Entre los nervios y el miedo

14.10.2015 | 03:48
Entre los nervios y el miedo

Resueltas las incógnitas –llevamos años metidos en campaña– las elecciones serán el 20 de diciembre. Nos han repuesto gran parte de la extra suprimida en su día, han devuelto los moscosos, falta aún un gesto de generosidad limosnera hacia los jubilados –quienes rozamos ese estado beatífico miramos espectantes– para votar como padres de la patria a quienes se dejan la juventud, la salud, la paz familiar y hasta el dinero de sueldos mejores –eso dicen–, cuidándonos día y noche, velando como el caudillo en El Pardo, por la paz y la prosperidad de todos. Jamás se lo agradeceremos bastante.
Todos los partidos andan de los nervios, engrasando la maquinaria para no pegar un patinazo sonado en vísperas de Navidad y comerse el turrón entre el llanto y el rechinar de dientes –noten la imagen bíblica y no me llamen más anticlerical–. La gente se deja ver por las sedes con la mirada huidiza, como queriendo pasar desapercibido y con presencia notoria a la vez. ¿Se sabe algo de las listas? Pregunta clave que hacen como de tapadillo, queriendo dar a entender que no es un tema que les preocupe, pero dejando constancia.
Hombre€ yo€ ya sabes, por el partido y por el país, me sacrifico lo que haga falta. A mí€ la verdad€, ser diputado€ incluso me cuesta dinero, pero ya sabemos para qué estamos aquí: para servir, que la política es una vocación como la de monje cisterciense, una entrega sin límites. Somos unos sacrificados por el bienestar de los demás. Y se quedan tan tranquilos. De tanto repetirlo hasta ellos acaban creyéndoselo. Recuerden a Joseph Goebbels, aquel ministro hitleriano: una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.
Quienes están en el Gobierno –he leído más de una docena de veces, en distintos medios, la palabra miedo refiriéndose a ellos– acusan los nervios de manera especial. La razón es sencilla: hay mucha gente colocada que ve difícil, o imposible, su continuidad. El poder desgasta, pero lo que de verdad desgasta es la oposición. Uno va a los sitios clave y formula la pregunta aterradora: ¿qué hay de lo mío? Recibe una contestación gélida que suena a salsa caribeña de Celia Cruz: «No hay cama pa tanta gente».
Después del grave traspié de las elecciones catalanas, Aznar, que se considera referente obligado de la derecha y guía ineludible de su partido ha hecho un flaco favor, dándole un serio repaso a Rajoy y avisando de las siete plagas de Egipto si no se siguen a rajatabla sus directrices: Hemos perdido la identidad. No es cierto. La identidad está acreditada de sobra, otra cosa es que le gente quiera un gobierno, con mayoría aplastante, repetido y repitiendo. Unos advenedizos, novatos y extremistas, quieren nuestro sitio. Y un sudor frío recorre las espaldas de los «candidatables», con perdón del ripio.
El presidente tiene claros sus argumentos que son respetables: la mejora económica –que varios millones no ven por ningún sitio–, huir de radicalismos y de políticos amateur. En eso se basan para intentar estirar su permanencia en el poder, que ahora la economía no son cifras frías que casi nadie entiende. Tiene alma aunque no la veamos los profanos. Ni los encartados por corrupción grave a los que miran de lado, como si no los conocieran de nada. Ni esos ni otros evitan que digan henchidos de orgullo: somos un valor seguro y conducimos al país como nadie por sendas de prosperidad. Fuera solo hay improvisación y tinieblas.
Si hay que votar a quienes ya están porque son los experimentados, ¿deben eternizarse estos señores en sus sillones? ¿Podrá haber recambio algún día? ¿Cómo cogen experiencia otros si en algún momento de su singladura deben ser obligatoriamente novatos? ¿Ahora hay que saber bailar la última coreografía para poder obtener un escaño?
Los otros partidos bailan en el amplio espectro en las más variadas situaciones que van desde la euforia de Ciudadanos, sintiendo cada día cómo ocupan el sitio popular – Aznar dixit–, hasta el canguelo socialista que no termina de dar con la tecla para encontrar el respaldo electoral. No hablaremos del desinfle de Podemos, sin cuadros y descendiendo. Nadie sabe cómo parar la caída. Si se uniese a Izquierda Unida a lo mejor evitaba la sangría.
Que no me busquen para apoderado ni para interventor ni para estar en una mesa como nada salvo como terminal que observa sin inmutarse por el resultado. El 20 votaré como las balas y luego me dedicaré a andar buscando zambombas, almireces y botellas de anís del mono para rascar y celebrar por todo lo alto las últimas navidades trabajando. A partir de ellas me tienen que mantener Montoro o Jordi Sevilla o Monedero, el que toque y por el tiempo que reste, salvo que la campana tarde en sonar más de lo esperado. Prometiendo tanto, todos me aseguran una decrepitud dorada: viajes baratos, acordeones tocando los pajaritos por aquí y por allá, bailes agarrados con viudas haciendo cola –hay infinitas más viudas que viudos–, pensión completa con vino incluido por tres duros, y autocares que hacen paradas a las puertas de los centros de salud para coger recetas. ¿Alguien da más?

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