad a nuestra presencia, so pena de acabar confundiendo nuestra propia vida personal, que sería la más grave confusión. Porque esa compañía que reclama la frase entrecomillada al principio afecta a muy diversas esferas de la vida. No se trata sólo de una necesidad «sustitutiva», vicarial, como la que tiene el enfermo dependiente, una necesidad indiscutida y para la que la voz pública reclama la justa responsabilidad social. No, nuestra necesidad de los otros afecta a múltiples facetas de nuestra vida, y crece a medida que lo hace la plenitud ésta.

Porque además de cubrir nuestras necesidades materiales necesitamos también cubrir nuestras necesidades espirituales, nuestras necesidades humanas. No olvidemos que ese medio ambiente tan necesario para la vida, del que nos habla la Ecología es, en nuestro caso, el medio ambiente humano: la convivencia con otros hombres. En primer lugar, la familia, y, en seguida, los amigos, con quienes compartir tristezas, desilusiones, proyectos, entusiasmos y alegrías.

Pero a medida que la vida se enriquece necesitamos también, como en círculos concéntricos que se van ensanchando, otras personas que vienen a satisfacer nuevas necesidades: biólogos, físicos, químicos o matemáticos, que nos enseñan a conocer la naturaleza y sus leyes; astrónomos, geógrafos e historiadores, que nos dicen dónde estamos y cómo hemos llegado hasta aquí; poetas, músicos y artistas, que nos ayudan a desentrañar la belleza y la hacen aflorar; psicólogos, filósofos y teólogos, que nos dicen quiénes somos y nos acercan al bien y a la verdad...; en fin, todo eso que da sentido y plenitud a nuestras vidas y sin lo cual la vida humana, personal, se degrada a simple biología.

Y, al revés, necesitamos también aportar a la sociedad en la medida de nuestras posibilidades, necesitamos contribuir  a su construcción y desarrollo con nuestras capacidades y talentos, con nuestros propios puntos de vista de una realidad tan compleja como la que nos rodea, para enriquecer a los demás con lo que a nosotros nos enriquece.

Por eso es tan dolorosa la deportación, el destierro: un castigo del que se ha servido la sociedad desde la noche de los tiempos y que ha llegado a significar la muerte, no por sed o inanición, sino por desarraigo, porque la vida humana no puede sostenerse sin convivencia.

Esta honda necesidad de comunicarnos con los demás está en el mismo origen de la escritura, que nos permite saltar las barreras del tiempo y del espacio para prolongar este contacto, y que introduce a los pueblos en la Historia: «Vivo en conversación con los difuntos y escucho con los ojos a los muertos», nos dice Quevedo desde su torreón.

Pero ahora, con la nueva política, aunque la cosa viene de lejos, está cobrando fuerza la opinión de que determinadas cuestiones –ciertos credos religiosos, por ejemplo, o ciertas concepciones del hombre y de la sociedad– deben limitarse a la intimidad de la persona, no deben salir al espacio público. Se trata de un error fruto del desconocimiento de la persona. Porque esos no son aspectos de la intimidad: son aspectos de la vida personal. Que, como sabemos, tiene una inevitable vertiente pública. Cuando decimos de algo que es asunto íntimo, lo que decimos es que el individuo –no la sociedad, no el Estado, no ninguno de los poderes públicos reconocidos– ha decidido hurtar ese aspecto de su vida personal a la mirada pública y protegerlo en una zona íntima y reservada. Cuáles son los aspectos de la vida personal que deben reducirse a ese ámbito y cuáles deben aparecer en el espacio público es algo que le toca al individuo decidir. Nadie puede obligar a exponerlo en la sociedad ni a relegarlo al círculo de lo íntimo. Es un error muy habitual que se disuelve con sólo consultar el Diccionario: «Intimidad: zona espiritual reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia». 

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