11 de septiembre de 2015
11.09.2015
Elogio de la locura

Va de farol

11.09.2015 | 04:29
Va de farol

Escribo en una tarde triste y gris. Cosa rara, como para figurar en los anales, llueve mansa y persistentemente en Alicante. Hasta la última nube del cielo alicantino parece haberse puesto de acuerdo con todas las demás para derramar su llanto por la muerte de mi amiga Francisca Alvarado. Joven, guapa, buena madre?, pero el cáncer maldito no distingue. La biología es cruel, irracional e implacable. Ha quedado reducida a nada en el crematorio, por donde pasaremos todos, algunos, ya mismo y, otros, más tarde. Parece como si las nubes descargaran a conciencia intentando apagar el fuego que convertirá todo en cenizas y dejará solo el recuerdo efímero. Es la vida. He ahí el principio de la filosofía y la causa de la primera reflexión del primer hombre que, erguido y bajado de los árboles, comenzó a pensar distanciándose de los acontecimientos. Antes de que yo existiera, millones de años antes, el mundo existía sin mí. Yo estoy en él un segundo, un suspiro en comparación con esos tiempos cósmicos. Me moriré y el mundo seguirá existiendo muchos millones de años más sin que haya ni rastro de mi existencia. En esos pensamientos del hombre capaz de enfrentarse a sí mismo, a su existencia y a su desaparición.

En el asco profundo que nos produce la nada, en el pánico a no ser por toda la eternidad se basan todas las filosofías, todas las religiones, todos los inventos razonables o de mil charlatanes en los que buscamos un consuelo imposible. Carpe diem, es la única verdad, el único axioma que no necesita demostración e incluso este axioma es un absurdo porque el refrán «que nos quiten lo bailao» no es sino un invento de alguien amargado y con el fin cerca. Tempus fugit, que hoy va de latines la cosa.

No quiero que me acusen de coger el rábano por las hojas o usar argumentos cogidos por los pelos. Todo a nuestro alrededor, mientras nos llega ese momento jodido e irremisible del crematorio, es una lucha sin tregua por la supervivencia –una pasión inútil dicen los existencialistas– en la que cada uno juega sus bazas lo mejor que sabe y puede. Desde el gafotas culo de vaso que saca el número uno en unas oposiciones hasta la niña cañón, con la cabeza llena de pájaros, que caza a un millonario para que la mantenga. Desde el atleta cachas de gimnasio que triunfa como portero de discoteca, también con la cabeza hueca, hasta la premio nacional de bachillerato que se licencia en telecos en tres años. En esta lucha, ya lo decía Maquiavelo siglos antes que Darwin, hay que jugar con las oportunidades y ser capaz de sacar ventaja incluso en las condiciones más desfavorables. Ahí están las claves del triunfo.

La lucha esencial ahora es la pelea política porque de ella depende nuestro futuro, lo que vamos a cobrar, las pensiones que nos van a dar, los impuestos que vamos a pagar y hasta si tendremos que ver dando corbatazos y chaquetazos en el Congreso a diputados analfabetos funcionales, que saben juntar letras pero no saben lo que significan. Tenemos las elecciones a la vuelta de la esquina y veo a los contendientes como a los jugadores de una gran timba de póquer. Llueven jamones en esta época, decía hace poco en uno de sus chistes, siempre genial, El Roto.

No tengo ni puñetera idea de jugar a ningún juego de cartas, a ninguno, pero veo a los cabezas de cartel –con su corte de adláteres, pelotas, tiralevitas, correveidiles, postrados y esclavos sin más– como jugadores de una gran partida que están empeñados en ganar sea como sea. Su corte de adláteres los jalea, lame el suelo a su alrededor porque le va en ello el sueldo y los hay que salvo ahí, no conseguirían un quehacer remunerado en ningún sitio.

Estos líderes, en su afán de ganar, se tiran faroles, argumentan que saben lo que no saben, que tienen lo que no tienen y que pueden hacer lo que no pueden. No sé si me he liado con el trabalenguas. Hacen todo eso para embaucar al personal, para despistarlo de la realidad como el trilero mueve sus manos rápidamente desplazando los cubiletes donde esconde la bola con la que nos engaña para que lo sigamos embobados.

Punto y aparte, entre los adláteres y auxiliares de pelotas, merecen los cocineros, los arúspices, los expertos en sondeos de intenciones y en prospecciones de voluntades, los que saben de antemano qué papeleta voy a coger el día decisivo. Los consejos de esos intérpretes de la voluntad divina son sumamente peligrosos: dale una bufanda a los pensionistas, adelántale media paga a los funcionarios, diles que vas a laminar el independentismo, ofréceles un viaje gratis al Caribe a todo matrimonio o pareja asimilada que desee reconciliarse, da un billete para cada continente a quienes deseen no volver a verse, pon las elecciones cerca del día de la madre y regala un cheque bebé a todo el que haga uso del matrimonio en las semanas anterior y posterior que hay que fomentar la natalidad porque nos estamos haciendo viejos a pasos agigantados.

El día después vendrá Paco con las rebajas y nos recordarán la frase famosa: las promesas electorales se hacen para no cumplirlas.

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