La gran curiosidad

14.10.2015 | 03:48
La gran curiosidad

­El mayor fracaso de la enseñanza nace de considerar que hay que obligar a saber muchas cosas en vez de ayudar a comprender unas pocas esenciales que nos impulsen a querer saber más. Y la mejor metodología para ello es mostrar lo que hay de íntimamente propio en el aprendizaje, aquello que nos individualiza y acaba solidarizándonos. 
No hay que dejar caer los conocimientos sobre el alumno para que lo aplasten como un fardo o se pierda en sus bisuterías, sino insertarlo en ellos para que sea él quien los hilvane en su vida. Se trata de que el protagonista de la educación no sea lo que hay que aprender, sino quien aprende: que el estudiante decida estudiar porque considere que la materia estudiada contiene algo suyo ya sentido, pensado, vivido por otros que fueron como él.
Si pretendemos enseñar, por ejemplo, Literatura o Arte, o Historia, o Filosofía, perderemos el tiempo tratando de mostrar un catálogo de cadáveres del pasado hacinados en un cementerio llamado Cultura o Civilización: efectivamente, poco le importan los muertos a los vivos si no inciden en sus vidas. 
Otra cosa es hacer ver al alumno que algo tan simple como decidir si telefonea o no a su compañera de clase –para encontrarse fuera del aula– desencadena diferentes secuencias de actos en su biografía cotidiana: y que, igualmente, la Historia es una sucesión de hechos que determinan otros hechos en el tiempo y que desembocan en él. Por ejemplo: que él pueda disfrutar de su libertad es una consecuencia de «hechos» como los de las Termópilas o la Revolución Francesa: y de repente, los griegos y los franceses se convierten en sus semejantes, sus alteregos, sus colegas. Comprende, así, que vivir es elegir, y renunciar, continua y libremente; y que elige mejor el que más disyuntivas ve; y que ve más el que más sabe. Y, por lo tanto, a pesar del dinero (que es la meta a la que le empuja la sociedad), el más rico es el que más sabe porque es el más libre.
Y puesto que el joven se pregunta qué es lo que verdaderamente siente por su amiga, y por qué lo siente, bueno es decirle que ya muchos pensadores reflexionaron sobre esa cuestión llamada amor –y otras muchas de su vida cotidiana– para que él no tropezara en la misma piedra y viera con claridad. Y, también tal vez, de pronto hojee algún libro de esos pensadores –aunque empiece buscando en internet–.
Si el alumno se extraña de que haya quien vive para escribir, componer o pintar –o encerrarse en el laboratorio–, bien está hacerle ver que esas actividades aparentemente autistas obedecen al mismo impulso que el de esperar diez horas para asistir a un concierto de rock, y que quien está jugando al ajedrez viaja mentalmente tanto como quienes hacen una excursión: acumular experiencias, vivir con los cinco sentidos, satisfacer la necesidad de placer: porque nacer conlleva esa curiosidad y exige la creación de un mundo personal: y lo mismo que él se siente bien ante el concierto o el partido de fútbol hay quienes sienten igual satisfacción ante un libro, un cuadro, una partitura, una probeta, una ecuación... 
Quizá con estas menudencias se despierte la gran curiosidad: comprendiendo que lo ajeno es una manifestación diferente de lo propio. De este modo, Dostoievski, Schumann o Van Gogh, Newton o Freud no le parecerán más autistas de su arte o ciencia que el ensimismamiento de cualquier internauta o futbolero: que todos somos iguales en un mundo de seres diferentes, y que solo las circunstancias parecen ocultar la misma esencia.
Tal vez con esa incrustación de lo ajeno en lo propio le parezca que saber –estudiar, comprender– no es entrar en un cementerio, sino en el gran supermercado donde encontrar los definitivos utensilios para el bricolaje de la vida.

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