04 de octubre de 2015
04.10.2015
El Indignado Burgués

Pelotas, abrazafarolas y llevacarteras

04.10.2015 | 05:05
Pelotas, abrazafarolas y llevacarteras

Cuando el sabio señala la Luna, los tontos miran el dedo» dice un aforismo que, si no lo es, merecería tener a Confucio como autor. Y es que ver lo que quieres ver y únicamente eso, sin parar mientes de que hay un horizonte más allá del índice que señala el astro, es muy propio de gentes sin criterio o, peor aún, de los que asumen el criterio de aquellos que les rodean con intereses bastardos y mezquinos. Tengo deformación de oficio y cuando me trago noches electorales, por ejemplo, observo siempre las bambalinas en las que proliferan gentes sin alma. Me chifla contemplar a esos seres vampíricos de segunda fila, a los que nadie ve como si fueran invisibles, pero que se alimentan de la sangre de sus líderes. Esos/esas pelotas que les llevan la cartera y elogian sus corbatas o lo bien que le sienta ese bolso de Hermes regalado por algún corruptor. Esos/esas abrazafarolas incapaces tanto de un mal gesto como de una buena acción. Y hay para aburrir en esos entornos, como mosquitos en una charca antes de que los fumigue mi amigo Noé.

No son ni unos ni otros, en realidad pocos se salvan de llevarse al cargo un manojo de imbéciles que les circunda. La noche de autos los veía en el PSOE, entre los separatistas y hasta en partidos anticapitalistas y más rojos que Lenin. Porque el peloteo y la indignidad no tiene ideología, rodea a los que mandan –a cualquiera– como un manto espeso que les aisla de la calle e incluso de la realidad. Es fácil reconocerlos, señora: Son los que susurran al oído insidias, los que ríen todos los chistes y aplauden todos los discursos como si sus señoritos/as fueran Demóstenes, los que observan atentamente a su amo por ver si toca fruncir el ceño o relajar la faz, el perro faldero que siempre ladra a los extraños y a los que dan ganas de pegarle una patada.

Antes de convertirse en César, Octavio Augusto era el más republicano de los romanos y dicen de él –quizá sea como lo de los aforismos de Confucio, falso de toda falsedad– que estableció la norma de que cuando un emperador recorría Roma en un desfile triunfal un esclavo le susurrara al oído: «Recuerda que eres mortal», para que las ínfulas no le hicieran perder el oremus. No sirvió de nada, claro; malaconsejado por huestes de mosquitos peloteros no sólo crucificó al esclavo sino que se proclamó dios y estableció el culto al Divino Augusto. Así son las cosas y hasta a los tíos más listos les pasan, imagine señora a los de medio pelo que rodean a Mas, por seguir con el ejemplo.

En mi vida no he conocido muchos que fueran capaces de espantar ese «aura mediocritas» y rodearse de gentes brutalmente sinceras y capaces de expresar opinión, gustase o no, pero alguno hay. Es probable que no fueran los mejores gestores ni los políticos más eficaces, pero exhalaban aromas de carisma y confianza en sí y en los suyos y acumulaban a espuertas un adjetivo que últimamente es más escaso que el plutonio: la capacidad de liderar procesos y equipos. Hemos tenido tres presidentes así: Suárez, González y Aznar. No veo a ninguno de los tres aceptando elogios inmerecidos –ni merecidos– o dejándose pasar la mano por el lomo.

No sé a quién oí decir que para ser un número uno hay que rodearse de los que son más inteligentes que tú pero que carecen de la capacidad que tienes de encandilar a las masas y pactar con el Diablo. Eso no es sencillo, hay que tener mucho valor para aguantar el pulso de los capaces de plantarte cara y a pesar de su indisciplina absorber sus conocimientos e integrarlos en la base de tu discurso.

Por cierto, no deja de asombrarme cómo el personaje se come al autor. Hasta muy cerca de mí hay gente que está segura de que yo soy como las criaturas que pongo en pie todas las semanas. Es mentira, pero no me pondría a emborronar cuartillas (es un decir) si no tuviese el objetivo de que mi trabajo fuera útil a alguien y se da la circunstancia en España –fuera no conozco– de que si no golpeas duro no hay quien se dé por aludido. Considero armas lícitas la brutalidad, la brocha gorda, la caricatura, la ironía, señalar con el dedo lo que detesto y patear culos, en eso sí me parezco a mi Indignado Burgués. Pero yo, que en la vida civil suelo huir de los desahogos verbales y de la violencia excesiva, sé que sin castigar el hígado de los rivales no se ganan combates y esta columna pasaría sin pena ni gloria. O a lo mejor es sencillamente el papel con que se envolverá mañana un periquito muerto.

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