Elogio de la locura

La hija del tiempo

01.10.2015 | 04:05
La hija del tiempo

Hace muchos años, en el siglo XIX, el inglés Lord Acton dijo una frase que se ha repetido millones de veces: «El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente». Más de un siglo antes, el ilustrado francés Montesquieu, habló de la división de poderes. Precisamente para que nadie tenga todo el poder, y se corrompa inevitablemente, y cada poder controle a los otros.


Esto no es algo de la Ilustración francesa ni del siglo pasado. Cualquier estudiante de derecho, sociología o periodismo lo da en el primer curso. Es una verdad indiscutida -no por eso llevada a la práctica- desde los presocráticos griegos. Todo el que «pilla poder» tiende a acumularlo y a retorcer el necesario control, porque desde que se sienta en el sillón busca, incluso inconscientemente, que su poder sea omnímodo.


Escribir en INFORMACIÓN da caché. Fruto de los artículos en este periódico recibo hace unos días la llamada de un abogado que me da a leer un libro para que lo corrija y le dé mi opinión sincera. Oro molido. Nunca pensé que un abogado podría escribir así de bien, ni tener tan claros los conceptos filosóficos y políticos que vierte en esa obra, inyectando a presión ideas de los clásicos, en una trama casi de novela negra: La hija del tiempo, tomen nota.


No puedo evitar la tentación -en la España del siglo XXI y con no sé cuántos catalanes y vascos pidiendo la independencia- de fusilar el libro que el letrado ha puesto en mis manos pidiendo corrección.


Tras darse una vuelta por los pitagóricos y por otros filósofos de hace dos mil quinientos años, concluye y escribe con claridad meridiana, mientras intentar enseñar a la niña protagonista de la trama novelesca: El jefe de un partido tiene el poder de hacer las listas de quienes van a ser diputados, «representantes de la soberanía popular», que decía Rousseau. El jefe del partido, por tanto, controla a los representantes porque, si se desmandan, en las siguientes elecciones no van en las listas, les liquidan la carrera política y van directos al paro. Los votantes no tienen el menor control sobre ellos porque votan a una sigla y no a personas concretas a las que ni conocen -muchas, los famosos paracaidistas, aterrizan en las listas sin conocer ni la provincia-.


El jefe del partido viene marcado porque, para presentarse a jefe -salvo dedazos, aunque luego se arrepientan- hay que reunir miles de avales de militantes y eso solo lo consigue quien domina el aparato. Las democracias ahí también chirrían y pierden aceite por los aparatos.


Los representantes son fieles a las consignas del jefe como perros falderos (dice este letrado. Yo resumo aquí sus ideas). El jefe del partido, si obtiene mayoría absoluta o si encuentra algún otro dispuesto a pactar y a tragar sapos a cambio de prebendas sabidas -¿recuerdan los pactos con Pujol, por ejemplo?- controla el poder absoluto.


¿Cómo que controla el poder absoluto? -me peleo con el letrado corrosivo-. Sí, responde sin dudarlo. El jefe del partido controla el poder ejecutivo, el gobierno. Nombra a los ministros, los cesa, los margina o lo que él quiera si no siguen al dictado sus designios. Controla el legislativo, las Cortes en las que tiene mayoría, por lo que te he dicho antes: si un diputado se desmadra, la próxima vez no figura ni como reserva. Fundida, per saecula saeculorum, su carrera.


Te crees muy listo, letrado sulfúrico. Hay un tercer poder que no tiene nada que ver con los anteriores y los controla a los dos. El poder judicial hace efectiva la división de poderes por mucho que a ti te duela -digo triunfante, seguro de que mi argumento lo ha destrozado-.


Eso no te lo crees tú ni harto de vino -replica inmediatamente-. El ejecutivo y el legislativo, apabullantes con sus mayorías reales o pactadas, nombran a los órganos de gobierno de los jueces, controlan sus sueldos, a quien hay que sancionar y apartar, y a quien hay que ascender. Ejerce en definitiva de jefe de los jueces a los que lleva del ronzal como cualquier jefecillo de oficina. El ronzal sujetador está tejido con sus sueldos, sus promociones, sus ascensos.


Los jueces son libres para poner sus sentencias -solo faltaba, pero eso es solo una apariencia de división real de los poderes-. Miles de jueces ponen sentencias razonadas y ajustadas a la ley pero para eso están los recursos. Los jueces que forman el Tribunal Supremo, el Constitucional? a esos los nombro yo por medio de la Cámara, del Gobierno o del consejo de los jueces al que también he nombrado.


Mira muchacho, le digo entre indignado y temeroso. No me líes con teorías revolucionarias. Yo me voy a jubilar en menos de lo que tarda en persignarse un cura loco. No quiero líos ni buscarme más enemigos de los que ya tengo. No me enrolles con gobiernos corruptos, con jueces sumisos ni con el sursum corda, que Cataluña no va a ser independiente y dice el presidente que las pensiones están garantizadas. No quiero seguir leyendo tu libro. Tira a La hija del tiempo donde no lo vea nadie. Yo, a partir de ahora, solo pienso leer prospectos de propaganda de los viajes del Imserso.

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