Sin permiso

Dignidad en salud mental

04.10.2015 | 05:05
Dignidad en salud mental

Mala fecha para celebrar el Día Mundial de la Salud Mental. Entre fiesta autonómica y nacional, en un diez de octubre no cabe esperar gran repercusión mediática. De ahí que uno prefiera sacar la efeméride del calendario y adelantarse. La atención a la salud mental no anda bien parada y, una vez más, es obligado recordarlo. Siempre fue la hermana pobre del sistema sanitario y, tal vez por ello, el lema elegido en esta ocasión sea especialmente oportuno: «Dignidad en Salud Mental». Con qué poco nos conformamos.

Por más que se pretenda obviar la evidencia, la extensión del problema sobrepasa lo imaginable. Los estudios más optimistas indican que el 10% de la población europea ha presentado un trastorno psiquiátrico en el último año. Si creemos en las previsiones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la cuarta parte de los adultos de nuestro continente padecerá alguna enfermedad psiquiátrica, de mayor o menor gravedad, a lo largo de su vida. Y, como de costumbre, las mujeres acaban llevándose la peor parte: una de cada tres, frente a uno de cada cinco hombres.

Las cifras pierden valor si no se contextualizan adecuadamente. Para ello, permítanme una simple comparación que les facilitará hacerse una idea de la magnitud del asunto. Una patología tan frecuente como la gripe afecta cada año a menos del 3% de los españoles, mientras que las enfermedades psiquiátricas se presentan en el 9%. Más habituales, bastante más graves y, en la mayoría de las ocasiones, con tendencia a cronificarse. Y, sin embargo, se le presta menor atención. Difícil de entender.

No es cuestión de abrumar con los datos, pero sí de confrontar con la realidad y lo cierto es que sólo el 25% de los afectados solicita asistencia especializada. Lo que está ocurriendo a la hora de acceder al tratamiento es preocupante ¿Cómo calificar a un sistema sanitario que no es capaz de atender a tres de cada cuatro enfermos? El estigma social pervive y es que, por mucho que seamos políticamente correctos, seguimos manteniendo estereotipos muy equivocados –y dañinos– respecto a estas enfermedades. Dignificar la salud mental empieza por borrar ese estigma.

La oficina europea de la OMS advierte de que, más allá de su amplitud, el problema se agrava por la escasa calidad de la atención que reciben quienes llegan a acceder al tratamiento. Les invito a que acudan a algunas Unidades de Salud Mental, denominadas tan pomposamente pese a ser auténticos cuchitriles en muchos casos. Vean en qué condiciones pasa semanas ingresado en un hospital un enfermo mental y comparen con otros servicios. Nada que ver con lo que cabría esperar para el necesario descanso y tratamiento de pacientes con este tipo de enfermedades. En ocasiones, en el límite de la legalidad cuando no sobrepasándolo. Luego cuéntenme aquello de la equidad y los derechos humanos.

Otra asignatura pendiente es la coordinación entre recursos asistenciales. El nuevo gobierno de la Generalitat ha desperdiciado una ocasión de oro para poner orden entre tanto caos. A la vista de la distribución de competencias entre consellerias, se mantiene la bicefalia asistencial entre Sanidad y Bienestar Social, haciendo caso omiso de las opiniones de afectados, familiares y profesionales. La atención sanitaria del enfermo mental continúa estando separada de su rehabilitación, dejando a ésta en el terreno de lo social, por más que su objetivo se centre en mejorar la autonomía personal. Siguiendo con las comparaciones, imagínense que para realizar la rehabilitación de una hernia discal tuvieran que acudir a un centro social y no sanitario. Ni pies ni cabeza ¿verdad? Pues ésta es la realidad en la atención a la salud mental; una realidad que dificulta extremadamente la continuidad de cuidados.

Se hace preciso dignificar los medios disponibles para tratar estas enfermedades. Aquí no caben las campañas publicitarias y otros recursos de marketing social. Las declaraciones rimbombantes y demás saraos folklóricos, más próximos al auxilio social que al respeto a los derechos humanos, no conseguirán variar la opinión social. La mejor medida para acabar con el estigma es situar en igualdad de condiciones la atención a la salud mental, respecto a la asistencia prestada a otras enfermedades. Es un cambio fácil, que sólo exige compromiso personal de los responsables políticos y también de los gestores clínicos.

Supongo que Sanidad se guarda un as en la manga. Quizá eso explique sus desconcertantes primeros movimientos en esta área. De un plumazo han hecho desaparecer el Servicio de Salud Mental, que coordinaba las escasas acciones organizadas desde la conselleria. En puridad, era un órgano administrativo con escasa capacidad resolutiva pero, al fin y al cabo, hubiera sido preferible dotarlo de funciones antes que hacerlo desaparecer. Se ha optado por eliminarlo, argumentando que un director general se encargará personalmente de la Salud Mental. El mismo que debe preocuparse por el funcionamiento de todos los centros del sistema sanitario público. Complicada papeleta la suya.

Nadie discute que hay mucho por hacer en Salud Mental, en este punto la coincidencia es plena. Puede que no tanto en qué y, sobre todo, en cómo. No estaría de más atender a lo más básico. Sin legislación en la materia –sigue sin existir una ley y cada vez se hace más necesaria–, difícilmente podrá planificarse nada que tenga visos de llegar a buen puerto. Y, sin medios humanos y materiales, será igualmente imposible bajar al terreno de lo concreto, al día a día de la asistencia a los enfermos mentales. Ojo con volver a marear la perdiz con estériles comisiones de trabajo y planes sin dotación económica, que son triquiñuelas demasiado manidas. Menos palabras y más acción.

Basta con repasar las mil y una quejas formuladas ante el Sindic de Greuges para ser conscientes de las necesidades de estos enfermos. La atención a patologías de elevada prevalencia como los trastornos de personalidad, la salud mental de la infancia y la adolescencia, los primeros episodios psicóticos, la patología dual o la resolución de dolencias de menor severidad en Atención Primaria, son prioridades que se reiteran en el tiempo.

La dignificación –o humanización, según prefieran– de la asistencia, con espacios adecuados para ello y plantillas ajustadas a la demanda, permitirían disminuir considerablemente el estigma y facilitar el acceso al tratamiento. Y, con ello, mejorar la evolución de muchos enfermos.

En la gestión pública, pocos productos son más rentables que la atención a la Salud Mental. Sobran razones para apostar por ella.

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