20 de septiembre de 2015
20.09.2015
Aprendiendo de nuestros errores

Economistas

20.09.2015 | 03:07
Economistas

El heterodoxo economista coreano, de formación británica, Ho-Joon Chang, ha escrito que «la economía es demasiado importante para dejarla en manos de los economistas profesionales»

Según explicó posteriormente, parece que su intención no era sugerir que la experiencia y los conocimientos de los economistas careciera de importancia; antes al contrario, considera que los expertos son realmente cruciales. Lo que no comparte es que los economistas, de uno u otros signo, de una u otra escuela o tendencia, pretendan defender que sus análisis y propuestas son las correctas y que no existen alternativas.

Para luchar contra esa especie de «dictadura» de los expertos, aboga porque tanto a través de la educación obligatoria como de otros medios, se forme al público en general en los conceptos básicos de la teoría económica.

Es una propuesta cautivadora; nunca he entendido muy bien por qué, más allá de materias incuestionables como la lengua y las matemáticas, se estudian algunas otras –sin duda interesantes– y no se enseña Economía en la enseñanza secundaria, más que para aquellos que la eligen. Sería muy útil para la vida en general que las personas aprendieran a pensar «como piensan los economistas» (lo he entrecomillado porque no todos los economistas piensan como un economista).

Sabemos que el lenguaje es la capacidad del hombre para expresar, a través de la palabra, pensamientos. La Economía tiene su propio lenguaje, cuyo valor consiste, fundamentalmente, en facilitar a las personas una nueva forma de analizar el mundo en el que vivimos, lo que no deja de ser una habilidad muy interesante. Y como todos los lenguajes requiere de aprendizaje.

Lamentablemente, durante mucho tiempo, muchos economistas han tenido un gran éxito en convencer a la gente que lo que hacen es demasiado difícil para que puedan entenderlo los demás. Esto facilita la ausencia de debate, de contraste de opiniones.

Seguro que los mayores recuerdan que la misa se celebraba en latín. Obviamente muy pocos de los que asistían asiduamente sabían en realidad de qué se estaba hablando. Eso no era importante; lo importante era que el sacerdote, que sí sabía latín, sabía lo que estaba diciendo. El Concilio Vaticano II «democratizó» la religión católica.

Salvando las distancias, algo parecido pasa con la Economía: si no entendemos lo que se está diciendo, no podemos opinar. Lo sensato es democratizar la Economía, para que podamos formarnos una opinión lo más sólida posible sobre cómo funciona el mundo, sin que ello signifique que el público en general deba sustituir a los auténticos expertos en Economía, que son personas necesarias, pero que tienen que aprender a relacionarse «mejor» con el mundo real que les rodea.

Esta formación en Economía ha de hacerse desde un enfoque pluralista, porque no es verdad que exista una teoría que sea superior a otra; las teorías son diversas y todas tienen algo que aportar. Lo que es útil en un país no lo es en otro; lo que sirve en unas circunstancias puede fracasar en unas circunstancias distintas.

Lo esencial, por tanto, es enseñar a la gente «cómo» pensar, no «qué» es lo que tienen que pensar, pero para ello es necesario que pueda disponer de las herramientas necesarias.

Ese «aislamiento» del economista y de su lenguaje ha hecho más fácil que pueda ser objeto de todo tipo de críticas: desde la arrogancia hasta la ridiculización por sus fracasos para predecir los principales acontecimientos económicos, como la última crisis financiera internacional. Creo que en muchas ocasiones nos encontramos ante críticas «desenfocadas», aunque perfectamente explicables.

Si se hubiera «democratizado» la enseñanza de la Economía, la gente podría saber que no es la clase de ciencia que pueda manejar «modelos verdaderos». Hay que tener presente que el mundo social –que es el que, entre otras disciplinas, estudia la Economía– poco tiene que ver con el mundo físico –que es el que estudian las ciencias naturales. La razón es sencilla: el mundo físico nos viene dado, aunque lo estemos degradando, mientras que el mundo social lo construimos nosotros, día a día, y lo modificamos continuamente con nuestras conductas. Precisamente por ello, las ciencias naturales avanzan a base de sustituir un modelo «viejo» por otro «mejor», mientras que las ciencias sociales, en cada momento intentan encontrar el modelo que sea capaz de explicar mejor un entorno concreto. En otros términos: circunstancias diferentes exigen modelos diferentes. Un hecho concreto es el resultado de la interacción de muy diversas variables y es prácticamente inviable incorporarlas todas en el análisis.

Jorge Luis Borges escribió un brevísimo cuento («Del rigor de la ciencia») que muchos consideran una gran guía en relación con el método científico. Dice así:

«En aquel Imperio, el arte de la cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos mapas desmesurados no satisficieron y los colegios de cartógrafos levantaron un mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos adictas al estudio de la cartografía, las generaciones siguientes entendieron que ese dilatado mapa era inútil y no sin impiedad lo entregaron a las inclemencias del sol y de los vientos. En los desiertos del oeste perduran despedazadas ruinas del mañana, habitadas por animales y por mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las disciplinas geográficas».

Para conocer algo no es necesario reproducirlo; además, en muchos casos –en la inmensa mayoría– es imposible. En Economía, los modelos han de ser necesariamente simplificadores de la realidad, porque de lo contrario serían absolutamente inútiles. Y ello significa, ¡cómo no!, que tienen muchas limitaciones. Los economistas utilizan la teoría y la observación, como otros científicos, pero no pueden hacer experimentos equivalentes a los que sí practican quienes están especializados en las ciencias naturales.

Sería muy positivo que todo esto pudiera ser suficientemente conocido por la mayor parte posible de gente. Serviría de control y, al mismo tiempo, de estímulo a los economistas, y ayudaría a los hombres y mujeres a tomar mejores decisiones.

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