15 de octubre de 2015
15.10.2015
El ojo crítico

Albert Rivera

15.10.2015 | 03:42
Albert Rivera

Viví la campaña catalana con bastante desapego, harto de tipos como Artur Mas y cansado de leer apelaciones a la unidad de España desde perspectivas caducas o que poco añaden a lo que ya sentimos quienes consideramos un inmenso error seguir las ridículas sendas del independentismo. Rivera no se presentaba, pero todos sabíamos que el éxito de Ciudadanos descansaba en la creciente credibilidad que su líder emana. Un líder honesto que no quiso usar las elecciones autonómicas para impulsar su candidatura a la Presidencia del Gobierno nacional.

Digámoslo claro, tanto las ideas sobre la Cataluña eterna como sobre la España gloriosa se basan en invenciones, en mitos, en constructos mentales. Son, abiertamente, creaciones de la inteligencia humana como el dinero o los estados, como las leyes o la idea de los derechos y la dignidad humana. Creaciones del hombre para poder vivir en común. El dinero no existe, es un estado de confianza, igual vale una concha marina que una tarjeta electrónica si ambas partes creen en su valor de cambio. Yuval Noah Harari nos lo cuenta en su magnífico libro De animales a dioses. Lo mismo pasa con el debate independentista, ambos bandos nos basamos en invenciones, más o menos, respaldadas por hechos históricos que le dan apariencia de verdad e inevitabilidad, pero con una diferencia esencial: quienes estamos en el lado constitucional y liberal ofrecemos un relato, un conjunto de convenciones y acuerdos que, a día de hoy, garantizan mejor el progreso, la libertad (otra invención del hombre) y la convivencia que los que se aferran a idearios nacionalistas. El nacionalismo busca una pureza y homogeneidad indeseable y, al final, criminal, pues las ideas identitarias siempre acaban en opresión. Además van en contra de la corriente histórica universal, no solo occidental. Son puro arcaísmo, primitivismo bobo que apela, como hizo Mas, a los genes carolingios o a la sangre francesa como su alter ego Oriol Junqueras.

En este abatido sopor volví a ver, casi por casualidad, a Albert Rivera sometido a un tercer grado un viernes por la noche y reconozco que me galvaniza. Tiene juventud, arrojo, convicción y usa un lenguaje directo; contesta a preguntas cruciales con un sí o un no, sin dejar de argumentar todas sus posiciones. Parece creer en lo que dice y dice cosas tan claras que confunde a los periodistas, habituados a respuestas evasivas, juegos de palabras y trampas dialécticas.

Lo escribí hace mucho tiempo, sería una hermosa metáfora que un catalán de pura cepa sea la solución «al problema de España», en aquel momento unía en mi imagen a Rosa Díez que optó por no ver la enorme oportunidad que se abría. Frente al aburrimiento burocrático de Rajoy, la fractura del PSOE o las visones populistas de Podemos, el partido de Rivera ofrece innovación, limpieza, modernidad e inclusión. Hago esta apelación a sabiendas de mis desavenencias con algunas decisiones referidas a la organización del partido que han facilitado la incorporación de personas de muy dudosa condición, alentados por las prisas de un partido en ebullición. Esto es un mal menor frente a los casos de mal gobierno, corrupción y descrédito que lastran a la vieja casta, cuyos modos no han cambiado, simplemente disimulan.

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