21 de septiembre de 2015
21.09.2015
Crónicas del limbo

Viaje a la Arcadia Feliz

21.09.2015 | 02:01
Viaje a la Arcadia Feliz

Aunque la suerte esté echada y sea difícil decir algo que vaya a tener incidencia en el curso de los acontecimientos, no me resisto a comentar puntos principales del argumentario de los soberanistas catalanes.

El sentiment. Todos tenemos sentimientos, sentimientos variados. Es falso que las colectividades y los entes abstractos (la Nación, el Pueblo, la Clase, etc.) tengan sentimientos. Los sentimientos pertenecen al ámbito emocional de las personas concretas. En Cataluña las personas tienen diferentes sentimientos, unas se emocionan con la perspectiva de la Arcadia Feliz, otras no y otras no tanto. Los sentimientos tienen importancia política, sin duda, y siendo buenos, son respetables. Pero la experiencia enseña que las decisiones importantes en la vida, de las que se derivan consecuencias para los demás –hiriendo las sensibilidades ajenas– no pueden tener su fundamento en los sentimientos, porque se destruiría la convivencia pacífica y la función civilizatoria del Derecho. Además, los sentimientos de las personas son fácilmente manipulables por los demagogos.

La decisión democrática lo legitima todo. No es cierto. Todo no se puede decidir. Una mayoría de votantes no puede decidir, por ejemplo, la abolición de los derechos fundamentales, salvo que se pretenda imponer una dictadura. Cualquier decisión, en una democracia verdadera, está limitada por principios y valores superiores, además de por normas que a todos conciernen. No es lo mismo decidir sobre una ley cualquiera (que puede ser cambiada) que decidir sobre la escisión del territorio de un Estado, volteando de raíz la condición de nacional y ciudadano de las personas que lo habitan. En términos ideales (siguiendo a Rousseau, referencia de la democracia directa) una decisión de ese calado debería de obtener la voluntad de TODOS los participantes. Una mayoría sin más no puede imponer su criterio a la totalidad en esta clase de asuntos, y menos aún una mayoría escueta de representantes. Como los términos ideales son de difícil aplicación, en los poquísimos casos en que se ha planteado la escisión de estados democráticamente consolidados (Canadá, Gran Bretaña), en el primero el Tribunal impuso condiciones para celebrar un referéndum de esta naturaleza, entre ellas la obtención de una mayoría clara, es decir, cualificada; en el segundo caso, se celebró un referéndum en Escocia por decisión del Parlamento de Londres. El Parlamento de Londres es constitucionalmente soberano; en España, las Cortes representan al pueblo pero no son soberanas; menos aún lo es el Parlament de Catalunya.

España nos roba. Es una falacia. España es un ente que no puede hacer esas cosas. Es posible que existan desajustes en las balanzas y un reparto no del todo equilibrado en la financiación: aspectos que se pueden resolver y ajustar pacíficamente. Muchos catalanes se han engrandecido económicamente comerciando y produciendo en España, basta una ojeada a la Historia y al momento actual. Cataluña es, en general, un territorio rico en el conjunto de España y de Europa (no así Quebec y Escocia). «España nos roba» es un slogan típico de todo nacionalismo que necesita forjar un enemigo externo para legitimarse.

La Arcadia Feliz. Nunca hubo una Arcadia Feliz en Cataluña; tampoco en el resto de España. La Arcadia Feliz está en la cabeza de los fantasiosos, no en la realidad histórica; pero en la esencia de los nacionalismos está el fabricarla y utilizarla para sus fines. Tampoco hay Arcadia a la vista. Cualquiera que pretenda convencer a los demás de que les espera un futuro deslumbrante no es más que un embaucador. A la vista de las condiciones actuales en que se desenvuelve Europa, España, y desde luego Cataluña, todo el mundo debería saber que la globalización, con su impronta de capitalismo financiero, condena a la gente a vivir en desigualdad, sean catalanes o no. Al día siguiente de una hipotética escisión, como en Catalunya se pretende, las condiciones serían aún peores, excepto para quienes comparten las actuales premisas económico-sociales, como es el caso del Sr. Mas. Los mismos canes con distintos collares. Para él y sus aliados podría ser un buen negocio. Todo lo contrario de aquello que se decía: «entre tots ho farem tot».

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