11 de octubre de 2015
11.10.2015
El ocaso de los dioses

Adultas ingenuidades

11.10.2015 | 01:00
Adultas ingenuidades

El mundo de las adultas ingenuidades, de la cándida y eterna adolescencia cobijada bajo el síndrome de Peter Pan pese a que hace ya mucho tiempo que pasaron los años, funciona igual que el de las necedades, del infantil buenismo. Y es que por más que pretendas creer y hacer creer que el monstruo no está en tu habitación porque has cerrado los ojos, si tiene que estar, estará. Y afrontar esas realidades –la realidad– forma parte del ser adulto, del que no mira hacia otro lado cuando se encuentra con la verdad, del que adopta decisiones y acepta responsabilidades, sean estas religiosas, familiares, ideológicas, económicas, culturales, políticas o de cualquier otra índole. Y pese a correr el riesgo de que tengan por maniqueas estas reflexiones, no lo duden: hay gente que busca hacer el mal amparados en supuestas nobles reivindicaciones; hay grupos absolutamente conscientes de la falsedad y la mentira en las que apoyan sus postulados y sin embargo siguen vociferando sus derechos; hay colectivos que silencian la verdad manifiesta porque no conviene a sus intereses al tiempo que dicen defender las causas más justas; hay movimientos basadas en conceptos religiosos, nacionalistas, ideológicos o políticos que persiguen la eliminación de los demás y encima se envalentonan; y hay quien, en su ignorancia, cree que todos esos son los buenos y siguen apoyándolos.

Cuando se hizo visible y tozudo el fenómeno del radicalismo islamista, de su terrorismo, del odio que hacían explícito a Occidente y sus valores, el flagrante desprecio a los derechos humanos, hacia todo aquello que fuera distinto a su ideario –sobre todo las demás religiones–, las ingenuidades adultas nos decían y querían que creyéramos que no era otra cosa sino la expresión de los aspectos más fronterizos de la multiculturalidad, de los mecanismos de encaje entre diversas culturas y tradiciones. En cualquier caso, que solo eran una ínfima minoría, por eso se ponían de perfil. Y esa «insignificante minoría» –pese a que en algunos casos gobierna en varios países– lapida a las mujeres, niega sus derechos, practica la flagelación en público a parejas de jóvenes por besarse en la calle, ahorca en grúas a los homosexuales y desprecia abiertamente los derechos humanos. Pero además, como su intolerancia no era significativa –según la adulta ingenuidad– dinamitaron los milenarios Budas de Bamiyán en Afganistán, persiguen con saña y sin piedad a los cristianos coptos en Egipto, Sudán y otros países con minorías cristianas, y ahora los terroristas del Estado Islámico han destruido con auténtico odio y vergonzosa impunidad el legendario e irrepetible legado de los bellísimos templos de Palmira, ya irrecuperables.

Y otras de esas llamadas «minorías», por mor de las ingenuidades adultas y la multiculturalidad, exigen que cuando vayas a sus países respetes escrupulosamente sus costumbres e imposiciones so pena de expulsión, multa o cárcel, al mismo tiempo que exigen en los países occidentales que haya piscinas separadas para hombres y mujeres, que las mujeres vayan cubiertas y que las niñas acudan a la escuela pública con velo o de lo contrario no se escolarizan. Y occidente mesándose los cabellos de angustia y miedo para arbitrar la forma de complacer esas reivindicaciones tan democráticas, tan europeas y nada discriminatorias. ¿Por qué el Real Madrid quitó la cruz de su escudo en el mercado musulmán? ¿Por qué se comercializan en algunos países islámicos las camisetas del Barça sin la cruz de Sant Jordi, según publicaba en su día La Vanguardia? ¿O por qué el Paris Saint Germain, propiedad de la familia real de Qatar, modificó su escudo en el que ya no aparece el símbolo de la cuna del citado santo? No solo son intereses comerciales; también están los complejos de culpa, la presión de los grupos de la multiculturalidad en una sola dirección, la miopía del «buenismo», la falta de criterio en tus convicciones frente a quienes sí imponen sin ningún pudor las suyas. Ahí radica el origen de todo esto.

Hay quienes piensan que todo es poco con tal de contentar a determinadas formaciones o ideologías que basan su razón de ser, su ideario, en la negativa al diálogo, en los criterios excluyentes, en el dogmatismo intolerante y en la falta de respeto más absoluta a los demás. Piensa esta adulta ingenuidad, estos esnobistas Peter Pan –aunque saben bien lo que hacen– que esa es la mejor forma de convivencia, el mejor y único camino posible: despojar a las sociedades democráticas de sus valores y que imperen las imposiciones de los otros, esencialmente antidemocráticas y excluyentes. Para que comprueben el alto grado de educación y tolerancia que practican algunas formaciones políticas no tienen más que ver cómo reaccionaron los miembros de Izquierda Unida en el Parlamento Europeo ante el discurso del Rey de España: abandonaron el hemiciclo dejando en sus escaños una bandera republicana y otra independentista gallega. Adujeron que el monarca carecía de legitimidad por no haber sido elegido mediante sufragio. Imagino que se hará lo mismo con las monarquías del Reino Unido, Holanda, Bélgica, Suecia o Dinamarca, países todos ellos profundamente antidemocráticos, no como el comunismo, intachablemente democrático, legitimado para dar clases de sufragio libre, como la Historia ha demostrado.

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